El exrector de la Pedagógica pone a prueba su salud para sumarse a la defensa de la U pública

Adolfo León Atehortúa, quien completó 130 horas en un cambuche en la universidad rodeado de estudiantes, enfrenta su primera crisis de salud y es trasladado a urgencias

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octubre 22, 2018
El exrector de la Pedagógica pone a prueba su salud para sumarse a la defensa de la U pública

En medio del campamento de estudiantes que se asientan desde el pasado 11 de octubre en la Universidad Pedagógica de Colombia está el cambuche del exrector de esa universidad Adolfo León Atehortúa., quien terminó el 31 de julio, cuatro años de una popular gestión.  En su tienda de campaña tiene sólo un chinchorro y, a unos pasos de ahí, un sofá y un tablero en donde está claro cuánto lleva sin probar bocado: 130 horas.

En su campaña que comenzó una semana después de la marcha nacional, el 16 de octubre, lo acompañan dos docentes de Armenia y un estudiante de la UPTC de Tunja. Cada cierto tiempo se toma la presión. La salud, a pesar de cierta baja de tensión, está normal. Se siente fuerte para seguir con lo que se ha propuesto, una huelga de hambre indefinida no contra el gobierno de Iván Duque sino contra el olvido sistemático en el que diferentes gobiernos han tratado a la educación y que él padeció desde la rectoría.

Atehortúa se negó a que su nombre fuera puesto en su consideración para una posible reelección y en su reemplazo fue escogido Leonardo Fabio Martinez, un licenciado en química y magister en docencia de la misma pedagógica.

La gestión de Atehortúa fue muy popular entre los estudiantes. Llegó a la rectoría prometiendo escuchar a los encapuchados. Mientras fue rector las manifestaciones se redujeron a su mínima expresión. Este historiador de la Universidad del Valle nacido hace 61 años en Buga logró convencer al 98% de los electores. Durante más de diez años, desde su cátedra Colombia hoy, una de las clases más concurridas dentro del programa académico, los estudiantes, cansados de la corrupción y el desgano de administraciones como la de Óscar Ibarra, investigado por la Procuraduría por enriquecerse usando el presupuesto de la Universidad Pedagógica, descubrieron en Atehortúa una alternativa real para que el estudiantado y las directivas trabajaran de la mano, incluyendo, por primera vez en la historia, a los belicosos encapuchados.

Sin estigmatizaciones y entendiendo el sentido de resistencia que llevan a cuestas movimientos juveniles en la Pedagógica como el Jaime Bateman Cayón, tomó decisiones drásticas. Trasladó la rectoría del edificio de la calle 79, en donde estaba protegida de la furia estudiantil, a la sede principal en la 72, montando su oficina en el emblemático edificio administrativo declarado en la década del 90 patrimonio arquitectónico. Para estar todavía más cerca de los alumnos, Atehortúa suprimió  la puerta de hierro y blindada que había convertido el edificio administrativo en un búnker inexpugnable y empezaron los arreglos a las instalaciones para hacerlas más amables a los estudiantes .

Los cambios no pararon allí. Se sacudió los guardaespaldas con los que se desplazaban los anteriores rectores viendo en los estudiantes una amenaza. La confianza generada se refleja en la cercanía de los muchachos con él cuando se desplaza por el campus. Cualquier inconforme puede ir hasta su oficina y desahogarse ante él sin cita previa. En sus caminatas diarias comprueba que las paredes se mantienen limpias de grafitis desde que lanzó la campaña Ponte la diez por tu universidad en donde invitó a la comunidad estudiantil a embellecer las paredes gastadas de tantas consignas políticas.

Uno de los focos de la ira de los encapuchados de la Pedagógica era el manejo que se le daba al Restaurante de la universidad. Este fue entregado por el rector Juan Carlos Orozco, quien también salió investigado por la Procuraduría, a la Fundación Francisca Radke a la que le quedó grande la administración, Durante tres años permaneció cerrada afectando a más de tres mil estudiantes. Atehortúa tomó las riendas del restaurante y en este momento entrega 2.500 almuerzos diarios a $1.000 pesos. La cafetería funciona todos los días incluidos los sábados.

Y las reparaciones locativas llegaron también. Adecuó la piscina para volverla un espacio agradable, techado y con agua regulada por un calentador.  Los baños de la sede principal, desportillados y manchados, han dado paso a lavabos, orinales e inodoros modernos que permanecen blancos y limpios. La sede campestre en Villeta, que se caía a pedazos, ahora luce remodelada. Los salones ahora cuentan con televisor, pupitres y tableros nuevos y acaban de entrar 500 nuevos computadores y, antes de diciembre, toda la Pedagógica tendrá Wi-Fi.

En lo social la universidad maduró con Atehortúa. El tráfico y consumo de marihuana, por ejemplo, ha bajado a sus mínimas proporciones. A principios del 2014 la Pedagógica era uno de los pocos lugares en Bogotá en donde se podía conseguir Corinto, la más potente y natural de las hierbas. Hoy es imposible conseguir una sola planta. Si bien en la parte de atrás, al lado de las canchas, todavía se reúnen grupos de muchachos a charlar plácidamente mientras el bareto se consume en las manos, ya nadie vende psicoactivos. La carnetización y la ampliación de la altura de las rejas, previamente consultados dentro de la comunidad universitaria, evitaron que jíbaros externos a la universidad entrasen a vender drogas. La venta de alcohol, que llegó a ser caótica en el año 2013, está completamente erradicada.

No es la primera vez en este año que el exrector se manifiesta con una huelga de hambre. En marzo, después de los hechos que dejaron tres personas heridas y destrozos dentro de la universidad, el entonces rector se declaró en ayuno durante 12 horas. Sentado en un pupitre y descalzo protestó con rudeza y determinación. Ahora el turno es para apoyar el movimiento de los estudiantes por la financiación de la educación superior, algo por lo que Atehortua luchó desde la rectoría.

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