Opinión

El dolor y la tragedia juvenil de Ayotzinapa

Por:
noviembre 12, 2014
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Con México, además de compartir nuestra presencia en el continente americano, compartimos la tragedia de las desapariciones forzadas, el narcotráfico y hasta un Plan Colombia, solo que allá se llama Plan Mérida, porque ahora también importamos nuestros modelos de terror, mal llamados planes de seguridad interna, planes diseñados para perpetuar crímenes de lesa humanidad contra las gentes humildes, contra los postergados de siempre, que insisten en soñar con que algún día si quiera tengan derecho a ello. Desde el 26 de septiembre, día que comenzó la tragedia para los 43 normalistas de la Escuela de Ayotzinapa y para el pueblo mexicano, muchos colombianos sentimos esa realidad como nuestra, Ayotzinapa parecía el fiel reflejo de la realidad que desde hace cientos de años invade a nuestro país, la realidad de la violencia política que asesina y desaparece cualquier pensamiento disidente.

A Los 43 normalistas los detuvieron, los torturaron, los desmembraron y luego sus partes fueron arrojadas a una fosa para ser incineradas. Los cuerpos arrojados y calcinados representaban rebeldías juveniles, historias y sueños que asistían a la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa para convertirse en maestros. Eran muchachos humildes que se disponían a conmemorar un año más de la masacre de Tlatelolco, la masacre estudiantil del 68 que dejó como saldo cientos de muertos y centenares de desaparecidos. Cuarenta y seis años después se repite el tenebroso hecho y son atacados y asesinados los jóvenes, me pregunto: ¿qué le espera a un país que asesina a sus jóvenes? Y, ¿qué le espera a los jóvenes que viven en estos países?

Aquí en Colombia los que no nos hemos dejado borrar la memoria lloramos de indignación y de rabia, porque la impotencia del pueblo mexicano también es la nuestra, cuando recordamos los hornos crematorios que los paramilitares crearon como estrategia de horror en Norte de Santander o cuando jugaban fútbol con la cabeza de sus víctimas y sentimos dolor al ver como padres, madres e hijos, ni siquiera pudieron darles santa sepultura a sus familiares y cada vez que gritan al unísono ‘que los devuelvan vivos, porque vivos se los llevaron', nos duele esta afrenta a la humanidad que significa la desaparición forzada.

Éramos miles los que esperábamos el regreso de los 43 normalistas, pero el pasado 7 de noviembre se nos quebrantó no solo la esperanza, sino también la voz, los jóvenes de Ayotzinapa estaban muertos, sus cuerpos fueron incinerados por bestias humanas capaces de borrar de los sueños de un país a su motor fundamental, a la juventud. Pero a pesar de este dolor, en Iguala, en la Escuela Normal y en sus hogares perdurará el recuerdo de Hugo, Julio Cesar, Juan Luis, José Ángel, Carlos Iván, Martin, Joany, Mauricio, Abelardo, Marcial, y los demás desaparecidos, porque vuelven cada vez que los trae el pensamiento.

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