Opinión

De Uribe a Petro: el poder, la droga que los enloquece

Por:
noviembre 12, 2014
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Es sabido que en materia mental no existe la normalidad; o más correctamente, que lo realmente normal es tener como parte de la personalidad algún rasgo de tendencia psicótica.

Igualmente es sabido que las drogas pueden afectar esas tendencias, y según la naturaleza del individuo, exacerbar en mayor o menor nivel ese rasgo.

Y también que en ese sentido el poder es como una droga... Pero pocas veces es tan evidente eso como en la actualidad entre nosotros.

El caso de Álvaro Uribe es paradigmático: su rasgo característico es algo de megalomanía con deseo de poder, lo que con la presidencia se le volvió adicción. Hoy se ve como un drogadicto en síndrome de abstinencia, que sufre por no tenerlo y se dedica a hacer daño a todo su alrededor para desahogarse.

En Santos su 'desviación' es la vanidad (¿narcisismo?), pero con la genialidad que frecuentemente acompaña a la locura. Su obsesión es pasar a la historia como un presidente excepcional y tiene la lucidez para entender que con cualquier cosa que firme como 'Paz' lo logrará, y que en cambio ninguna otra gestión —por buena que fuese— le otorgaría ese título. Al país lo beneficia porque esa firma es una necesidad, pero la manera obsesivo-compulsiva en que la busca tiene dos graves inconvenientes: uno, que para él pierde importancia y se vuelve irrelevante lo que se acuerde; y dos, que abandona lo que debe ser su función principal que es gobernar y dirigir al país.

Esto explica la locura del modelo de desarrollo que ha mantenido, bastante cuestionable al montarlo sobre una economía de extracción petrolera, pero incomprensible en un país que no tiene reservas conocidas. Se manifiesta también en la locura de que permita y deje libertad total para aprovechar sus carteras a ministros que parecen estar tentados por hacer campaña política con ellas —y que a su turno parecen enloquecer con ese poder—.

Por el momento, en menor medida en los compromisos que multiplican el Dr. Vargas o la Dra. Parodi, o en las declaraciones del Dr. Pinzón. Más en las decisiones del Dr. Cárdenas, quien perdió su tranquilidad y, por la crisis que revienta en sus manos, cayó en el 'desorden de ansiedad asintomática generalizada' llegando a perder la cordura: declarar la 'guerra económica' a Panamá era ya un síntoma, pero igual o más puede serlo montar una reforma tributaria que no tiene en cuenta nada diferente de conseguir recursos para equilibrar el presupuesto, y en consecuencia afecta negativamente a todos los estamentos pero sin llenar ningún propósito de avance económico o social; además sin ninguna evaluación sobre si podrían los contribuyentes cumplirla. El que en ambos casos se haya dado marcha atrás es prueba de sensatez pero también del estado delirante en que esto se propuso.

Pero si en la Presidencia se olvida la obligación de cumplir un mandato —gobernar no en uno sino en todos los aspectos que le fija la Constitución—, el caso de los organismos de control es bastante similar. Los altos funcionarios desarrollan sus propias fijaciones y abandonan los límites y objetivos de su cargo para usar estos según su desviación mental.

El Sr. fiscal Montealegre sufre de un delirio no de persecución sino persecutorio. La cantidad de acusaciones relativamente improvisadas y de enviados a prisión sin sentencia no se compadecen con las capacidades del sistema carcelario. Sobre el procurador Ordóñez poca duda cabe de que se ve como un predicador iluminado que siente que debe luchar contra los demonios de los anticristos y la izquierda. Es lo que en psicología se califica como 'complejo mesiánico del salvador'. Ambos, al dar prelación a meterse con lo que a ellos perturba (sea del sistema o de las personas), se salen de su función de control.

Pero el loco mayor es nuestro alcalde de Bogotá. Antecedentes para calificar su trastorno sobran, pero la última medida, de tomar los lotes del IDU localizados en zonas del estrato 6 para construir viviendas para las víctimas del desplazamiento, debería dar para encerrarlo (en este caso por demente).

Ya es conocido que las casas gratis se han encontrado con los problemas de adaptación para los beneficiarios: por un lado culturalmente son gente de otras costumbres que no pueden desarrollar en los espacios y ambientes que se les entregan y chocan con el medio en el cual los sitúan (a pesar de por lo menos corresponder al estrato al cual pertenecen). Pero además no pueden manejar, ni por falta de experiencia ni por los recursos económicos que poseen, los pagos de teléfono, de agua, de luz, de administración, etc.

Mal se sabe donde trabajarán quienes reciban este 'beneficio' o a qué escuelas y colegios irán los niños o dónde comprarán los alimentos. Parece que lo que se ganarían es la rifa del tigre.

Dar casas a 372 familias no es solución al problema de integración, ni menos al de vivienda, ya que no puede ser un programa que se repite por falta de otros lotes —a menos que se inviertan las sumas extraordinarias que supondría comprarlos en esos barrios—. Sí es marcar una posición para reivindicar la 'lucha de clases'.

Solo el producto de una mente enferma con una fobia ante 'los privilegiados' o un trastorno de paranoia o complejo de inferioridad (tipo Hitler) que lo descontrola y lo induce a expresar desafiantemente sus obsesiones, puede explicar el absurdo de que prefiera semejante idea delirante antes que, con el mismo valor de esos lotes, construir diez veces más viviendas donde en efecto sí sean solución para quienes las reciben.

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