El doctor y el tinterillo: las dos caras del ejercicio jurídico en Colombia

Mientras unos tienen la escalera al éxito casi que garantizada, los otros tienen que luchar con las uñas para asegurarse algún ingreso. Una mirada al mundo del derecho

Por: Johanna Mildred Pinto García
septiembre 06, 2019
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El doctor y el tinterillo: las dos caras del ejercicio jurídico en Colombia

En la portada de la revista Dinero la diosa Temis se presenta imponente, como sacada de un cómic de mediados de siglo, mostrando que "el sector de los abogados vive un auge: sus ingresos ya superan $2 billones cada año, con crecimientos de doble dígito. A la par, paradojicamente, hay grupos de Facebook donde al más mínimo indicio de un potencial cliente se abalanzan legiones de "litigantes independientes" a ofrecer sus servicios con material publicitario de dudoso diseño gráfico.

Es lógico que en el segundo país del mundo con mayor número de abogados, un país en vías de desarrollo (por ser diplomática) y muy pocas labores de inspección, control y vigilancia sobre las facultades de derecho, se polarice el ejercicio de la profesión jurídica:

De un lado, los egresados de las universidades de nombre, privadas, costosas, organizadas y meticulosas; receptáculos de los delfines y patricios; con un amplio presupuesto y una tradición académica consolidada con la que generan conocimiento, redes de contactos y abogados bilingües llamados a ocupar cargos en firmas de nombres rimbombantes y ganancias billonarias.

Del otro, los egresados de universidades privadas y algunas públicas, que en muchos casos tienen profesores de dudosa calidad, programas de estudios que parecen técnicos, poco organizados y rigurosos, con un prestigio nulo. Suelen ser personas de recursos y formación académica modesta, cuyas redes de contactos se reducen a puñados de estudiantes que se atomizan tras la graduación a la caza de algún contrato por prestación de servicios con alguna entidad estatal, algún concurso de méritos con la CNSC o "lo que salga".

Los "doctores" en la mayoría de los casos son miopes frente a la realidad social, se codean con las altas cortes con los grandes empresarios, con el núcleo duro de muchas ramas del derecho y eventualmente estudian un LLM en el extranjero y vuelven a aplicar lo aprendido, a veces con convicción, a veces en un ejercicio irreflexivo e irresponsable.

Por su parte, los "tinterillos" si consiguen trabajo o se establecen como independientes ya han tenido demasiado de la realidad social: ellos son la realidad social, buscan a toda costa dar brillo a su formación con un posgrado en una universidad que consideren mejor que la que egresaron. Además, pueden escribir cualquier demanda de menor o mayor cuantía con los ojos cerrados así ignoren el origen y comprensión en abstracto de una responsabilidad civil extracontractual.

Los "doctores", salvo circunstancias personales o profesionales muy graves, tienen una escalera al éxito profesional prefabricada por un colchón de contactos familiares, amistades y el título de una universidad que se ha hecho y con justa causa a un buen nombre.

Los "tinterillos", como en un balde de cangrejos, dependiendo de donde se egresen como abogados (de que tanto nombre ha ganado o perdido este sitio), andarán en una montaña rusa profesional variable según circunstancias tan ínfimas como tener un pariente en la política local, conseguir una plaza en una entidad pública o lograr una carrera sólida a punta de puro talento y carácter.

En este punto es fácil señalar a unos y otros entre resentimientos sociales y aporofobias, pero los primeros culpables de este panorama somos los propios abogados que le comemos cuento a los títulos y no vemos a las personas tras de ello, que acolitamos ejercicios irresponsables de la profesión, que nunca exigimos a nuestras universidades algo de orden y rigor académico o responsabilidad por lo social y lo público real. Nosotros somos los primeros responsables.

Los techos de cristal no son solo de género, son de origen socioeconómico.

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