Apenas seis votos definieron la presidencia del Senado el 20 de julio de 2002, en un duelo que reveló las primeras dinámicas de un nuevo modelo político

 - El día que Fuad Char y Luis Alfredo Ramos se midieron por la presidencia del Congreso cuando arrancó el uribismo
Texto escrito por: Carmelo Antonio Rodríguez Payares

Los que fueron testigos del episodio que ocurrió la tarde de aquel sábado 20 de julio del 2002, hace 24 años, recuerdan que el clima bogotano era radiante por estar en una etapa que algunos expertos llaman como temporada seca o de “veranillo”.

En esa fecha dos grandes personajes de la política nacional, el uno nacido en el municipio de Lorica, Córdoba, el 5 de octubre de 1937, padre de una dinastía que aún hoy ocupa el acontecer de la vida pública colombiana. El otro, de origen antioqueño, nacido en las agrestes y frías tierras de Sonsón el 19 de abril de 1948, se jugaban la suerte de salir elegidos, cada uno por su cuenta, presidente del Senado, y de esta manera tener el privilegio de colgarle la banda presidencial al electo presidente, Álvaro Uribe Vélez, sin saber que su destino lo llevaría a ocupar ocho años ese cargo, y desde entonces ha jugado un papel en la política colombiana, cuyo más reciente episodio sucedió con la elección del nuevo presidente de esa corporación legislativa.

Ya se dijo que era 20 de julio de 2002 y el Capitolio Nacional respiraba el entusiasmo del cambio. Luego de haber sido militante del Partido Liberal, Uribe Vélez presentó su candidatura presidencial con el respaldo y aval de un movimiento llamado “Primero Colombia”, cuyo tambor mayor era el empresario Fabio Echeverri Correa. No necesitó las dos vueltas aprobadas en la Constitución porque ganó en la primera con un 54 % de los votos ciudadanos.

La historia dice que con la llegada de Uribe Vélez, se resquebrajó el bipartidismo tradicional que parecía navegar en las aguas tranquilas del Frente Nacional, que el país había dejado atrás y sus mayorías las construyó con la unión de una serie de variopintos movimientos en donde tenían asiento los conservadores, los liberales disidentes, grupos independientes y un conjunto de los que por estas tierras llaman caciques regionales.

Al igual que lo ocurrido la noche del pasado lunes y antes de que Uribe Vélez se posesionara como amo y señor de la Casa de Nariño, su coalición tenía que superar una primera prueba de fuego: elegir al presidente del Senado.

En algunos pasillos del Congreso corrió la noticia de que el señalado por el presidente electo para ocupar la presidencia del Senado en la vigencia 2002 – 2003, era el empresario Fuad Ricardo Char Abdala, pero con el paso de las horas surgió el nombre de Luis Alfredo Ramos Botero, quien decía contar con el apoyo de no menos de 60 de sus colegas en esa corporación.

Char Abdala, aparte de ser un reconocido dirigente político y empresarial, era un veterano del Congreso y uno de los dirigentes con mayor capacidad de negociación en la política colombiana. Su experiencia legislativa era reconocida incluso por sus adversarios. Varias bancadas independientes defendían que el Senado necesitaba precisamente eso: una figura experimentada para conducir un Congreso que estrenaría una nueva correlación de fuerzas.

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En la otra orilla aparecía Luis Alfredo Ramos, conservador antioqueño, uno de los hombres más cercanos al proyecto político que había llevado a Uribe al poder. Para buena parte de la nueva mayoría, Ramos Botero representaba el espíritu del cambio y el liderazgo político del nuevo gobierno. El Partido Conservador lo respaldó oficialmente y el propio senador aseguraba contar con alrededor de sesenta votos provenientes de la coalición uribista. Y lo que en principio parecía ser una elección de rutina y de trámite legislativo, terminó convirtiéndose en una batalla silenciosa.

Durante horas se sucedieron reuniones privadas, conversaciones en los pasillos y llamadas que alteraban el equilibrio entre ambas fuerzas.

Cada bancada evaluaba cuál de los dos ofrecía mayores garantías de equilibrio político y por tal razón en el recinto, los discursos fueron medidos de una manera cuidadosa. Nadie cuestionaba las calidades personales de los candidatos; la discusión giraba alrededor de quién debía conducir el Congreso en el comienzo de una nueva era.

El senador conservador, Carlos Holguín Sardi, un curtido veterano de muchas batallas, abrió la ronda de postulaciones con el nombre de Luis Alfredo Ramos. Poco después, otros senadores presentaron la candidatura de Fuad Char. Incluso sectores independientes, encabezados por Jaime Dussán, anunciaron su voto de respaldo a Char Abdala con el argumento de que su experiencia ofrecía mayores garantías para todas las fuerzas políticas en un Congreso que se preparaba para afrontar profundas reformas. Sin embargo, las cuentas comenzaron a inclinarse.

Con el respaldo inicial del conservatismo, en el que había militado Ramos Botero antes de fundar su propio movimiento hoy extinguido, de los llamados liberales uribistas y de buena parte de la bancada que acompañaba al presidente electo, se terminó de consolidar la ventaja de Ramos Botero. La elección confirmó que el naciente uribismo tenía una mayoría suficiente para imponer su candidato, aunque no sin antes evidenciar las diferencias internas de una coalición construida a partir de múltiples sectores políticos. Luis Alfredo Ramos Botero fue elegido presidente del Senado para el período 2002-2003, y en consecuencia tuvo el honor de imponerle la banda presidencial a su paisano el siguiente 7 de agosto.

Fuad Char aceptó la derrota sin romper con la coalición y eso le permitió ser uno de los congresistas más influyentes en aquella presidencia, tan es así, que poco tiempo después, terminaría integrándose a Cambio Radical, consolidando el protagonismo político de la casa Char en la región Caribe.

Vista con la distancia de los años, aquella elección fue mucho más que una votación administrativa. Fue la primera demostración de que el amplio movimiento que había llevado a Uribe al poder no era un bloque uniforme. Detrás de la fotografía de la unidad convivían liderazgos regionales, ambiciones personales y proyectos políticos distintos que, tarde o temprano, terminarían compitiendo entre sí.

Los conocedores del juego de la política, la que se debe tomar en serio, recuerdan que la votación final de ese 20 de julio quedó así: por Luis Alfredo Ramos Botero votaron 53 senadores, mientras que por Fuad Char Abdala lo hicieron 47 y dos votos fueron en blanco.

Las cuentas de Coquito dicen que en total votaron 102 senadores, por lo que Ramos Botero ganó por una diferencia de apenas seis votos. Esa diferencia entre los 60 apoyos anunciados y los 53 votos obtenidos, sugiere que varios senadores que inicialmente aparecían en su coalición, cambiaron de parecer, - porque como se dice en el Congreso – una firma no se le niega a nadie. Esa es, precisamente, una de las razones por las que esa elección es recordada como una de las disputas internas más intensas del naciente bloque uribista.

Los cronistas de la época escribieron que no hubo discursos encendidos ni derrotas estruendosas. Solo la aritmética secreta de los votos, las promesas cumplidas y las lealtades que cambiaron de dueño en cuestión de horas. En política, las grandes historias casi nunca empiezan con un estruendo. A veces comienzan con una papeleta doblada y depositada en una urna de madera.

El país recuerda hoy los grandes debates que se dieron en los 8 años de gobierno de Uribe Vélez, las reformas y las crisis que vendrían después. Pero, para quienes estuvieron allí aquel sábado 20 de julio del 2002, fueron testigos de que la verdadera inauguración del nuevo tiempo político ocurrió unos minutos antes en el Capitolio, cuando quedó claro que el poder, incluso entre los vencedores, nunca deja de disputarse.

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Por Nota Ciudadana

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