¿El corrupto soy yo?

Son muchos los escándalos por esta razón, pero ¿realmente hemos pensado nuestro papel en esta problemática?

Por: Jorge Pablo Velasco
Junio 25, 2018
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¿El corrupto soy yo?
Foto: Pixabay

Para los colombianos se ha vuelto rutinario acompañar la primera taza de café del día con una noticia relacionada con corrupción, ya sea Reficar, Odebrecht, jueces y fiscales deshonestos, funcionarios públicos abalanzándose como aves de rapiña sobre los recursos de un Estado que están lejos de ser ilimitados, entre otros muchos ejemplos que podrían ser mencionados. Definitivamente la erradicación de este problema es una necesidad que urge a nuestra nación, pero jamás lograremos este objetivo hasta entender que nosotros hacemos parte del problema.

Así es, la corrupción no es solamente un inconveniente ligado a la política, este fenómeno está presente en la totalidad del territorio nacional y no hace distinción de raza o clase. El colombiano promedio se ocupa de reprochar, criticar y tildar de corrupto a cualquier funcionario estatal (ya hasta parece costumbre), en vez de cambiar o al menos reconocer su accionar corrompido. Por favor, no vaya usted a creer que estoy defendiendo a los peces gordos de esta problemática, pero lo único más peligroso para una sociedad que unos líderes corruptos es un pueblo corrupto.

En primer lugar, vivimos en una cultura en la que desde niños se nos enseña que “el vivo vive del bobo” y en la adultez esta viveza se traduce en sobornos a miembros de la fuerza pública, funcionarios judiciales y demás empleados públicos y privados, acciones que afectan el orden y el sistema económico del país. Dentro de esta astucia se intentan eludir impuestos y parafiscales, derivando en un mayor gasto de recursos públicos en medidas para evitar la evasión de los mismos y al final los perjudicados terminan siendo los ciudadanos.

Así mismo, desde tiempos coloniales Colombia no ha podido desarrollar una identidad nacional debido a que el Estado no ha llegado de igual manera a todas las regiones y esta falta de identidad resulta en una falta de conciencia sobre los bienes públicos, no entendemos que son nuestros y no del gobierno. Hemos asumido una actitud egocéntrica, creyendo que el daño a lo público es asunto ajeno y cada vez que se deben arreglar monumentos, limpiar las ciudades y reconstruir estaciones de transporte público se usa dinero del común que podría ser destinado a resolver problemas (que nos sobran), lo que significa que nos estamos robando a nosotros mismos.

De igual manera, hechos que a nuestros ojos parecen minúsculos tienen un gran peso en la corrupción que agobia a nuestra nación. La compra de programas y películas piratas, mercancía de contrabando y productos “chiviados” o simplemente colarse en transporte público evita que dinero necesario para realizar cambios urgentes llegue a su destino.

Ahora bien, últimamente se han vuelto populares las marchas en contra de la corrupción o las consultas populares (que parecen más bien populistas) que en mi opinión no van a resolver el problema. Lamentablemente pareciese que este mal sí dura más de cien años y la única forma de suprimirlo es mediante cambios en la cultura, haciendo que cada persona logre mirarse a sí misma, se convierta en un factor de cambio y se pregunte: ¿el corrupto soy yo?

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