Carlos Julio Ramírez conquistó la Metro-Goldwyn-Mayer con su voz de barítono y compartió pantalla con estrellas, luego el juego consumió su fortuna

- El colombiano que pasó de cantar por monedas a triunfar al lado de Frank Sinatra, pero se arruinó apostando

Sobre la cubierta de un barco que navegaba por el Magdalena, un niño de nueve años se plantaba frente a los pasajeros y empezaba a cantar.

Carlos Julio Ramírez, nacido en Tocaima (Cundinamarca) el 4 de agosto de 1.916, había descubierto que su voz podía arrancarle unas monedas al viaje.

Mientras el vapor avanzaba corriente arriba, él cantaba y esperaba. Un viajero sacaba un centavo —pequeña pieza plateada de níquel, de unos 17 milímetros, que llevaba el rostro de la Libertad con un gorro frigio— y lo ponía en la mano ansiosa del niño, mientras a su alrededor otros viajeros se conformaban con escuchar y mirar. Con su ruido a otra parte.

No había micrófonos ni reflectores: apenas un muchachito jugándose un plato de comida en cada canción. Aún no imaginaba los escenarios de la ópera ni las pomposas luces de Hollywood. Mucho menos la ansiedad y la caída de los casinos.

Su público eran los pasajeros del barco y su recompensa, unas monedas que cabían en la mano y alcanzaban para sacarle bocados y sorbos de vida a la pobreza. Fuerza.

Muchos años después, tras un camino de vicisitudes y ascensos, esa misma voz resonaría en los estudios de Hollywood. Allí, compartiría pantalla con Frank Sinatra, Gene Kelly y Esther Williams.

La Metro-Goldwyn-Mayer, símbolo de la época dorada del cine gringo, lo contrató para participar en musicales: su registro de barítono lo llevó de los escenarios de ópera a las grandes producciones.

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En 1952 prestó su voz al cortometraje animado Magical Maestro, del director Tex Avery. Interpretó el Largo al factotum, aria de la ópera El barbero de Sevilla, y llevó su barítono a los dibujos animados.
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La historia de Carlos Julio Ramírez, sin embargo, tuvo una banda sonora amarga. Lo que por agua viene por agua se va. El hombre que había conquistado escenarios y ganado montañas de billetes terminó arruinado por su afición al juego.

La fortuna que construyó cantando se fue quedando, jugada tras jugada, en los casinos.

Hace cuatro décadas, murió en Miami, a los 70 años, lejos del río donde había comenzado su historia. Su vida fue una paradoja: tenía una voz capaz de llenar teatros, pero no encontró la manera de silenciar el vicio de las apuestas.

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Carlos Julio, el muchacho que cantaba por centavos

Nació el 4 de agosto de 1916. Lo que se hereda no se hurta. Su infancia transcurrió entre los viajes por el Magdalena y las primeras oportunidades de cantar junto a su hermana Alcira, también dotada de los genes musicales.  

En los barcos turísticos que navegaban cerca de Girardot, los dos hermanos ofrecían sus canciones a los pasajeros. Apenas monedas. Aquel oficio infantil fue el primer escenario de una carrera que pronto desbordaría las orillas del río y más adelante las del protagonista de la historia.

En uno de esos viajes, el político conservador Laureano Gómez quedó impresionado por la voz del muchacho. Gómez intervino para facilitarle estudios en Bogotá y ponerlo bajo la orientación del compositor Emilio Murillo.

La oportunidad abrió una puerta decisiva, aunque el Conservatorio Nacional no lo recibió, según los relatos biográficos, porque consideraban que su formación musical estaba demasiado marcada por el bambuco.

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Nadie es profeta en su tierra. Ramírez siguió haciendo lo que mejor sabía hacer: cantar. A los 12 años, debutó en la emisora bogotana La Voz de la Víctor, donde conoció al maestro Efraín Orozco, quien lo incorporó a su orquesta y le permitió emprender una gira por Sudamérica.

En 1936, llegó a Buenos Aires con la orquesta de Orozco. Allí, se rodeó de figuras que reconocieron su potencial, entre ellas el director André Kostelanetz y la soprano francesa Lily Pons, quienes le consiguieron oportunidades para cantar en el Café Maipó y en Radio Municipal.

La ópera le exigió disciplina, técnica y resistencia. Al son que le tocaron, cantó. Durante aproximadamente dos años y medio formó parte de la compañía del Teatro Colón, donde compartió el mundo musical de intérpretes de prestigio, entre ellos Pons y el tenor italiano Giacomo Lauri-Volpi.

Entonces, le sonó la flauta en Europa. Preparó el viaje, pero la Segunda Guerra Mundial trastocó sus planes. En Brasil encontró trabajo en el Casino de la Urca, en Río de Janeiro, un establecimiento de espectáculos nocturnos. Samba, garotas y caipiriñas.

Entonces, miró hacia Estados Unidos.

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Hollywood: una voz colombiana entre estrellas

Ramírez llegó a Nueva York con la ambición de probarse en el Metropolitan Opera House. Se presentó sin una cita previa, confiado en que su voz bastaría para abrirle las puertas.

No ocurrió así. En el mundo de la ópera estadounidense la cara del santo no era suficiente para el milagro de la bienvenida. Por el contrario, funcionaba con temporadas y contrataciones preparadas con anticipación.

Su destino, entonces, tomó otro rumbo cuando la industria cinematográfica empezó a buscar cantantes capaces de aportar talento lírico a sus musicales.

A comienzos de los años cuarenta, la Metro-Goldwyn-Mayer lo contrató. Hollywood era una fábrica de estrellas, decorados y canciones. Participó en producciones como Two Girls and a Sailor y Bathing Beauty, conocida en español como Escuela de sirenas, estrenada en 1944 y protagonizada por Esther Williams.

Fue en Anchors Aweigh, conocida en español como Levando anclas, donde coincidió con Frank Sinatra y Gene Kelly.

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La película, dirigida por George Sidney, mezclaba comedia, baile y música. Ramírez interpretó a Carlos, un personaje secundario dentro de aquella producción de MGM.

Tocó el cielo con la voz. Su talento no quedó encerrado en Hollywood. En 1952, comenzó a grabar canciones colombianas que formarían parte de su legado popular: Bésame morenita, El camino del café, La carta, Compadre, no me hable de ella, Sombras y El trapiche, entre otras.

Su repertorio conectaba dos mundos: la técnica del barítono que podía interpretar a Rossini y la calidez de las canciones que a la vera de los ríos hablaban de amores, recuerdos y costumbres colombianas.

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The End: la última apuesta de Carlos Julio Ramírez

Fama, ruletas, póker. La afición de Ramírez por los casinos se convirtió en ludopatía, conducta de juego compulsivo que terminó afectando su bolsillo. Menos monedas aún que en los días infantiles del Magdalena.

Y lo peor, después de haberse codeado con las estrellas de Hollywood.

- El colombiano que pasó de cantar por monedas a triunfar al lado de Frank Sinatra, pero se arruinó apostando
En 1944, Walt Disney incluyó su voz en Los tres caballeros: Carlos Julio Ramírez interpretó “México”, canción de la película animada que reunía tres personajes: Donald, el gallo Panchito y el loro brasileño José Carioca.

La caída fue paulatina. La industria del cine había cambiado, las oportunidades laborales eran distintas y su carrera musical atravesaba una etapa menos afortunada. En 1972, grabó su último disco de larga duración, con arreglos y dirección del compositor colombiano Blas Emilio Atehortúa.

Ese fue el registro final de una voz que había pasado de los barcos del Magdalena a las producciones de Hollywood.

Desde Miami, donde vivía, recibió propuestas para regresar a Colombia y pasar sus últimos años en una casa que algunas entidades se ofrecieron a darle. Esa canción no le sonó. Orgullo. Ramírez rechazó la oferta porque consideraba que la vivienda no correspondía a lo que merecía un artista de su categoría.

Murió en Miami el 12 de diciembre de 1986, a los 70 años, víctima de cáncer.

Ese día, hace cuatro décadas, su voz se apagó: Ramírez probó el aplauso de los teatros, el glamour de los estudios cinematográficos y el vértigo de las apuestas. Murió lejos del Magdalena, de su hermana Alcira y de sí mismo. The End.

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