Opinión

El colapso de la Farc

En el centro de los problemas está Timochenko, sus cualidades personales son las que explican que la paz se haya firmado y, también, que las Farc hoy colapsen

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junio 28, 2020
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El colapso de la Farc
Muchos de sus copartidarios ven a Timochenko débil, acomodado, vacío.

El árbol cayó en la mitad de la selva y nadie escuchó el sonido de la caída. El árbol viejo, podrido por dentro, con raíces ya débiles, cae ante la indiferencia de la selva que sigue como si nada, a lo mejor con más luz, por el vacío que deja el árbol. La Farc, el partido político, se derrumba ante el silencio total de un país que lo ignora. Son como el árbol viejo. Y no es por la pandemia, resulta que el país se ha movido, hace décadas, entre el odio a las Farc, al desprecio a la Farc, a ignorar a la Farc. Sin embargo, el problema es que las Farc fueron protagonistas de una guerra de más de 50 años, que se enmarcó en un momento en el centro de la guerra fría en América Latina, que dejó miles de muertos; el problema es que las Farc estuvieron relativamente cerca de tomarse el poder en unos momentos breves, tuvieron decenas de miles de combatientes, fueron y sus “disidencias” siguen siendo eje del narcotráfico en Colombia; el problema es que dieron vida durante más de 20 años a la derecha que ha gobernado al país. Que le iban a entregar el país a las Farc nos dijeron durante años. Nadie les pregunta hoy por esa mentira.

El problema también es que, más allá de los acomodados dirigentes que hablan un poco en twitter y otros desde el Congreso protegidos por esquemas de seguridad, están matando a líderes de las Farc que han jugado limpio a la paz, en las regiones “alejadas”. Son más de 200 hasta ahora. El problema es que el “posconflicto” costó cientos de miles de millones de pesos y todavía no sabemos en qué terminó esa inversión, ¿quién saben en qué quedaron los espacios de reintegración?, ¿en qué van los proyectos productivos?, ¿en qué se han gastado el dinero que tienen para financiar el partido? Sabemos, eso sí, del clientelismo que vivió cómodamente durante el gobierno Santos, ordenando ese gasto, armando campañas políticas, la del plebiscito y dos a la presidencia de la entraña ese gobierno, con las que nada pasó. Eran plata y políticos, no mucho más.

Son entonces muchos problemas para que el colapso de la Farc pase sin hacer ruido. Esta semana, la noticia fue de una “purga” en el partido. Así era en el estalinismo, purgaban el partido que era el gobierno, que era el estado, que era la sociedad. Por fuera del partido, había si acaso la vida privada y eso. Con la Farc, el partido ha sido, solamente, una repartija de puestos a dedo, ningún apoyo popular, peleas por quién es narcotraficante y quién no. No lo digo yo, lo dicen los miembros de la Farc. Basta con leer a Joaquín Gómez o escuchar a Andrés París. Gómez sugiere bien cuáles el problema: el partido no es sino “una dirección de puro cacique sin indio a quien mandar”. No será a nombre de los indígenas que las Farc hablen, en cualquier caso. Son una de sus principales víctimas, ahora y siempre. Pregunten en el Cauca lo que han sufrido por estar cerca de esa confrontación, o en la Guajira, la tierra de Gómez, pregunten por qué wayuu lo reivindica como líder.

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¿Qué han hecho con la palabra los dirigentes que siguieron el camino de la paz? Nada. O casi nada, por ahí un gesto con una flor con Uribe, algún trino, una entrevista de vez en cuando y nada más

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Decían, pomposamente, que su única arma iba a ser la palabra. Suena bien. Para eso se hace la paz. Supongamos, para ir a la moda colombiana, que son entonces manzanas podridas los que siguieron matando y en el narcotráfico. Son muchas manzanas, y bien grandes y grandilocuentes, Márquez y Santrich, a la cabeza. Pero dejemos pues ahí, que las ovejas descarriadas son tramposas, y entonces, ¿qué han hecho con la palabra los dirigentes que siguieron el camino de la paz? Nada. O casi nada, por ahí un gesto con una flor con Uribe, algún trino, una entrevista de vez en cuando y nada más. El país les dio un partido – ojo con el contraste, a esta altura Gustavo Petro no tiene partido-, les dio curules sin votos, les dio perdón y casi que olvido porque ha sido bien lánguida la reconstrucción de la verdad, y ellos armados con la palabra no han dado nada. No tienen planteamientos sobre nada. Son noticia cuando purgan o cuando pelean por algún puesto. Otro gran contraste con la paz del M-19 que resultó en planteamientos profundos en la Constituyente, en la candidatura de Pizarro que emocionó a un sector, en la dignidad de Navarro cuando continuó, contra viento y marea, el camino de la paz, pero diciendo cosas, haciendo propuestas.

En el centro de todos los problemas, por supuesto, está Timochenko. Resulta, trágicamente para él y -quizás- afortunadamente para nosotros, que sus cualidades personales son las que explican que la paz se haya firmado y, también, que las Farc hoy colapsen. Timochenko, inclusive con el cadáver caliente de Alfonso Cano -ese sí un líder que unificaba a la guerrilla-, mantuvo siempre la disposición a negociar. Estaba cansado de la guerra, entendía, además, que el único margen -personal y político- que tenía para sobrevivir era algún tipo de negociación. Fue valiente en la persistencia, en no dejarse llevar por la inercia que siempre es lo natural. Esa disposición suya, ya con la paz firmada, evidentemente decepciona a muchos de sus copartidarios porque lo ven débil, acomodado, vacío. Y, la verdad, es que lo ven así, porque así es. Cuando, como nunca antes, las Farc tenían un espacio para defender sus tesis marxistas, castristas, chavistas, Timochenko se dedicó a ir a algún evento, dar alguna entrevista cuando lo atacan y no más. A lo mejor, la guerra acabó con los líderes de las Farc que habrían podido dar mejores debates. Puede ser, también, que lo mejor que nos pudo pasar a la inmensa mayoría que no creemos que el camino que debemos seguir sea el del marxismo, castrismo, chavismo, es que sea justamente Timochenko el que lidere ese partido.

La guerra de las Farc fue en vano. Décadas y décadas matando y muriendo, solo resultaron en la consolidación del paramilitarismo amparado por grandes poderes legales y, tristemente, respaldado por algunos sectores de la población. En la ampliación del narcotráfico en las zonas que controlaban. Resultaron, además, en la destrucción de la izquierda pacífica por décadas, que cargaba con el estigma de ser cercana a ellos y, los que abiertamente se desmarcaban de su desastre, terminaron amenazados por ellos mismos. Como el ELN que asesinó a Jaime Arenas, lo mejor que tenía. Por respeto a las víctimas, no podemos dejar pasar este colapso en vano. Al menos, que los responsables de tantos errores, sientan alguna vergüenza.

@afajardoa

 

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