Opinión

Le entregaron el país a las FARC

Esa fue y es la gran mentira del uribismo, ahora las argucias son forzadas, como el bloqueo de la JEP o la reconstrucción de la verdad, entre trinos del expresidente

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Febrero 24, 2019
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Le entregaron el país a las FARC
Mientras engaña con fuegos artificiales en Twitter, Uribe, pacientemente se dedica a repetir, repetir, repetir lo que no es verdad a las bases. Y crea una verdad. Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

“Le entregaron el país a las Farc” fue la frase que usó todos los días el uribismo durante los años del proceso de paz. Uribe usaba la Far y dejaba así su sello más personalizado. La estrategia era sencilla, repetir, repetir y repetir que ellos se enfrentaban a las Farc, una organización repudiada por casi todos los colombianos. El ideal de la política de la polarización: enfrentarse a un polo esencialmente vacío de apoyo popular, pero cargado de significado y simbolismo. Intermediaba la relación entre el eje que más convenía al uribismo, Uribismo vs. Farc, Juan Manuel Santos. Santos, complementaba a la perfección la ecuación uribista: ampliamente aborrecido por los colombianos por diversas razones, desde haber traicionado a Uribe, hasta ser el exponente máximo del clientelismo -la puerta de entrada a la corrupción- como mecanismo para organizar el poder, pasando por su origen social que lo acercaba más, y en eso él mismo se regodeaba, a la realeza inglesa que al colombiano promedio. La incapacidad crónica de comunicar y explicar de Santos solo ayudaba a ratificar en millones de mentes el esquema básico: Santos, el traidor, al servicio de las Farc entregaba el país al castrochavismo. Esquema que había que repetir, repetir y repetir con mínimas variaciones.

Era mentira. Sigue siendo mentira. El esquema era útil para comunicar y organizar un partido nuevo, el Centro Democrático, como fuerza de oposición. Aún mejor, para el uribismo, el esquema permitía definir un campo político para competir en la elección presidencial de 2018. Sin embargo, era mentira porque su conclusión principal, la de la entrega al país a las Farc, no se puede sostener de ninguna manera. Resulta que Duque es el presidente. El uribismo ha hecho lo que ha querido con los Acuerdos de Paz y, a la vista de todos, las Farc languidecen día a día. Son irrelevantes en el Congreso y en las calles de las ciudades. Inclusive, en muchas zonas de reintegración son solamente fantasmas en ciudades sin estrenar ya abandonadas. Lo único que importa es que Márquez se perdió y el enredo de Santrich que es el mismo enredo del establecimiento colombiano que no puede mandar cartas y no puede investigar sin dejar siempre la duda del sesgo político. A las Farc, Santos no les entregó nada, no tienen casi nada. Hay narcotráfico, pero eso no son las Farc, son otras organizaciones criminales. Las Farc son unos congresistas, una historia que a nadie interesa especialmente y unos liderazgos anacrónicos.

El proceso de paz fue muy importante porque cerró un conflicto extenso con raíces profundas de la única manera que podía cerrarse, en una mesa de conversaciones. Uribe lo sabía bien, ampliamente documentado están sus intentos de negociar. La seguridad democrática llegó a su límite hacia el 2010. Santos, quizás, lo sabía mejor, al fin y al cabo el había supervisado la implementación de esa política, con el capítulo macabro de los falsos positivos como síntoma de una forma de entender el conflicto armado. Sucedió que Santos habiendo llegado a donde quería llegar, de la única manera en que un político de sus características podía hacerlo -en los hombros de otro-, no iba a perder lo que más le gusta, el protagonismo. Y, entonces, no se lo cedió a Uribe, se acercó más a Chávez -contra quien había conspirado años antes-, e hizo lo que calculó mejor le convenía. Uribe, engañado y dolido, se jugó su vida política con la idea que había que repetir, repetir y repetir, que le entregaron el país a las Farc, dijo, dijo y dijo.

La gran mentira. Ahora está más difícil la situación para ellos. La mentira es difícil de sostener, ya decía, pusieron presidente y han hecho lo que han querido. Las últimas argucias son forzadas: hay que bloquear a la JEP, hay que nombrar a quién no cree que hubo conflicto en un centro para revisar la historia del conflicto, hay que borrar del plan de desarrollo la construcción de paz como un eje clave del avance del país.

Esta semana algunas declaraciones sirven para entender lo que puede seguir. Uribe afirmó que el proceso de paz había beneficiado a unas cuántas personas no más. Ahí está una parte del meollo. Si uno se niega a ver la evidencia que muestra que el proceso de paz ha beneficiado a millones de personas entonces puede encontrar cualquier justificación para bloquear la JEP o la reconstrucción de la verdad. Será muy difícil encontrar una conversación posible porque ya no se discute sobre una evidencia mínima compartida sino sobre unos sesgos profundamente arraigados.

 

 

Petro, en uno de sus trinos, acusa a Uribe de ser un genocida paramilitar
y lo lleva a un terreno que les conviene mucho a los dos:
el de una batalla por escribir el pasado del otro

 

 

Encuentra el uribismo, en la otra orilla, el aire que necesita para no ahogarse en la contraevidencia factual. Petro, en uno de su decena de trinos diarios, acusa a Uribe de ser un genocida paramilitar y lo lleva a un terreno que les conviene mucho a los dos: el de una batalla por escribir el pasado del otro. Con fórmulas básicas en 140 caracteres cada uno incendia a su base y guarda el espacio que ha tenido. A ese trino del genocidio, en gesto inusual, Uribe respondió con las pistas que deberían seguirse para construir un camino alternativo al que él plantea: paciencia y trabajo con las bases. Ahí está, eso es. Sabe bien el que ha puesto a todos los presidentes de este siglo el camino que conduce a las victorias políticas. Mientras engaña con los fuegos artificiales en Twitter mantiene un trabajo paciente que resulta en repetir, repetir y repetir lo que no es verdad a las bases. Y crea una verdad.

Mientras ese debería ser el camino recorrido, las fuerzas del Sí a la Paz -derrotadas en el plebisicito aunque tenían todo el poder de los medios, la plata del gobierno, el apoyo internacional y de amplios sectores de la opinión- transitan uno muy distinto, el mismo que ya fracasó. En vez de ir a las bases y tejer con paciencia, otra vez volvieron a las mismas fotos en actos pomposos en Bogotá, con De la Calle y Timochenko en primera fila, con declaraciones que solo oyen los que ya están de acuerdo. Uribe, entre tanto, celebra y tuitea.

@afajardoa

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