¿Tú eres abelardista o uribista? Esa pregunta, que me formularon en una reunión en días pasados, se ha vuelto frecuente desde el episodio que desembocó en la elección de Honorio Henríquez como presidente del Senado, gracias a la insólita alianza entre los congresistas del Pacto Histórico y del Centro Democrático.
En principio no hay que darle mucha trascendencia a esa disputa en la que midieron fuerzas los seguidores del Presidente electo y los integrantes del CD.
Medición de fuerzas que resultó una pelea de tigre con burro amarrado en la que el tigre no fue Abelardo sino Uribe. De La Espriella, que de tonto no tiene un pelo, debió aprender la lección y le debieron quedar claro las consecuencias que tiene torear a un viejo zorro de la política como Álvaro Uribe.
La izquierda, por supuesto, está interesada en que ese choque momentáneo se vuelva permanente, porque mientras exista unidad entre quienes apoyan a Abelardo está liquidada.
Un escenario de ruptura entre esas facciones les serviría mucho al petrismo para su proyecto de dar un golpe en las elecciones regionales del año entrante y de regresar al poder en el 2030. Por eso, hará todo lo posible para que se produzca un cisma profundo en la derecha.
Razones de fondo para que se materialice una ruptura entre Abelardo y Uribe no hay. Ambos comparten la misma visión de la política y ambos coinciden en qué se debe hacer para volver a enrutar a este país que el petrismo dejó sumido en el caos.
He escuchado a algunos pronosticar que entre el presidente entrante y el expresidente Uribe se va a producir un enfrentamiento parecido al que tuvo Uribe con Juan Manuel Santos. Nada más lejano de la realidad.
Son dos casos totalmente diferentes. La pelea entre Uribe y Santos surgió porque Santos llegó al poder gracias al apoyo que le brindó el entonces presidente y a los votos del uribismo y cuando conquistó la presidencia se despojó la máscara de uribista y gobernó con un libreto totalmente diferente que el que utilizó para hacerse elegir.
Se olvidó de los tres famosos huevitos de Uribe, la seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social y se lanzó de una forma desaforada a buscar la paz con las Farc. Incluso se rodeó de reconocidos enemigos de Uribe como Germán Vargas Lleras.
El expresidente, con toda razón, consideró que Santos lo había utilizado, primero, y luego traicionado. Y un hombre como Uribe lo perdona casi todo, menos una traición tan descarada. Desde entonces el problema entre ambos exmandatarios se volvió un asunto personal e irreconciliable.
En cambio, entre De La Espriella y Uribe no hay un enfrentamiento personal. Primero, Abelardo como presidente no ha cambiado las banderas que enarboló como candidato. Y segundo, no llegó a la Presidencia bajo la sombra del expresidente, con lo cual no se puede hablar de traición.
Las diferencias entre los dos líderes de derecha son mucho menos profundas. Y surgen básicamente de la intención de Abelardo de crear un nuevo partido que recoja los 13 millones de votos que lo llevaron a la Presidencia.
A Uribe esa intención le talla por la sencilla razón de que el surgimiento de ese partido, que se llamaría Defensores de la Patria, sería una gran amenaza para el Centro Democrático., Por la sencilla razón que ambas colectividades compartirían postulados similares, con lo cual el partido abelardista podría arrebatarle buena parte de la militancia al CD.
Es válido que Abelardo desee tener partido propio y también es entendible que Uribe quiera defender el suyo. Lo que se requiere para solucionar esa diferencia es un poco de generosidad y de visión por parte de ambos líderes.
Uribe perfectamente puede llamar al Presidente electo y decirle: “venga, en lugar de crear un nuevo partido fortalezcamos y ampliemos el Centro Democrático para que quepamos los dos”.
Ese Centro Democrático ampliado bien podría llamarse Centro Democrático Por la Patria, para que tanto Abelardo como Uribe lo sientan suyo.
Sobre quién debe ser el líder del Centro Democrático Por La Patria tampoco tiene que haber disputa porque el expresidente es un hombre mayor que más temprano que tarde va a tener que entregarle a alguien el manejo del partido. Y qué mejor que ese alguien sea una persona con la que Uribe tiene mucha química y comparte tantos ideales como Abelardo.
Es fundamental que este par de líderes entiendan que no es momento de egos. Y que no es la hora de dividir sino la de sumar. De ese entendimiento depende el futuro no solo de la derecha sino de la democracia colombiana misma.
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