El bogotano que con historias colombianas conquistó a lectores de todo el mundo

Publicó dos libros ignorados, pensó en renunciar y terminó consagrándose con su último libro con el que se metió ente los mejores del 2025

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enero 04, 2026
El bogotano que con historias colombianas conquistó a lectores de todo el mundo

Si ‘Los amantes de Todos los Santos‘ no funcionaba, Juan Gabriel Vásquez estaba listo para volver a Bogotá y ejercer como abogado. Para entonces ya había publicado dos libros que pasaron sin pena ni gloria. Tenía un doctorado, una vocación clara y, sin embargo, ninguna certeza de que la literatura fuera a darle de comer.

Juan Gabriel Vásquez Velandia nació en Bogotá en medio de la resaca de un caluroso y denso primero de enero de 1973. Desde antes de cruzar la puerta de su casa en Chía, ya lo esperaba la basta biblioteca de sus padres, que sería la compañía que moldearía su forma de ver el mundo desde sus primeros años de vida.

Las aventuras de Julio Verne y Alejandro Dumas incentivaron al pequeño Juan Gabriel de 8 años a escribir con su letra redonda e infantil sus primeros cuentos. Además, desde niño era un lector exigente que en las solapas de los libros reescribía los finales, cuando le parecía que los originales no eran lo suficientemente buenos. Luego creció como un adolescente apasionado por el fútbol, como todos los muchachos de su edad, entonces Alfredo Vásquez, su padre, le encargó traducir del inglés al español una biografía de Pelé, una tarea que con los años se volvió parte de su profesión. 

Cuando se graduó como bachiller del prestigioso colegio angloamericano, Juan Gabriel se matriculó en la carrera de Derecho en la Universidad del Rosario, no tanto porque quisiera ser abogado, sino más por ser seguir con la tradición familiar. Pues sus padres y su tío, el político ultraconservador José María “Chepe” Villareal, le habían dedicado sus vidas a las leyes.  

Le bastaron dos años de carrera en el Rosario para convencerse de que no quería pasar el resto de su vida entre juzgados llenos de tinterillos y leguleyos, sino que lo de él era ser escritor.

Como pudo continuó con la abogacía por una mera convicción personal de acabar con lo que se empieza, mientras tanto, se la pasaba leyendo novelas en las clases que le aburrían y en las tardes se iba a ver clases de Literatura en la Javeriana, donde conoció a su esposa, la publicista colombiana, Mariana Montoya.  

A penas se graduó de abogado, motivado por todos los escritores a los que admiraba, se convenció de que tenia que irse para Paris si quería ser escritor. Entonces empacó entre su maleta el diploma de abogado y el premio del Concurso Nacional Metropolitano de Cuento en Barranquilla, que se había ganado con un relato corto titulado “La esposa de Filipo”.

La realidad fue menos romántica. París ya no era el centro cultural que había formado a Hemingway, Cortázar o García Márquez. Aun así, Vásquez se quedó. Ingresó a la universidad la Sorbona y cursó un doctorado en Literatura Latinoamericana.

Terminados sus estudios, recorrió Europa y empezó a construir su obra sin el privilegio del ocio. A diferencia de muchos de sus referentes, no podía escribir a tiempo completo. Trabajó como periodista, traductor y profesor, oficios que sostuvieron sus primeros años como aprendiz de escritor.

Aunque la crítica ya lo consideraba como una promesa de la literatura, su carrera como escritor no despegaba. Para ese momento, Vásquez había publicado dos libros que no lo convencieron y que tampoco encontraron lectores.

En 2001 publicó Los amantes de Todos los Santos, su última apuesta para no retirarse de su sueño de ser escritor. Contrario a sus dos primeros intentos, el libro tuvo tanto éxito que en Colombia fue catalogado como uno de los más vendidos del año, pero en la sección de autores extranjeros, una anécdota que ilustra el escaso reconocimiento local que tenía Vásquez en ese momento.

El prestigio internacional llegó primero. Escritores como John Banville y Mario Vargas Llosa elogiaron su obra, mientras en Colombia el reconocimiento se hacía esperar. Fue hasta el año 2011 cuando se ganó el Premio Alfaguara de Novela que su país natal lo descubrió como un gran escritor.

En el 2012 se volvió a instalar en Bogotá, donde ya sonaba como uno de los escritores menores de 40 años con más proyección en la literatura en español. En paralelo, mantuvo su vínculo con el periodismo y se ganó el Premio Simón Bolívar en dos ocasiones, la primera en 2008 por El arte de la distorsión y la segunda en 2012 por una entrevista a Jonathan Franzen publicada en El Malpensante.

Desde entonces, el camino de Vásquez no ha dejado de estar lleno de elogios, premios y reconocimientos. El último reconocimiento ocurrió el año pasado cuando los titulares de toda la prensa se volvieron a ver plagados con su nombre. Esta vez por su exitosa novela Los Nombres de Feliza, un libro con el que el escritor bogotano intenta reconstruir la memoria de la escultora Feliza Bursztyn, una mujer que fue brutalmente marginada por la cultura machista de los años 80 y que, finalmente, se muere de tristeza en un restaurante en París, tal como lo relató Gabriel García Márquez.

La carrera de Juan Gabriel Vásquez ha sido una trayectoria marcada por la perseverancia tras un reconocimiento tardío. Un camino en el que el sueño de ser escritor se vio bastante lejano durante años. Tal vez por eso su obra insiste en mirar el pasado con desconfianza para encontrar y contar esos silencios que a algunos les conviene dejar intactos.

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