El aparatoso debut de Darío Acevedo en el Centro Nacional de Memoria Histórica

Se posesionó en soledad, 90 organizaciones de víctimas retiraron sus archivos, se le vinieron encima los historiadores del país y con esta carta sus colegas de la Nacional lo pusieron contra la pared

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febrero 27, 2019
El aparatoso debut de Darío Acevedo en el Centro Nacional de Memoria Histórica

Desde que se filtró el nombre de Darío Acevedo para ocupar la dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica comenzó el revuelo. Era el tercer candidato propuesto por el gobierno Duque, después del nortesantandereano Mario Javier Pacheco que llegaba con el respaldo de Luigi Echeverri y luego Vicente Torrijos, apoyado por el propio presidente Duque, para asumir las riendas de la institución creada por ley en el 2011 para la atención y reparación de las víctimas del Conflicto Armado Interno. La ley le asigna por diez años una serie de tareas en materia de memoria histórica especialmente en cuanto a la preservación de los archivos de las víctimas del reconocido conflicto armado. Y en esto radican las duras críticas a este nombramiento, igual que ocurrió con los dos anteriores, cuyos nombres tuvieron que ser retirados a marchas forzadas por Susana Correa, la directora del Departamento de Prosperidad Social, entidad a la que está adscrito el centro.

Acevedo, quien se ha desempeñado desde hace ocho años como profesor en la Universidad Nacional llegó, con el sólido respaldo del senador del Centro Democrático José Obdulio Gaviria y del propio Álvaro Uribe Vélez, jefe natural del partido al que pertenece Duque. Contaba con credenciales académicas, pero sobre sus espaldas pesa una convicción que comparte con sus compañeros del Centro de pensamiento Primero Colombia, que se convirtió en la base ideológica del uribismo en Antioquia: la tesis de que en Colombia no ha existido conflicto armado sino una amenaza terrorista contra el Estado y sus instituciones.

Esto es precisamente lo que le reprochan sus colegas historiadores de la Universidad Nacional en una carta dirigida a Acevedo y firmada por absolutamente todos los profesores y profesoras de la facultad que lo acogió hace ocho años cuando debió salir de Medellín acosado por los paramilitares. "Nos sorprende que usted, que niega abiertamente la existencia del Conflicto Armado Interno, haya aceptado dirigir una entidad estatal que tiene ese reconocimiento como el eje central de su actividad", le dicen frontalmente.

Darío Acevedo tejió una vieja amistad con José Obdulio Gaviria desde los años 70 cuando ambos participaron del Movimiento Firmes que promovió la candidatura presidencial de Gerardo Molina, de quien Acevedo fue su biógrafo. Ambos militantes de izquierda, colaboradores de la Escuela Nacional Sindical de Antioquia y Acevedo fundador del sindicato de Polímeros se deslizaron primero hacia el liberalismo y luego al uribismo. Junto a Álvaro Uribe emprendieron las batallas políticas que lo colocaron primero en la gobernación de Antioquia y luego en la Presidencia de la República en el 2002 y que repitió cuatro años después. Desde el primer día, Gaviria se trasladó de Medellín a la Casa de Nariño desde donde se desempeñó como asesor principal del presidente Uribe y fue el cerebro articulador de su tesis dentro del gobierno, autor de muchos de los discursos e intervenciones públicas presidenciales. Fue un vigilante de los documentos oficiales y especialmente en los internacionales para asegurarse de que la expresión "conflicto interno" no apareciera. Siempre ha estado secundado por un grupo de viejos amigos intelectuales antioqueños entre los que se encuentran Darío Acevedo, Alfonso Monsalve y Jaime Restrepo Cuartas, tres figuras sobresalientes dentro del uribismo y muy especialmente en su construcción ideológica.

Después del aparatoso estreno y con los ojos de la academia encima, la desconfianza de las organizaciones de víctimas y la vigilancia de la Comisión de la Verdad frente a la cual Acevedo se mostró abierto y proactivo como se lo hizo saber en una comunicación a su presidente el Padre Francisco De Roux.

Esta es la obligante carta de los profesores de la Universidad Nacional que ponen al recién posesionado director contra la espada y la pared.

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