Economía sí, pero no economicismo 

"La segunda opción implicaría eliminar las restricciones sanitarias para que la totalidad de la población funcione a cabalidad y el sistema reanude y acelere su crecimiento"

Por: Jorge Ramírez Aljure
julio 03, 2020
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Economía sí, pero no economicismo 

Las múltiples dificultades que ha traído el manejo adecuado de la pandemia de coronavirus entre la presidencia de la república y la alcaldía de Bogotá no nos deberían asustar si admitiéramos, para comenzar a dialogar, que el problema sanitario es inédito y complejo como para no llamarnos a engaños sobre su manejo y solución definitiva.

Inédito no porque sea la primera vez que la humanidad enfrenta una pandemia sino porque en esta ocasión las circunstancias que la rodean son muy diferentes a las de otras épocas. Y los sentimientos e intereses en juego son más evidentes y universales gracias precisamente a los adelantos tecnológicos que, paradójicamente, han favorecido su propagación global y entregado información pormenorizada sobre su presencia y agresividad pero no han encontrado el logro científico o vacuna que la frenara.

Y para nuestras cuentas agreguemos que la situación de país subdesarrollado con presupuestos apenas para no claudicar en la fábula del crecimiento económico, y un sector salud que —entregado hace tiempo a la ganancia del capitalismo salvaje solo exhibe sus penurias no obstante lo que le cuestan al Estado— no estaban capacitados ni de lejos para afrontarla.

Y no nos ha ido tan mal porque afortunadamente el virus comenzó a hacer estragos en países ricos mucho mejor preparados en materia de salud, experiencia que a pesar de los errores cometidos por los europeos antes de tomar el toro por los cachos para comenzar a bajar los muertos y los infectados, sirvió —precisamente por ello— de ejemplo para que no se nos hubiera convertido en un acabose desde que aterrizó en nuestras tierras.

Ahora, con perjuicios razonables, nos ha tocado —cuando Latinoamérica se ha convertido en foco mundial del virus— manejarnos con más independencia y responsabilidad, pues además de lo aprendido tocará incluir nuevos elementos para tratar nuestra propia pandemia, pues no necesariamente su manejo será copia de lo adelantado en Europa ni de lo que ellos continúen haciendo en su pospandemia.

Volviendo atrás recordemos que dos de las características del fenómeno son lo inédito —en gran parte parte resuelto por la experiencia de estos primeros meses— y su complejidad que dista mucho de ser conocida, no obstante que gracias a la ciencia sabemos casi con precisión que quien lo desencadenó se le llamó COVID-19.

Pero no falta saber quién es el nuevo enemigo de la humanidad para deshacernos de él, sino que la misma ciencia nos ha notificado —desde la esfera de la producción de lo que será su contraparte— que pese a su bagaje científico no tiene a mano la vacuna. También, que, pese a los intereses económicos que se mueven para encontrarla, pasarán meses o años para que sea una realidad. Lo que indica que habrá que navegar en su compañía por tiempo indefinido utilizando, por ahora, las herramientas preventivas que limiten su difusión y peligro para la vida humana.

Pero esta opción no es clara para todos los involucrados, y aunque normalmente todos queremos conservar la vida, existen quienes además alegan que para hacerlo necesita un sustento igual categoría para preservarla. Sustento obvio, pero que —dadas las preferencias por la ganancia privada que acompañan la propuesta que iguala, sin preámbulos mayores, vida y sustento— no parece el vital, el de verdad económico, como sería lo racional en época de una crisis mundial sanitaria. Es el sustento que propone el capitalismo —y no cualquier clase de capitalismo— sino el salvaje, el del libérrimo mercado, que para funcionar a sus anchas rechaza las limitaciones, incluidas, por ende, las sanitarias que buscan controlar la megacrisis.

Limitaciones sanitarias que no solo exigen cuidados personales especiales sino comunitarios extremos, como cierto distanciamiento entre personas que se hace imposible como en el caso de los restaurantes, teatros, almacenes, iglesias, bares, transportes y afines, que aun contando con el espacio suficiente pero aplicando las precauciones necesarias, bien podrían trabajar a pérdida. Lo que, además de otros riesgos, tampoco sería una solución para sus dueños y menos para activar el empleo, el consumo masivo, el impulso a la industria, el comercio y las exportaciones si todos estos propósitos, como lo auguran sus patrocinadores, nos volvieran a encarrilar por el sendero —nada encomiable como lo hemos comprobado durante el obligado descanso— del economicismo prepandemia que adelantábamos.

Pero si el camino de volver a la normalidad fuera este, necesariamente, como lo exige el mercado, habría que eliminar las restricciones sanitarias para que la participación de la totalidad de la población funcione a cabalidad y el sistema reanude y acelere su crecimiento. Algo que no estaría garantizado ni a mediano plazo, porque la vida pasaría a un segundo plano, la propagación del virus se le encomendaría a la Virgen de Chiquinquirá porque la irresponsabilidad de permitir su libre propagación no sería disculpa aceptable, y en muy pocos días los hospitales y ucis no darían abasto y los mayores de 60 estarían condenados irremisiblemente a la muerte.

Y ya dentro del caos creado retornaría la cuarentena y nos podríamos imaginar —conocidas las polarizaciones, la afición a las fake news, la capacidad de destrucción y la propensión a la violencia que animan a los colombianos— las reacciones políticas y politiqueras que se le agregarían —con desconocimiento, por supuesto, de los complicados entresijos del problema— para culparse unos y otros por la tragedia mientras esta avanza a ver si se convierte en una más de las que nos han acompañado siempre.

Lo que nos lleva sin duda a escoger que economía —de la verdadera, de la que suple por parte del Estado a todos sus afiliados en circunstancias cruciales— toda la que sea posible, y capitalismo sin limitantes solo mientras su acción no afecte la salud de la sociedad. Privilegio este último que no deja de ser una suerte excepcional para todos los favorecidos, por lo que deberán pagar los impuestos suficientes para ayudar a quienes, como emprendedores también pero con el azar en contra, han tenido, junto con quienes les ayudaban, que entrar en receso por culpa de un virus inesperado que nos ha golpeado a todos de manera diferente.

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