Droga, alcohol y miedo: los monstruos que derrotó Alejandra Borrero a punta de teatro

En la rumba Caleña de los 80, al lado de su mentor Carlos Mayolo, pensó que sucumbiría pero la actuación y Casa Ensamble que cumple 10 años la revivieron

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agosto 17, 2018
Droga, alcohol y miedo: los monstruos que derrotó Alejandra Borrero a punta de teatro

Hubo una época en donde todo era rumba. Hasta el trabajo. Era 1983 y acababa de llegar de Pensilvanya, Estados Unidos, en donde se quedó sin plata para seguir estudiando teatro. La fiebre se la había prendido su profesor, Sandro Romero en el colegio Sagrado Corazón de Cali. Él, un sobreviviente de Caliwood, el grupo de Cali que surgió alrededor de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina, la introdujo al mundo de Caicedo y su  cineclub de los mediodías en el Teatro  San Fernando –se veían hasta tres películas de Bergman, Antionioni y Fellini al día- y el que la impulsó a matricularse en la carrera de teatro en la Universidad del Valle. Fue un escándalo familiar. Borrero venía de una familia payanesa conservadora y linajuda. Las niñas bien no se subían a una tarima a hacer musarañas. Fue tanta la presión que se tuvo que ir a los Estados Unidos pero a los dos años la encontramos de regreso en Cali, con 20 años, hermosa y con muchas dudas de su talento. Decía que no sabía hablar, que no sabía pararse. Tenía el fuego interior de los artistas pero necesitaba un guía. Y en eso apareció Mayolo.

Su novio de entonces, Hernando Tejada, hacía el sonido del primer largometraje de Mayolo, Carne de tu Carne. Era una época desenfrenada. Todos se metían los pases de cocaína para trabajar con más bríos. Mayolo era una fuerza de la naturaleza que todo lo dominaba, que todo lo veía, que quería reescribir la historia del cine colombiano. Alejandra Borrero lo asumió como su maestro. Cayó en sus venenos pero también en su encanto. Viéndolo trabajar empezó a ser una mejor actriz. Pero la noche se le abrió como una trampa.

Cali en los ochenta era una fiesta interminable. El fantasma de Andrés Caicedo deambulaba por ahí, viendo que hacían los amigos que habían sobrevivido a su naufragio. Luis Ospina iba y venía de Bogotá hasta Cali y empezaba a cambiar el chip, de cineasta a documentalista en video. Oscar Campo se consagraba como el mejor documentalista del país y Mayolo pensaba conquistar en Bogotá la televisión nacional. Borrero no sólo era la pelada de las rumbas. Le despertó el genio que tenía adentro. En 1989 aparece el proyecto de Azúcar y le da un protagónico, el de Claridad Solaz. Encantó de entrada. Sólo era organizar su vida, tener método, disciplina y se convertiría en una estrella.

Después de terminar las grabaciones de la serie, siempre cargadas de alcohol y drogas, decidió retirarse durante dos meses. Nunca probó otra cosa que no fuera cocaína o marihuana pero tenía una personalidad adictiva que no conocía la palabra basta. Después de dos meses salió rozagante y limpia. Lleva 28 años sin meterse un pase. Con los demonios exorcizados Alejandra Borrero se transformó, con su personaje de Lucía Sandoval Portocarrero de Vallejo, la villana que le hacia la vida imposible a Gaviota, alias Margarita Rosa de Francisco, en uno de los rostros más conocidos de la televisión nacional. Alejandra era una rara avis que siempre se sintió incómoda con la fama. No sólo era Chejov, Strindberg y Thomas Bernhard la que la alejaba de la frivolidad de la farandula nacional sino su condición sexual. Sus amigos sabían quién era pero quería gritarlo, que todo el mundo lo supiera. A finales del 99, después de participar en Francisco el matemático, decidió irse a vivir durante dos años en Miami. Cayó en una depresión profunda. No sabía quién era y quería descubrirse. En Colombia hablaban de su lesbianismo como si fuera una enfermedad. Ella tenía que ponerse una máscara y negarse si quería seguir trabajando. En el 2001 regresó, cayó en un bache actoral. El mal momento se lo curó el amor.

Salir del clóset no fue fácil. Una vez, durante una entrevista con Dario Arismendi, decidió contar la verdad sobre su sexualidad. Se arrepintió e intentó que el programa no saliera al aire. Después lo pensó, se encogió de hombros y mandó al carajo a todo el mundo, incluso a su pasado payanés.

A mediados de la década pasada conoció a la administradora de empresas con estudios en finanzas, psicología, experta en derecho y mercadeo Katrin Nyfeler, una de las fundadoras de Orbitel. No sólo es el amor de su vida, el motor que la ayudó a salir del closet, sino que se convirtió en su socia y la persona que la impulsó a cumplir un viejo sueño: ser maestra. En el 2007 vivían en La Soledad. En las mañanas salían a ver casas. La idea era poner una escuela. Al lado de Carulla, frente al parkway, veían todos los días una casa hermosa "la más bonita de Bogotá” decían, una joya arquitectónica construida en 1958 de 1.600 metros cuadrados. Un día pasaron y no lo pudieron creer, decía Se vende. Katrin le recomendó que no hiciera escándalo cuando entraran, que había que tener táctica, la idea era rebajar el precio. Cuando entraron Borrero metió un grito “¡ Esta es mi casa, nadie podrá sacarme de acá!” aunque no tenían la plata los dueños se abrieron y las ayudar. Empezaba Casa ensamble.

Ese había sido un daño muy duro para Alejandra Borrero. Su amigo y mentor Carlos Mayolo moría sofocado por sus excesos a la temprana edad de 65 años. Antes de morir le envió una obra de teatro llamada Pharmakon, un monólogo en donde un hombre enfermo –Mayolo- cuenta su afición por los venenos. Después de pensarlo mucho y cuando Beatriz Caballero, la esposa de su maestro, le regaló sus zapatos blancos, decidió que ella podía encarnar a Carlos Mayolo. Pharmakon sería la obra con la que abriría Casa Ensamble. En la primera función de su monólogo solo entraron cuatro personas. Sabía que iba a ser duro. En el segundo día con la casa le pidió a su hermana que estuviera en la entrada, cobrando las boletas. Los sesenta asientos de la sala estaban abarrotados. Alborozada una vez acabó su monólogo corrió a la entrada a preguntarle a su hermana cuanta plata había recibido “Ay yo no cobré, a mi me dio pena. Yo dejé entrar a todo el mundo gratis”. Creía que iba a sucumbir, que le iba a quedar grande su sueño pero hoy Casa ensamble cumple 10 años contra todo pronóstico. Alejandra no es una negociante, es una artista y si han logrado flotar en un país tan renuente al teatro ha sido Katrin y la ayuda de amigos como Diego Trujillo o Robinson Diaz que siempre estrenan en su casa.

El sacrificio no ha sido sólo económico. Alejandra ha dejado de lado su carrera para dedicarse a ser maestra. Incluso ha hecho cosas que ha detestado como participar en algo de lo que ha sido tan crítica como son los Protagonistas de novela en donde fue jurado. Alejandra a veces quisiera retirarse a una playa y ver el mar todo el día. Descansar ya a los 56 años. Pero no puede. Sabe que ella vive en cada uno de los alumnos que reciben clases en Casa Ensamble y que llegarán a ser tan grandes como lo fue alguna vez la discípula de Carlos Mayolo.

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