Dos monedas, una misma cara

Una crónica de viaje, una conversación y una forma de escuchar a toda una cultura latinoamericana que oscila entre el bien y el mal

Por: Juan Manuel Navarro Romero
abril 21, 2019
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
Dos monedas, una misma cara

Era un martes menos del año, a las 5 de la tarde. Miguel y yo acabábamos de salir de clase. Estábamos cansados, habíamos tenido clase desde las 6:30 de la mañana. Íbamos a coger Transmilenio en la estación Universidades. Tras un tiempo de espera, el bus articulado finalmente llegó, las puertas se abrieron, pero esta vez no entramos. Justo cuando caminaba hacía la entrada vi que Miguel agarraba del brazo a una persona, no estaba seguro de si era un hombre o una mujer, y le decía “muéstreme lo que tiene en la mano”. Sin oponer resistencia alguna, la que luego nos enteraríamos era una mujer embarazada, entregó el celular que había intentado robarle a mi amigo. Inmediatamente, fui en busca de algún policía mientras Miguel la sostenía para asegurarse de que no intentara huir. Hablé con uno de los funcionarios de la estación quien me dijo que ya solucionaba, hizo una llamada desde la taquilla y nada pasó… Finalmente, recibí una llamada de mi amigo, ya había policía. Estaban en el túnel que conecta las estaciones de Universidades y la de Aguas.

Al llegar allí, había 3 policías. Me acerqué y hablé con mi amigo, quien me notificó que tendríamos que esperar aproximadamente una hora para poner el denuncio. Mientras tanto, uno de los policías hacía preguntas para diligenciar algunos papeles necesarios. Debo resaltar que las preguntas me parecieron ineficientes, pues por ejemplo le pidieron a Miguel que valorará su celular, un iphone 6, que me perdonará Miguel, estaba en pésimo estado. Para ello, ante nuestra indecisión, el policía dijo arbitrariamente que le asignaría un valor de millón doscientos. De la misma manera, nos advirtieron que tendríamos que decir que el celular se le cayó a la mujer, pues de lo contrario este sería tomado como evidencia.

Tras una espera de aproximadamente una hora desde la entrevista de los policías, nos dijeron que era momento de hacer el denuncio. Una patrulla llegó, Miguel se montó adelante junto a otro policía y para mi sorpresa, tuve la suerte de compartir el lugar de atrás con la recién capturada, y digo suerte no con sarcasmo, suerte porque me permitió ver un poco de la otra cara de una misma realidad, mi realidad, nuestra realidad.

Atrás íbamos un policía, la mujer y yo. Yo, por mi desconfianza guardé silencio por largo rato mientras intentaba mirar de reojo la actitud del ser humano a mi lado. Estaba tranquila y callada, una postura de desinterés que perfectamente podría tener sobre un sofá viendo televisión, pero –pensaba yo- no en una patrulla y estando embarazada. En nuestro camino, la mujer y el policía hablaron un poco, él le decía que sabía que eran una nueva banda y que los iban a coger a todos. Ella, por su lado decía que estaba sola. Junto a su mirada apagada, había una cicatriz, la conversación que mis dos acompañantes tenían me permitió preguntarle por esta, a lo que me respondió “hace un año, con mi compañero, me caí de la moto y me quedó el recuerdo”, aquí empezó nuestra conversación, el policía se tuvo que bajar a recoger su moto y quedamos los dos solos. Le dije:

¿Por qué nosotros? ¿Nos vio cara de güevones?

Los vi caminando hablando y a él –Miguel- se le marcaba el celular en el jean.

¿Pero él tenía el celular medio afuera?

No, estaba adentro. Es fácil sacarlo, con el dedo se abre el bolsillo y como una pinza se saca el celular.  Lo que me dio risa es que él quedó confundido y no sabía si sí le habían sacado el celular. Hubiera sabido que estaba así –el celular- no me ponía en esas.

¿En serio está embarazada?

Sí, aún estoy brava con el papá por eso. Ya tengo un hijo que tiene dos años y ahora con este todo es peor.

¿Y cuánto lleva con su esposo? 

Él no es mi esposo, es mi compañero. Hace mucho que nos conocimos, en una fiesta me invitó una cerveza y con lo malandra que soy le dije que no gracias, que eso fijo tenía veneno.

¿Él también es de Venezuela? Y ¿cómo así que compañero?

Sí, él es del barrio la Cota en Caracas. Es mi compañero porque yo no sé nada de la vida de él ni él sabe nada de la vida mía, así nos queremos y así funcionamos… ¿Tú sí sabes? como el Wason y su mujer, bueno así (sonrió).

Yo tengo familia que vivió en Venezuela y entiendo la situación. Así como la entiendo, espero que nos entienda y que nuestros papás trabajan cada día para darnos las cosas y que nos roben tampoco es justo, por eso la vamos a denunciar.

No, tranquilo, yo entiendo. Mira, desde pequeña la vida ha sido dura conmigo, mi papá era un policía que mataron porque mató a otro policía. Si hay algo injusto es la vida. Acá donde me ve no como nada desde esta mañana.

Sí, eso lo tengo claro. Hay cunas de oro y cunas de cartón, nosotros no decidimos en dónde nacimos y tampoco lo merecemos, sea en la de cartón o en la de oro, es solo suerte. Yo sé que usted no es mala ni nada así. (Este fue el momento más raro de toda nuestra ya inusual conversación, me miró y dijo:)

¿Tú en serio crees que no soy mala?

Sí, yo sé que no es mala.

Gracias.

(Hubo un silencio, pero mi curiosidad no lo postergó mucho) Pero venga, esta noche no va a llegar a dormir, ¿qué va a hacer? ¿en dónde vive?

No sé por dónde vivo bien, sé que es el barrio Santafé, llevo acá un mes entonces apenas me ubico. Eso es lo que me preocupa, ni el niño ni él van a saber por qué no llegué, a esta hora yo ya debería estar allá. ¿Si ve? A uno le dan esas maricadas, de ver a los amigos del barrio de uno sudándola menos y estrenando ropa, comiendo bueno. Pero qué va, ahora vea… Esas malas amistades me dijeron que eso era fácil y que, si me cogían, a los tres días me soltaban, eso es lo que me tiene tranquila.

(En ese momento, llegamos al lugar al que nos dirigíamos en Puente Aranda.)

Puta, ahora sí me cogió el nervio. No quiero pasar la noche allá, si digo que estoy embarazada capaz que me pegan, además por ser venezolana.

El policía que manejaba se detuvo y me abrió la puerta, me bajé y la volvió a cerrar, dejándola a ella adentro. Caminamos y a modo de broma me dijo “si quiere los dejo solitos un rato en el carro, que lo vi bien” yo solo me reí y seguí caminando. Compré una empanada y le dije al policía que si me dejaba dársela, abrió la puerta del carro y se la di. Su mirada, que antes era dura, me dio las gracias. Unos 10 minutos después, entramos al recinto, nos mandaron a esperar en una sala, en donde conocimos a un padre y a su hija, quienes llevaban 4 horas esperando para hacer el denuncio. Teníamos un compromiso a las 10 en Chapinero y nos vimos tentados a no denunciar. Afortunadamente, la demora fue de una hora. Nos pudimos ir a nuestras casas, comer y asistir al partido de fútbol. Sin embargo, algo ese día cambió.

No puedo decir que la historia de esta mujer sea cierta o falsa, porque solo presencié palabras, pero esta sí es la historia de un pueblo. No solo hablo de venezolanos o colombianos que cada día salen a probar suerte e incluso, como ella, a robar. Hablo de nosotros, los latinos. Somos dos monedas de una misma cara, o mejor, muchas monedas, lenguas, acentos y diferencias, con una misma cara, una cara latina. Sería negligente negar que esta señora, que me contó más una realidad que su vida, es también víctima, así como Miguel también lo fue. En lo absoluto justifico los robos, ni los de calle ni los de cuello blanco, pero hay aquí un trasfondo. Cada persona tiene un motivo para actuar y aunque no se debe romantizar el hurto, es nuestro deber intentar entender los motivos tras las acciones, rechazar el odio y, sobre todo, la xenofobia. Ella, por ejemplo, es una madre desesperada que huyó de su país en busca de una vida digna, vida que aún no ha podido encontrar.

La compasión es compartir la pasión, y si queremos verdaderas soluciones sostenibles a largo plazo, debemos acudir a la compasión más que al odio. No podemos dejar que nos separen nuestras monedas, nuestras diferencias. Es necesario tomar medidas al respecto, no solo en nuestra percepción si no en la eficiencia y fortaleza de nuestras instituciones. Como lo malo se resalta, lo bueno también, así como Miguel sé y confío en que hay miles de colombianos que, a pesar de ser víctimas de nuestra realidad, cumplen con su deber ciudadano y trascienden las barreras del odio, para buscar soluciones y hacer justicia.

 

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