Opinión

Dios fue mejor cuando era tigre

Noticias de la otra orilla

Por:
febrero 08, 2020
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Dios fue mejor cuando era tigre
Este libro de Luisa Villa Meriño –en la foto con la poeta Rita Dove- es un bosque de ecos y resonancias donde suena de manera diferente una nueva memoria de lo ya conocido

Con este título será lanzado el próximo 14 de febrero en Bogotá el poemario de la poeta, artista visual y narradora del Caribe colombiano, nacida en el Copey (Cesar), Luisa Villa Meriño. La publicación hace parte de un esfuerzo conjunto de coedición internacional de Baraja Gráfica Editores de Colombia y Morgana Editores de México, que lanzan también en esta misma fecha libros de la poeta y narradora italiana Silvia Favaretto y de la escritora y editora mexicana Marisol Vega Guerra.

Luisa creció y vivió muchos años en Barranquilla y viajó luego a estudiar Literatura en Bogotá donde está hoy establecida. Ha sido invitada al Festival Internacional de Poesía de La Habana (2018), al VIII Encuentro de Mujeres Poetas En Ciudad Jiménez, Estado de Chihuahua México (2017) y ha sido ganadora de la Residencia Artística Colombia - México (FONCA), 2015, con el proyecto de creación: “El Reencuentro de las Hijas de Coatlicue y las Hijas de Yemayá”. Fue también ponente en el I Coloquio Internacional “Retos del siglo XX, dentro del marco del XI Festival Internacional de Artes de Chihuahua –México 2015”, con la conferencia: “Desafíos Actuales de las comunidades Afrocaribeñas y Afrolatinas”.

 

Luisa Villa y otras escritoras afros en la Feria Internacional del Libro de Barranquilla, LIBRAQ

 

Me ha tocado en suerte ser el prologuista de este primer libro de Luisa, y estas son las palabras que van a quedar, para bien o para mal, presidiendo por siempre la experiencia de su lectura en la presente edición, con la certeza de que ellas registran la grata impresión que tengo de su lectura, para la cual ni el prólogo ni esta columna me alcanzan para decir lo suficiente.

Fue hace más de 20 años cuando conocí a Luisa Villa Meriño, y en esos días puso en mis manos unos cuantos poemas que, recuerdo bien, buscaban casi de forma desesperada una mirada, una lectura, una sensibilidad a la cual interpelar con una voz que era, en ese momento, un gesto intenso, brusco, rabioso, pero en el que asomaban también una interesante fuerza expresiva y una clara preocupación por decir lo que había que decir con la búsqueda sensible del lenguaje.

Con los días Luisa viajó a Bogotá a adelantar sus estudios y esporádicamente fue haciéndome conocer nuevos textos que, como una pequeña corriente de agua libre, iba haciendo meandros aquí y allá dibujando nuevas formas y sentidos, peleando contra la resequedad del entorno, buscando las redondeces que reclama la poesía. Eran poemas sueltos que pronto hallaron un sitio en un conjunto sin que lograran cuajar todavía las que pudieran llamarse las razones de un libro. También me hizo llegar otro proyecto de poemario, que no era precisamente este que ahora nos ocupa, y en él volví a sentir la persistente voluntad de una voz irrenunciable que quería decirse y en el que estaban ya resueltos algunos puntos fundamentales de la escritura poética.

Hasta que recibí entonces las primeras dos versiones de este volumen que ahora tengo el placer de presentar y que ha llegado entonces a sorprenderme gratamente por diversas razones: su escritura, su atmósfera, la construcción de su universo y la dimensión al mismo tiempo triste y jubilosa de lo Caribe.

El primer impacto de este poemario nos lo produce de entrada su título, que es también el último verso de este breve poema de descarnado simbolismo:

 

“En el principio los ovejos y los burros tenían sus manantiales
pero llegaron invasores a explotar las rocas
y el aire intoxicado despellejó
 a ríos y a nativos.
Dios fue mejor cuando era tigre.

La idea es de una altísima contundencia conceptual y estética y nos deja clara la intención de reafirmar la conciencia de la tragedia que significó el arrasamiento cultural de la conquista, y desde luego todas las reediciones posteriores que han marcado a nuestra historia, y que en las páginas de este libro se interpolan, se confunden y se transforman en una guerra que son todas las guerras que nos matan.

El lenguaje de este libro está sembrado de bellas, raras y enigmáticas metáforas e imágenes surreales que le dan a todo el texto la mágica sensación de estar en un territorio mítico, fantasmal, que es un lodazal de historia en el que andan reclamando memoria el tigre, el árbol, el caballo, los taburetes, los desaparecidos, las madres, la poeta…

Este libro de Luisa es un bosque de ecos y resonancias donde suena de manera diferente una nueva memoria de lo ya conocido; es la refundación que hace posible la poesía con unas nuevas claves que la poeta ha logrado ajustar para entregarnos un universo pleno de referentes raizales de lo Caribe en un marco de significaciones fuertemente universales.

Desde ahora quedamos entonces a la espera de otros textos de Luisa Villa Meriño que, unidos a este poemario le significarán, seguramente, el reconocimiento de ser una voz nueva entre nosotros.

 

 

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