Del realismo mágico a la realidad mágica

Muchas de las historias de nuestro Caribe parecen inverosimiles, pero quienes las conocen de primera mano saben que pueden ser más ciertas de lo que parece

Por: WLADIMIR PINO SANJUR
agosto 27, 2019
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Del realismo mágico a la realidad mágica
Foto: Pixabay

El realismo mágico es un movimiento literario y pictórico que le apuesta a una propuesta estilística que busca mostrar lo irreal o extraño como algo cotidiano y común. La obra de Gabriel García Márquez fue encasillada dentro de este y desde entonces los grandes críticos literarios creen que el Nobel de Aracataca alteró la realidad con visos fantasiosos para atrapar a sus lectores en un mundo mítico: todos creen irreal que el padre Nicanor fuese capaz de levitar en los aires con el solo hecho de tomar chocolate o que una anciana, para evitar que un descendiente naciera con cola de puerco, viviera cien años cuidando que los primos de su familia no se mezclaran sentimentalmente. Además, es difícil de creer que una persona como la descrita en el personaje de Amaranta Buendía decida morirse cuando termine de tejer su propia mortaja o que Rebeca y José Arcadio sean capaces de hacer el amor en una hamaca ocho veces en la noche y tres en la siesta, con alaridos tan fuertes que eran capaces de despertar a los muertos.

En días recientes escuché una entrevista de Juan Gossaín Abdallah en la que se refería al concepto de realismo mágico. “Detesto la expresión ‘realismo mágico’, a mí nunca me gustó”, decía el periodista de setenta años, quien fue enfático al decir que el sufijo ismo representaba algo con tufos de falsedad, por lo que él prefería “realidad mágica”, pues la realidad surge del pacto de verosimilitud que la gente hace con el narrador, pues es un concepto que se refería a la subrealidad.

Pues bien, comparto en todos los sentidos dicha afirmación, ya que no se le pueden dar visos de falsedad a nuestra realidad cotidiana, esa realidad mágica que ocurre a diario en Colombia, en especial en el Caribe. Para explicarlo me permito sumergirme en la depresión momposina, más exactamente en Tamalameque, en el departamento del Cesar, cuya historia, costumbres y tradiciones están fuera del alcance lógico de cualquier parroquiano, a menos de que haya tenido el honor de vivir en estas tierras fantásticas, pero reales.

Aunque para muchos es irreal que José Arcadio conversara con Prudencio Aguilar luego de haberlo matado cuarenta años atrás y que terminaran convertidos en amigos, uno desde el pabellón de la muerte y el otro en su mundo de locura, a quienes habitamos Tamalameque no nos parece tan inverosímil, pues convivimos con la llorona loca que cada tantos meses regresa del puerto donde se ahogó hace más de cien años a notificarnos con su grito tembloroso que al día siguiente habrá muerte en Tamalameque.

Si Úrsula Iguarán burla la muerte por más de cien años, para nosotros no es extraño, pues algunos coterráneos se han burlado de la muerte, la han retado por años hasta ser ellos los que la llamen por el cansancio de vivir tanto tiempo. Tal es el caso de Ana Ávila, quien se empecinó en cruzar los cien años, festejarlos bailando al ritmo de las tamboras y morir al día siguiente contenta de haber cumplido la promesa. También, el de Valeriana, quien se sabía la oración de las campanas, por tanto contaba con el don de escuchar las campanas de su muerte y de esta manera tuvo tiempo de preparar su velorio y su sepelio, comprando todo lo necesario para este evento, desde el chocolate y el pan del velorio hasta el ataúd con el que realizaría su viaje final.

Para un citadino sería realismo mágico escuchar de un hombre que extraía las piezas dentales con un pañuelo, pero para nosotros que vimos a Orlando Villegas sacar muelas sin sangre y sin dolor es algo normal, pues sabíamos que cuando estaba borracho los poderes del más allá lo habitaban y podía hacer cosas extraordinarias en su oficio de dentista.

De hecho, una vez tuve la osadía de contar en Pamplona, Norte de Santander, que en mi pueblo existió un personaje llamado Agustín que tocaba acordeón sin necesidad de tocarlo, le bastaba ponerlo en el taburete del lado para que del instrumento brotaran los mejores sones musicales jamás escuchados. Además, tarde en la noche se le daba por tocarle a los cantineros buscando que le fiaran una botella de ron, cuando se negaban Agustín apuñalaba el palo de Acacio más próximo y desde ahí llenaba las botellas de ron que quería. Al otro día el cantinero encontraba las botellas selladas pero vacías.

Ni hablar del hombre que se convirtió en leyenda en la depresión momposina cuando llegó el mismo diablo a pelear con él y este al sentir que era imposible pelear se ideó la manera de vencerlo, pues sus mayores le enseñaron que al diablo se le vencía de la manera al revés. Como no se sabía el credo, los golpes se los daba al revés, es decir no se enfrentó con él de frente, sino de espalda. Cuentan que el diablo al sentir los al reveces que este hombre le proporcionaba con los brazos, huyó como un cobarde por el camino del cementerio. Lo último que dijo el diablo antes de perderse en la oscuridad fue: “Te salvó lo que sabes, Toribio, pero yo vuelvo”. Toribio desde entonces tuvo una cita con el diablo todos los sábados a las doce de la noche en la cruz de mayo, pero el diablo nunca ha cumplido.

Historia como estas existen en cada pueblo de nuestro Caribe, es por ello que no es correcto afirmar que la literatura de Gabo pertenece al realismo mágico, sino que es más prudente decir que pertenece a la realidad mágica

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