Del 4 de marzo de 1971

Las blancas paredes de Popayán se mancharon de rojo aquel fatídico día. Un recuento de los hechos

Por: Hernán del Campo Bonilla Herrera
marzo 01, 2021
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Del 4 de marzo de 1971

El barrio que lleva por nombre el apellido de Francisco José de Caldas y Popayán entero quedaron manchados con sangre aquel 4 de marzo. No se podrá olvidar jamás.

Me gustan los estudiantes

Porque son la levadura

del pan que saldrá del horno

con toda su sabrosura,

para la boca del pobre

que come con amargura.

Caramba y zamba la cosa

¡Viva la Literatura!

—Violeta Parra

 

Los enfrentamientos no cesaban desde tempranas horas. Cuán cerca en el tiempo se estaba de aquel fraude electoral que llevó a Misael Pastrana Borrero al solio presidencial; semejante injuria aún no había pasado al cesto del olvido de las gentes. Ese 4 de marzo de 1971, aunque jueves, no podía pintar distinto a los días que le habían precedido, y que se iniciaron no seis días antes –ese 26 de febrero– con la muerte en Cali de por lo menos una docena de estudiantes en predios de la Universidad de Valle, sino, tal vez mucho antes, en mayo del 68 en la lejana París o tal vez en un 1° de enero de 1959 cuando los barbudos en Cuba derrotaron una feroz dictadura tropical o tal vez aquel 15 de febrero de 1966 cuando en Patio Cemento (Santander) cae herido de muerte el cura Camilo, también sus inicios podrían localizarse en ese fatal 9 de octubre de 1967 en Bolivia, cuando acribillan al Guerrillero soñador, al Comandante de los ojos claros y carcajada batiente, o por qué no estos enfrentamientos pudieron iniciarse cuando a principios de ese mismo febrero en predios de las universidades Nacional de Colombia en Bogotá y de Antioquia en Medellín, con seguridad, hubo algo más de otra docena de muertos como resultado de fuertes enfrentamientos con la fuerza pública. El mal de Alzheimer que ronda la casa no podrá llevarse a su casto y silencioso nido lo acontecido.

Desde días antes Popayán se vio, literalmente, sitiada por el ejército: decenas de soldados de la Patria se apostaban en las calles en posición de combate, el Parque de Caldas en sus cuatro esquinas cercado estaba con alambre de púas, cerco idéntico al que hemos visto en las películas de guerra, y varios soldados se hallaban apostados en el suelo con sus ametralladoras apuntando hacia el resto de la ciudad, hacia las palomas y los gorriones que volaban asustadas y asustados, con el miedo bajo sus alas. El ambiente permanecía tenso, mientras que los estudiantes y su beligerancia despertaban día tras días gran simpatía entre el resto de la población y a ellos se sumaban, profesoras, profesores, intelectuales, artistas, empleados, desempleados, madres y padres de familia, vecinos, comerciantes, estudiantes de bachillerato de casi todos los colegios, amas de casa, algunos clérigos, los hambrientos, los marginados, los inconformes; una multitud, “las masas” que alcanzaban dimensiones de inusitado peligro para el régimen; masas que parecían calentarse bajo el fuego incandescente de la palabra nacida del Movimiento Nacional Estudiantil.

Ese 4 de marzo, la asamblea popular realizada en Santo Domingo, en predios de la Universidad del Cauca, acordó realizar una marcha por toda la ciudad; mientras ésta se desarrollaba, la fuerza pública intentaba penetrar al Claustro, pero la resistencia, aunque contaba con relativamente poca gente (no más de 40), fue fuerte y durante un buen tiempo a punta de caucheras, piedras y madrazos, desde los tejados se evitó que ella ingresara. De esta manera se mantuvo por varias horas a prudente distancia a la fuerza pública, finalmente desalojaron a los combatientes cubiertos con pañuelos y se tomaron la Universidad, algunos lograron salir por alguna puerta, de alguna manera invisible para la policía, el ejército y los servicios de seguridad. Mientras tanto los enfrentamientos se esparcían cual la pólvora por todas las esquinas y barrios de la ciudad. La intervención del ejército iba poco a poco adueñándose de la protesta, esquina por esquina, calle por calle, metro por metro de la Ciudad Blanca, en cuyas paredes iba quedando un enorme manchón de sangre y el número de heridos y detenidos cada minuto era mayor. Piedra, guijarros, caucheras, hondas, bolas de cristal arrojadas a los pies de la caballería, cocteles molotov, bolillo y gases lacrimógenos, ruidos de fusiles que se cargaban y descargaban en pelotón, bajo las órdenes de los sargentos, gritos, llantos, clamores, disparos, era la agenda del día.

Ese jueves, en esa asamblea estudiantil habló con voz clara y tonos cristalinos, lo hizo en nombre de los estudiantes de bachillerato, con un discurso que tuvo que llevar por escrito por temor a que su cerebro se bloqueara, como le había acontecido en otra no lejana ocasión. Sus palabras retumbaron en todos los rincones del Centro Histórico y su eco llegó a la periferia campesina y marginal y se refirieron a obligatoriedad de tener claros los objetivos a largo plazo de la Revolución Socialista y evitar así la trampa del aventurerismo. Palabras que muchos no entendíamos, por ser nuevos fonemas, con nuevos significados, nuevos imaginarios y traer con ellas nuevos sueños y nuevos despertares; mejores o peores, no importaba, eran nuevos y olían a justicia social.

Ese fatal 4 de marzo manchó para siempre las paredes de aquel barrio de clase media, que lleva el apellido del prócer independentista Francisco José de Caldas y con ello quedaron también manchadas las paredes de la Ciudad Blanca. Ese 4 de marzo de 1971, cuando dijo lo que dijo y su decir hirió el corazón del déspota, alguien puso su nombre en una bala de fusil: “Carlos Augusto González Posso”.

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