Opinión

De rey a bufón

La vanidad también tiene límites y uno de ellos es el ridículo

Por:
febrero 14, 2021
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De rey a bufón
El ridículo funciona tan bien en estos días que pareciera un ejercicio deliberado. Imagen: La Coronación del emperador, Jacques-Louis David

Eran dos docenas de tomos delgados de colores. Una hermosa recopilación de cuentos infantiles, fábulas clásicas y libros de adultos adaptados para niños. Con ellos aprendí el atributo supremo de la lectura: la fuga transitoria del mundo y sus alrededores. De dicha colección recuerdo una historia que, aunque no estaba entre mis favoritas, leí muchas veces. Un gobernante vanidoso fue víctima de un estafador que le vendió un supuesto traje -inexistente- que era la última moda en los bailes de la época. El astuto hombre usó como estrategia “comercial” la espada más afilada de todas: la adulación. Con tanta destreza y medida que el emperador cayó redondo en la trampa. El asunto se enredó cuando el jactancioso líder decidió lucir su vestimenta caminando orgulloso entre la multitud completamente desnudo. Entre la turba, un niño (el héroe de la historia) sería el único que se atrevería a decir la verdad, mientras los demás se reían a carcajadas. El emperador caminaba en pelotas. Abrumado por la situación, el avergonzado nudista se escondería entre sus guardias y correría despavorido a su palacio. Jamás volvería a salir. Sumergido en una fatal tristeza, esperaría la muerte como único antídoto a tan espantoso ridículo. No tardaría en llegar.

Podría decirse que la vanidad es inherente al poder. No he conocido al primer poderoso que no se sepa acompañar de una versión exagerada (su invento preferido) de su propia inteligencia, belleza o coraje. Una imagen amplificada de sí mismo, de sus cualidades y atributos. En sus anhelos íntimos un poderoso jamás se sabe enano. No obstante, es posible que la vanidad además de inevitable, de cierta manera, también sirva algún provecho. No debe ser nada fácil convivir a diario con ataques, traiciones e intrigas de amigos y enemigos. Con decisiones imposibles de acertar o realidades tan abrumadoras que harían correr al mismísimo Atlas. Supongo que ese espejo distorsionado del vanidoso podría tener cualidades terapéuticas, al menos, para permitirle al grandioso personaje conciliar el sueño o levantarse en las mañanas. Sin embargo, y como todo, la vanidad también tiene límites y una de ellas es el ridículo.

Por supuesto que hacer el ridículo no es una cuestión que sucede de la noche a la mañana. Para el caso de las mujeres y hombres poderosos es un oficio y un quehacer. Basta mirar a nuestro al rededor para percatarnos de la avalancha de situaciones incómodas, inexplicables y absurdas en las que se enfrascan los gobernantes y alfiles del mundo. (Sin tener ninguna necesidad de ello). Imagino al ridículo como la puesta en escena de una breve obra de teatro que además de los actores principales incluye el trabajo laborioso de muchas personas; desde un encopetado director hasta un aburrido tramoyista. El ridículo en los círculos del poder es un trabajo de equipo, por lo visto, bastante eficiente y armónico.

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Asombroso que no exista en esos círculos del poder y oficinas de comunicaciones un solo héroe. Un niño que le diga al emperador que camina desnudo, que se están riendo de él

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Lo que me resulta asombroso es que no exista en esos grupos y oficinas de comunicaciones un solo héroe. Un niño que le diga al emperador que camina desnudo, que se están riendo de él, y que la vergüenza también mata. Alguien, alguno, que se permita la honestidad de decirle al vanidoso que todo tiene su límite y que ser el hazmerreír del pueblo derrumba a cualquier estatua. En otras palabras, alguien que cumpla su trabajo por el que le están pagando e interrumpa esas letanía de elogios y adulaciones que tanto daño hacen.

El ridículo funciona tan bien en estos días que pareciera un ejercicio deliberado. Una decisión tomada por quienes rodean a los poderosos. Una estrategia para desacreditarlos. Y ellos, tan fáciles de timar, inundados de vanidad, caen y caen redondos en esa trampa. Y posiblemente, tanta arbitrariedad, tanto mal juicio y tan mal gobierno se deban a la tristeza de un rey que cuando rompió el espejo se dio cuenta que se había convertido en un bufón.

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