Biografía del industrial boyacense Luis Abdón Arévalo: Un manifiesto sobre cómo sacar a los colombianos de la pobreza

 - De Maripí para el mundo: esmaltes Masglo, Philaac y Cerescos, cien años del industrial boyacense
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Foto: Casa familiar de Luis Abdón Arévalo Cuéllar en Maripí, 1926. Restauración de color con IA.

El 21 de junio de 1926 el llanto de Luis Abdón Arévalo Cuéllar se escuchó por primera vez en una pequeña vereda cercana a Maripí, Boyacá. Hijo de Rosa Albina Cuéllar y Mamerto Arévalo Wilches. Llegó al mundo en el seno de un hogar de estirpe trabajadora y labriega. 

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Foto: Mamerto Arévalo Wilches, padre de Luis Abdón Arévalo.
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Foto: De izq. a der.: Rosa Albina Cuéllar (madre de Luis), Teodomira Cuéllar (tía de Luis), Esther Arévalo Cuéllar (hermana mayor de Luis Abdón) y la bisabuela Leomenilde. Coloreada con IA.
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Foto: Luis Abdón Arévalo en su primera comunión.

En aquel entonces, Colombia transitaba por los últimos días del mandato de Pedro Nel Ospina para dar paso a Miguel Abadía Méndez, cerrando el ciclo de la Hegemonía Conservadora en medio de un crecimiento macroeconómico sin precedentes que empujaba el PIB histórico al 7,39%. 

Sin embargo, la aparente opulencia de las grandes capitales contrastaba con la dureza de la vida rural. La infancia de Luis Abdón estuvo marcada por la volatilidad de la violencia bipartidista; un episodio crucial en su memoria temprana —el día en que su tío Andrés debió proteger a la familia de un ataque inminente de las luchas entre chulavitas y cachiporros, ante la ausencia de su padre— lo que precipitó un doloroso pero necesario éxodo. 

En 1936, la familia abandonó el campo para buscar refugio en Chiquinquirá.

En este municipio, la urgencia de sostener a una familia numerosa obligó al joven Luis Abdón a abandonar sus estudios formales para sumergirse por completo en el mundo del comercio. Fue allí donde brotó de forma temprana la chispa del visionario. Hacia 1943, en plena Segunda Guerra Mundial y ante la parálisis de las importaciones de plástico, identificó en la tagua —el "marfil vegetal" de los bosques andinos— la materia prima perfecta para la innovación. Junto a su hermano José, tuvo su primera fábrica de adornos y juguetes, capturando con éxito el mercado local a través del ingenio propio.

Motivado por una inquietud natural, en 1947 parte hacia México en búsqueda de un sueño artístico. Sus años en tierras aztecas funcionaron como un crisol formativo: incursionó en las artes escénicas —adquiriendo ese carisma y extroversión que pulirían su genialidad para las ventas y el mercadeo— y se formó rigurosamente en los laboratorios de la industria química.

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Foto: Luis Abdón Arévalo como actor en México. Finales de los 40’s. Color agregado con IA.

Allí conoció al tecnólogo Otto E. Hintze, con quien descifró las fórmulas técnicas para edificar una industria de pinturas en su propia patria. En octubre de 1956, tras retornar a Colombia, fundó PHILAAC (Pinturas Hintze & Luis Abdón Arévalo Cuéllar), emprésito industrial que tuvo origen en una modesta casa del barrio 20 de Julio en Bogotá, trabajando codo a codo con sus operarios en la elaboración minuciosa de lacas nitrocelulósicas. 

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Foto: El doctor Otto Hintze, químico que aportó la parte técnica a Philaac y Luis Abdón Arévalo Cuéllar, en México aquel histórico 21 de junio de 1988.
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Bajo su liderazgo, la firma conquistó la soberanía tecnológica, logrando hitos como el lanzamiento de esmaltes sintéticos automotrices en 1970, la producción de sus propias resinas en 1991, con la llegada de esmaltes Masglo en 1993, para independizar su cadena de calidad y la creación del producto ecológico Kid Vinilo en 2006. Luego la Fundación Convivencia para la educación empresarial del país.

Epidemiología social: diagnóstico del DANE en 100 años

Miremos los datos históricos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) que revelan la magnitud de la obra de Luis Abdón. Al reconstruir los censos y las variables demográficas de la Provincia de Occidente en la década de 1920, podemos evidenciar que el industrial nació bajo un sino casi inmodificable de imposibilidad de acceso a canales de ascenso económico y social: en Maripí de 1926 el analfabetismo rural superaba el 70%, la mortalidad infantil era no mejor que en la Edad Media; la economía regional dependía de un minifundio de subsistencia atado a los trapiches de miel de caña donde solo los personajes principales del pueblo calzaban zapatos. Las oportunidades legítimas de movilidad social eran prácticamente inexistentes y Luis fue un rebelde exitoso ante esas condiciones contra todo pronóstico. Según Portafolio, Masglo proyecta ventas por 166 mil millones de pesos para 2026: “Hoy, la compañía tiene presencia en 17 países, comercializa más de 30 millones de productos al año y lidera la categoría de esmaltes en Colombia, con más del 34% de participación de mercado, según cifras de Kantar”.

El contraste numérico de un siglo evidencia que las trampas estructurales persisten. En 1926, el sistema excluía de entrada al 70% de la infancia y forzaba la deserción de más del 80% antes de tercer grado; hoy, la deserción se concentra en la media técnica rural, donde el 15% de los jóvenes abandona las aulas de clases por la minería. En el mercado laboral, la informalidad en Maripí apenas varió en un siglo: pasó de un 85% agrícola a un persistente 82.5% en la ruralidad dispersa actual. 

Un análisis retrospectivo del Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) sitúa las privaciones del campo en un crítico 90% frente al 22,4% contemporáneo, donde el escaso logro educativo sigue bloqueando el ascenso económico y social. 

Finalmente, aunque los boletines epidemiológicos muestran que la esperanza de vida se duplicó de 34 a 76 años, el entorno rural moderno continúa reproduciendo el mismo estancamiento socioeconómico del pasado. Se vive más, pero no mucho mejor.

Maripí: un siglo después

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Foto de Maripí, Boyacá - Fuente: https://www.instagram.com/pky_foto_jpg/p/DINZ2cvurKO/

Si avanzamos el reloj un siglo hasta este año 2026, es posible evidenciar cómo un hogar que surge en las bases más vulnerables de la pirámide económica tarda en promedio once generaciones (cerca de trescientos años) en ascender a un estrato de ingresos medios. 

Aunque en cien años Maripí diversificó su economía con la explotación esmeraldífera y expandió su cobertura básica, las barreras para los niños de las veredas siguen siendo casi infranqueables. 

Hoy, la falta de retornos laborales de calidad provoca que el canal de ascenso social genuino siga clausurado para las mayorías, perpetuando el sino antropológico de la ruralidad colombiana, de que "quien nace pobre, muere pobre"; y empujando a los jóvenes a creer que las únicas vías de escape son la clientela política o la transición criminal al narcotráfico. ¿Podremos cambiar desde el aprendizaje vicario a través del ejemplo del industrial?

Dos miradas para un mismo titán

Para desentrañar el milagro que permitió a Luis Abdón Arévalo remontar este determinismo histórico, la obra que hoy nos convoca, cuenta con un binomio autoral que analiza la su trabajo desde dos derroteros: lo humano y lo empresarial. 

La labor biográfica de Paula Andrea Medina Pacheco se centró en los detalles más profundamente humanos, íntimos alrededor de la sensibilidad de un hombre que a pesar de las asperezas del entorno rural y el rezago del espíritu de su época mantuvo intacto una moral inquebrantable, un compás de perseverancia infatigable, de persistencia y tesón ante toda adversidad, demostrando que el verdadero éxito corporativo se gesta primero en el temperamento, el respeto por los socios, los clientes y una rara condición del espíritu.

Por el otro, la investigación del hermano de la autora anteriormente mencionada, Andrés Eduardo Medina Pacheco, ofrece una mirada que se concentra en las claves estructurales de la gestión administrativa y la genialidad estratégica de Luis Abdón para consolidar su imperio fabril dejando sobre la mesa una advertencia incómoda pero necesaria para nosotros: 

Si la evolución de nuestro país tuviera menor analfabetismo emocional, si la élite financiera de la época hubiera tenido la madurez de evaluar el talento culto a tiempo por encima de los apellidos, las cunas de oro y los rancios abolengos, el ingreso decisivo de Luis Abdón en sociedad y su consecuente acceso a recursos claves, capitales de riesgo y créditos para dar paso a una de las primeras industrias químicas del país, se habría tardado muchísimo menos, acelerando el ingreso del país a la era industrial. 

Cuando lo logró llegó a tener a cargo 700 familias, que prosperaron gracias a su visión (esto solo en empleos directos). 

La rigidez mental de una burguesía postradicional -aunque premoderna-; los excesivos impuestos; el desinterés del Estado y la indiferencia de otros industriales y dueños del capital, operaron como un freno para una mente social y económicamente dinamizadora que ya corría como lo diría Alvin Toefl, “con la velocidad del futuro”.

Un llamado al empresariado colombiano

¿Cómo logró Luis Abdón Arévalo Cuéllar subvertir un destino que le cuesta al Estado colombiano once generaciones disolver? Su respuesta no radicó en los atajos de la ilegalidad ni en las prebendas del presupuesto público, sino en una fórmula de insurgencia ética: el saber técnico, el sentir ético y una aguda lectura de las oportunidades.

En lugar de ceder a la desesperanza del entorno, Arévalo Cuéllar supo conectarse con las necesidades reales de las familias colombianas. 

Encontró en el exterior —específicamente en el crisol comercial de México y el cariz científico de un químico alemán— el conocimiento mercantil y la rigurosidad técnica necesarios para competir en un mercado dominado por corporaciones transnacionales. 

En su retorno halló en su propia familia el respaldo moral, la fuerza de trabajo y el capital inicial para blindar una autonomía que no pudo hallar por fuera de ese círculo afectivo genuino.

Oferta gratuita de conferencias

Arévalo Cuéllar a su edad de 100 años y su Fundación Convivencia ofrece llevar esta biografía a todas las agencias culturales del Banco de la República del país; a Maripí, Chiquinquirá, Tunja y otros municipios, no como un simple evento social; sino como un emplazamiento directo a los industriales, empresarios, líderes gremiales y socios de la alta comunidad empresarial de Colombia a confrontar este espejo histórico para evitar repetir los errores propios de la sociedad colombiana de hace más de medio siglo que retrasó -debido a una incorrecta relación del hombre con las ideas y de las ideas con los demás semejantes- los procesos industriales que hoy rompen el determinismo económico de la modernidad postergada en nuestro país.

Detrás de la arquitectura del libro

Este riguroso análisis académico e íntimo (una obra rigurosa y a su vez humana) no habría visto la luz sin una labor de filigrana técnica y devoción que merece ser rescatada del anonimato editorial. María Eugenia Pacheco García, esposa del industrial y madre de uno de sus hijos dio soporte estructural a esta edición de lujo. Fuimos presentados tan solo dos meses atrás por su hermana, la sensible escritora Amparo Pacheco García, quien confió en el criterio editorial de Zephiroth tras varias reuniones. A partir de ese momento, se dio inicio a una jornada infatigable de trabajo que se extendió durante dos meses y algo más sin descanso ni tregua para leer con ojo crítico cada página, pulir y corregir minuciosamente los borradores, seleccionar la tipografía precisa y definir la línea de las ilustraciones. 

Como reza el verso del poeta Armando Cerón Castillo: “Pulir y escribir y siempre falta; y volver a escribir y siempre sobra”. 

Nos sumergimos en la revisión técnica de las pruebas impresas, evaluando con diversos formatos la plasticidad y apuesta estética del libro: probamos varios tamaños, texturas y gramajes de papel. La agudeza de la señora Pacheco y su elevado nivel de refinamiento tornó nuestra tarea conjunta en un proceso implacable, transformando la memoria dispersa en un objeto de arte perdurable para el disfrute de los colombianos.

Para solicitar conferencias gratuitas sobre el desarrollo empresarial y el lanzamiento de este libro, puede contactar a la Fundación Convivencia: https://www.fundacionconvivencia.org/contact-10

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Por Andrés Óliver Ucrós y Licht

Autor y editor de libros de psicología e historia. Profesor universitario. Judío fundador de Sefiroth Ain Sof, empresa de investigaciones genealógicas