De la música a las letras

En este país, por su cultura, muchas veces es más sencillo encontrarle gusto a las canciones que a los libros. Sin embargo, eventualmente, una cosa puede llevar a la otra

Por: ANTONIO SEGUNDO VARGAS MENDOZA
agosto 13, 2020
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De la música a las letras
Foto: Pixabay

En el hogar donde nací no había un aparato reproductor de música. No obstante, en el pueblo siempre sonaban las melodías en cualquier esquina, ellas estaban en todas partes. En esas aventuras infantiles recuerdo que entraba a las casas ajenas, a veces con el consentimiento de un amigo de la niñez y otras sin pedir permiso, y siempre me acercaba a los equipos de sonido, porque me llamaban la atención los álbumes. Recuerdo que los cogía, los miraba y los volteaba. Leía el título de las canciones y observaba los colores y las imágenes que tenían plasmada.

Fue así que llegaron a mis manos portadas de discos que me permitieron saber el nombre de algunos cantautores, aprender a reconocer voces y sobre todo a ver y/o conocer el rostro de los primeros artistas. Algunos de ellos posaban sonriendo, otros yacían más sobrios y otros cantaban. Estos últimos me llamaban la atención porque trasmitían alegría y diversión, pero también porque observaba en ellos cierta angustia y odisea al momento de cantar, como si les ocurriese algo crucial al instante de interpretar. Esto último lo noté en una imagen de Héctor Lavoe y más adelante en una carátula de Leonard Cohen.

Evoco también una que otra noche, sobre todo de viernes y sábado, cuando las ráfagas del viento llevaban a mis oídos las canciones más pegadas de la época y estas me hacían soñar, además de imaginar, lo que pasaba en aquel baile o verbena (esas canciones que hoy al escucharlas nos producen tanta nostalgia), pillándome en más de una ocasión la madrugada embriagado y contento por la música y por la resonancia de los primeros versos que se quedaban merodeando en mi cabeza.

De niño leía poco, a mis manos llegaban uno que otro viejo periódico y revista, pero no me atraían sus titulares. En los primeros solo me llamaba la atención la sección de historietas, en especial una que se llamaba el artillero (fútbol), y en los segundos, las imágenes de los artistas. Por su parte, los libros del colegio los leía por obligación y, claro, aprendía de memoria las lecciones y sacaba “buenas notas”, de tal forma que por ahí no encontré el fragor de las palabras y la lectura.

Afortunadamente, en el Caribe, el pacifico y en todas las regiones de Colombia, anhelamos y exhalamos la música, por eso somos y seremos un crisol de fecundidad musical. Desde la edad más temprana estamos escuchando tonadas y prestando oído. En mi caso, las canciones me hicieron sentir variadas emociones y tal vez las que más me gustaban eran aquellas que no decían grandes metáforas, máximas o frases, sino esas que narraban de forma simple los sucesos de la vida y el acontecer cotidiano.

Por supuesto, los años pasan y eso que narran las canciones nos ocurre en la vida: una pena de amor, la muerte de un ser querido, la soledad, las injusticias, el terruño, los recuerdos, los amigos, las enfermedades, entre otras cosas mundanas. Las canciones de entonces que llegaron a mis oídos, muchas fueron escritas por personas que nunca habían leído grandes novelistas y poetas, simplemente le salían del alma y el corazón, logrando expresarlas con una naturalidad y honestidad asombrosa.

Bueno esas canciones me condujeron a relacionarme mejor con mi realidad, la cotidianidad y a establecer un fuerte afecto por las palabras y más adelante por la lectura. Algunos ejemplos de esos versos simples de los muchos que escucheé son estos: “buscando consuelo, buscando paz y tranquilidad el viejo Miguel del pueblo se fue muy decepcionado" (El viejo Miguel), “a lo lejos se ve mi pueblo natal, no veo la santa hora de estar allá, se vienen a mi mente bellos recuerdos, infancia alegre que yo nunca olvidaré" (Mi pueblo natal) o, esta última, “de Alto Cedro voy para Marcané, Llego a Cueto, voy para Mayarí" (Chan Chan). Versos todos de nuestra cultura musical y narrados con naturalidad. Cada quien elegirá sus versos musicales.

Aclaro, también me gusta la música con contenido y/o inteligente. He escuchado los versos de Bod Dylan, Leonard Cohen, Edith Piaf, Joaquín Sabina, entre muchos. Los he disfrutado y he aprendido muchísimo, pero no siempre estoy abierto a tanta sabiduría e inteligencia.

En conclusión, la música hace parte de nuestras vidas, nos conmociona, nos influye, nos marca, nos lleva a otros lugares... germina dentro de nosotros y anida en el alma, como me ocurrió a mí de niño, que terminé influenciado por la música que no sonaba en mi hogar sino donde el vecino o en cualquier esquina, y cuyas narraciones simples y honestas terminaron siendo experiencias de mi vida. Aparte de todo, con el tiempo me indujeron a la búsqueda de las palabras y con ellas la lectura… la música… sí, la música… No en vano Homero cantó La Odisea y cantó La Ilíada.

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