De la abominación que el cristianismo debería sentir hacia el marxismo

"Esta doctrina es la savia que necesita la sociedad y el Estado para tener la armonía que lleva al progreso, pero rechazando el comunismo totalitario"

Por: Ariel Peña González
septiembre 25, 2019
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De la abominación que el cristianismo debería sentir hacia el marxismo
Foto: Pixabay

“No hablaré ya mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí”. Estas palabras de Jesús demuestran el carácter luciferino de doctrinas cuyo fin es el poder político para esclavizar a los pueblos, sometiéndolos al envilecimiento mediante el crimen, la tortura y el hambre, como está sucediendo actualmente con Venezuela. Allá la camarilla comunista se ensaña en contra de la ciudadanía, a la que le prometió hace más de 20 años erradicar la pobreza, lo cual fue una simple patraña para engañar a los venezolanos y llevarlos al infierno marxista.

Pues bien, contraria a esa práctica diabólica del comunismo se encuentra el cristianismo, que ha demostrado durante siglos su verdadero amor por los pobres, a pesar de las sombras que en algunas ocasiones han oscurecido la labor pastoral. La aparición del hijo de Dios en la tierra, cuyas enseñanzas han impulsado durante 2000 años las reivindicaciones en favor de los necesitados, demuestra el carácter social del cristianismo, ya que Jesucristo en varias oportunidades dio muestras de privilegiar a los humildes por encima de la opulencia de los acaudalados de aquel tiempo. Sus apóstoles continuaron con las enseñanzas, sin olvidar que el cristianismo primitivo tenía un gran fervor por el servicio a la comunidad, recordando que el libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra la forma en la que tenían todas las cosas en común, ya que vendían sus propiedades y sus bienes repartiéndolos según la necesidad de cada uno.

Durante al menos tres siglos de cristianismo en el Imperio romano, su acción fue a favor de los humildes, destacándose San Lorenzo, mártir y diácono, quien fue sacrificado en el año 258 d. C., pues administraba los bienes de la iglesia y cuidaba de los pobres, a los que consideraba el mayor tesoro, situación que no permitieron las autoridades romanas quienes lo quemaron vivo. Además se resalta que el 15 de mayo de 1891 fue promulgada la encíclica Rerum Novarum del papa León Xlll, en la que se muestra el carácter social de la iglesia al apoyar a los sindicatos, condenando la avaricia hacia el capital como causante de la pobreza y degradación del trabajo.

El documento se enmarcó dentro de la lucha ideológica al interior de los trabajadores en aquel entonces, pues existía la Internacional Socialista, en donde se enfrentaban comunistas totalitarios basados en el marxismo con los libertarios y las corrientes socialdemócratas, así que la iglesia supo percibir el momento histórico y propuso esa encíclica social, que tiene vigencia hasta nuestros días.

El cristianismo católico vivía momentos difíciles a finales del siglo XlX por el escepticismo en sectores proletarios, impulsado principalmente por el marxismo, cuyo fundador planteó que la religión era el opio del pueblo y además le hacía apología a la violencia. Sin embargo, dirigentes anarquistas y socialdemócratas no lo acompañaron en esa postura, ya que muchos seguían siendo creyentes, defendiendo su catolicismo por no tener elementos científicos validos para volverse ateos. Así que la iglesia con la encíclica Rerum Novarum tuvo un gran discernimiento, siendo ello una actitud fundamental para contrarrestar a los adversarios de la Iglesia y proyectar su doctrina social, que es base indispensable para la construcción del reino de Dios entre nosotros.

Los sindicatos le deben mucho a las iniciativas de la iglesia con la doctrina social, no solo en el ámbito mundial sino desde luego en nuestro país, pues cabe destacar que la iglesia pudo contrarrestar con el documento del papa León Xlll en su aplicación práctica la influencia de ideas totalitarias que buscaban que el materialismo fuera asumido íntegramente por los trabajadores, por ello se resalta que en la búsqueda de la dignidad de los obreros la iglesia haya promulgado a través de los años otras encíclicas de contenido social como: Quadragesimo Anno, de Pío XI, en 1931; Mater et magistra, de Juan XXIII, en 1961; Centesimus annus, de Juan Pablo II; Populorum progressio, de Pablo VI, en 1967; Laborem exercens, del papa Juan Pablo II. Todas estas encíclicas exaltan el trabajo humano y rechazan las doctrinas absolutistas, el secularismo, el mercantilismo y el desempleo, recalcando que en el trabajo se imita a Dios, siendo Jesucristo hombre de trabajo; además Benedicto XVI durante su pontificado promulgó la encíclica Caritas in Veritate, en donde se reconoce grandemente la labor de los trabajadores.

El cristianismo católico, que es una institución trascendental e histórica, toma el trabajo como condición necesaria para el progreso, en donde este no se puede deshumanizar como lo hace el neoliberalismo y la globalización. De ahí que la opción preferencial por los pobres es una premisa para el desarrollo eclesiástico siguiendo las enseñanzas de la palabra de Dios, respetando la tradición y fortaleciendo el magisterio.

La acción pastoral a favor de los trabajadores reconforta para lograr la dignidad humana, sin olvidar que hay que trabajar defendiendo la creación, que corre peligro por el afán excesivo de poseer y acumular riquezas, como lo expuso Francisco en la encíclica Laudato Si, difundida en el 2015 y que se refiere al medio ambiente; por ello el desarrollo de las organizaciones sindicales debe de ir de la mano con la defensa de los nobles intereses, que mueven las mujeres y los hombres de buena voluntad.

En Colombia, el cristianismo social tiene una tarea preponderante para seguir ayudando mediante acciones caritativas a los más necesitados y así contribuir a lograr la paz social, en donde las organizaciones sindicales podrán incrementar su participación, elevando la calidad de vida de la ciudadanía con sus luchas diarias; porque la doctrina cristiana es la savia que necesita la sociedad y el Estado para tener la armonía que lleva al progreso, pero abominando al comunismo totalitario o marxismo.

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