Cuando Medellín se volvió tango

En los barrios, especialmente en los que vivían los obreros, las cantinas y cafés estaban surtidas de discos de tango siempre a la orden del día

Por: Laura Cecilia Bedoya Ángel
junio 21, 2021
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Cuando Medellín se volvió tango
Foto: SajoR - dominio público

Hoy en un momento de evocación llegan versos optimistas “abrió caminos sin más ley que la esperanza” y tanto este como otros me impulsan a escribir los motivos que tuvo la población medellinense para abrazar el tango.

Es preciso decir que el título de esta columna surgió del trabajo Cuando Antioquia se volvió Medellín de la investigadora Sandra Patricia Ramírez Patiño.

Voy a tomar como punto de partida para mi disertación la Estación del Ferrocarril de Antioquia, mas no como causa inicial de la acogida del tango en Medellín, sino como referente emblemático de la arquitectura republicana. Ubicada en Guayaquil, presenta una historia asociada al desarrollo socioeconómico de la región y a los procesos sociales de distinta índole, pero antes de hacer un retrato me remito al fenómeno migratorio que vivió Medellín según la investigación citada.

Veamos entonces un importante estudio sobre el crecimiento de la ciudad. Este enunciado se recoge bien en el artículo de Constantine Alexandre Payne, Crecimiento y cambio social en Medellín 1900-1930:

A medida que la ciudad creció en tamaño y complejidad durante las tres primeras décadas del siglo xx, empezó a dejar atrás su simplicidad de pueblo grande y se transformó en una pequeña ciudad ávida de desarrollo y progreso; cuando Medellín tenía 60.000 habitantes y sus calles eran empedradas y estrechas, cuando era accesible solo a lomo de bestia, cuando su industria textil eran unos cuantos telares en un edificio pequeño y se cocinaba con leña, cuando la diversión popular era una eventual compañía de ópera de tercera categoría. Termina el estudio más tarde cuando la población se ha duplicado, cuando las calles se congestionaban con automóviles o tranvías y los ferrocarriles bajaban presurosos a las gentes ricas al Río Magdalena a coger un vapor y traían a la ciudad oleadas de campesinos en busca de trabajo, cuando se estaba haciendo el aeropuerto y las grandes fábricas empleaban miles de trabajadores, las ferreterías se atiborraban de modernos aparatos eléctricos y cuando en cualquier noche se podía escoger entre varios cines. Después de 1930 el crecimiento urbano se disparó.

Entonces esa inmensa ola de campesinos y de gentes de pueblo que llegaban a la ciudad tenían como núcleo de sus operaciones y desplazamientos la Estación del Ferrocarril, que fue un centro de comercio y de negocios de la ciudad, era acopio de productos de exportación como el café, así mismo, terminal de pasajeros; alrededor estaba la Plaza de Mercado cubierta, pequeñas industrias, hoteles, proximidad a la ruta del tranvía y a poblaciones vecinas.

Y serán estos nuevos habitantes de Guayaquil quienes escucharán tangos en los hoteles y cantinas. En aquellos lugares empezaron los hombres a bailar tango y milonga teniendo como pareja a otros hombres, años después las mujeres los acompañarán en el baile, y me atrevo a formular la hipótesis de que también se bailaba entre mujeres como pasó en el Río de la Plata, aunque este hecho no es mencionado en la narrativa convencional, luego estos amantes de la danza se transformarán en los precursores del baile en la ciudad, dando lustre a los sitios de la Villa que se reconocían como bailaderos, entre ellos el Parque Bosque de la Independencia convertido hoy en el Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe.

Para hablar del tango en Medellín habría que mencionar otros factores como la importación de los discos, la llegada de compañías a los teatros, un ejemplo de esto son las zarzuelas donde se cantaban tangos acupletados, el cine, la radio y los coleccionistas, se escuchaban tangos en los fonógrafos y victrolas, también en pianos que son llamados rocolas y como ingrediente primordial está puesta por encima de todas las cosas, la nostalgia y el desarraigo de los inmigrantes que habían venido a Medellín a trabajar y a buscar nuevas oportunidades. No se puede olvidar la centralización de las instituciones educativas y el desplazamiento forzado por la situación política.

Teniendo en cuenta los factores anteriores hay que decir que en cierta medida Guayaquil fue puerto sin mar y sin río, y un puente entre los lugares de origen, la nueva vida y las nuevas compañías: el recuerdo de lo perdido y la soledad. En los barrios, especialmente en los que vivían los obreros, las cantinas y cafés estaban surtidas de discos de tango siempre a la orden del día.

Cabe anotar en esta parte de la historia la presencia de las mujeres que llegaron de los pueblos, algunas de ellas trabajaron en el comercio, en casas de familia y en la industria, en el sector de la trilla, del tabaco, en la imprenta, en almacenes, eran trabajadoras cuidadosas y también a las que menos dinero se les pagaba por sus trabajos.

José Luis Romero presenta un aporte importante sobre la formación de las ciudades, estudio que contribuye a entender el fundamento de la presencia del tango en una ciudad como Medellín situada a kilómetros de distancia de la cuna del tango en el Río de la Plata; en su libro expone el crecimiento de la economía como punto crucial del que se derivan el aumento de la población y la aparición de distintos estilos de vida que mostraban más que diferencias abismos sociales que denunciaban dos mundos diferentes.

Así lo contó Aire de tango. “Otras gentes; bigotes, sombreros blancos, sin bigote, sombreros bajeros, de Aguadas, Estetson, Panizza, o aunque fuera de los metidos en esas hormas tan chatarras y enderezaos a punta de paciencia. Sombreros mestizos, blancos, caras barbadas, calungas. Sacos de solapas anchas, correas de cuero ancho, botas anchas en los calzones. Después volvió la moda de los estrechos, había que quitárselos con vaselina o mantequilla. Y el chaleco y el llaverito de aro y cadena, así podían volearlo.

¿Qué hablaban? Enfermedades y muertes si venían en busca de médicos y mejores hospitales; si no venían de paseo, comentaban negocios en primer lugar. Traían de doscientos sitios sus corotos, llevaban sus corotos a doscientos sitios, ni cosecha de gusanos. Ferrocarril, aviones, carretera. Madera aserrada, granos, cabuya, frutas, humedad. Plaza de mercado, olores de aguardiente, yerbas, sangre, por estas cantinas (...)”(1)

También esos mundos diferentes influyeron en el gusto por las letras de los tangos que se escuchaban por ese entonces.

Del Medellín de antes cuando el tango empezó a pegar como dirían las abuelas, hay mucho para contar y para leer, por el momento me despido con esta nota: “Noches, luces, avisos a lo desgualetao, bailongos en el bosque o en los rodaderos de primavera por la autopista sur, onde fuera. También Prado arriba, Lovaina, El Llano, La Curva del Bosque, Las Camelias, Lucita con los dientes más finos y el pelo más esponjado de la partida, la cogió el trago y el baile, hasta sentada seguía bailando”(2)

(1) Aire de tango. Manuel Mejía Vallejo

(2) Ibid

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