Cuando Márquez y Santrich no creían en la negociación de Santos

Detalles de la cumbre clandestina del 2012 en La Orchila, Venezuela cuando trataron de atravesársele a los diálogos pero fueron derrotados. Gabriel Ángel estuvo allí

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septiembre 24, 2019
Cuando Márquez y Santrich no creían en la negociación de Santos

En el mes de agosto de 2012 se celebró en la isla de La Orchila, con la autorización del gobierno colombiano y la colaboración del Presidente Chávez, una reunión de mandos de las FARC-EP convocada con un propósito definido, decidir si se aprobaba el Acuerdo de la Comisión Exploratoria que establecía la agenda de diálogos de paz con el gobierno de Juan Manuel Santos. En caso positivo, designar la comisión que se encargaría de los diálogos.

Acudí a ella acompañando al camarada Timoleón Jiménez, quien generosamente me incluyó entre los participantes. En realidad había una representación parcial de los mandos de los bloques. Asistir a dicha reunión implicaba trasladarse en absoluto secreto hasta Venezuela, lo cual sólo resultaba posible a los mandos del Bloque Oriental, el Magdalena Medio y el Caribe o Martín Caballero cercanos a la frontera.

El gobierno colombiano había sido reiterativo en extremo, en la necesidad de la confidencialidad absoluta sobre el asunto. No iba a mover un dedo para facilitar el traslado de mandos del occidente, el centro o el sur del país, pues pondría en riesgo el secreto empeñado. Llegaron mandos de Arauca, el Catatumbo y la Costa Atlántica, la mayoría integrantes del Estado Mayor Central. Estaban además los miembros de la comisión exploratoria que había acordado la Agenda.

La reunión se complicó por la actitud asumida por los mandos del Bloque Caribe o Martín Caballero, particularmente Iván Márquez y Santrich. Resultaba evidente la animadversión de estos con la agenda acordada. Santrich la calificó de pálida y yerta, y se fue lanza en ristre contra ella, argumentando que no contenía los temas fundamentales para una mesa de conversaciones de paz. Iván Márquez rechazó categóricamente el que las conversaciones se instalaran en Oslo.

En una intervención fogosa, Santrich aseguró algo que nos hizo mirarnos de reojo a todos los demás. En su opinión, los argumentos que exhibían otros para dialogar con el Estado en busca de una salida política a la confrontación, eran de carácter derrotista. Las FARC nunca habíamos contado en el pasado, con la capacidad política y militar con que contábamos en ese momento. Estábamos más fuertes que nunca. El solo afirmarlo sonaba a desubicación total.

Para la inmensa mayoría estaba claro que la guerra soportada en los últimos diez años había logrado hacernos mella. No se trataba de declararnos vencidos o derrotados, como lo creía Santrich, sino de reconocer que no era el momento de la arrogancia, que era el espacio para el talento. Miles de guerrilleros, guerrilleras y civiles habían quedado en los campos en toda la geografía nacional. Muchos frentes y hasta bloques habían sido seriamente golpeados.

Incluso miembros del Secretariado, algo que jamás sufrimos las FARC, habían sido dados de baja por cuenta del fuego enemigo. El Mono Jojoy, el jefe de la fuerza más poderosa de las FARC en los últimos años, había sido uno de ellos. Y Alfonso Cano, el comandante en jefe de la organización, el cuadro más brillante y valioso de la revolución colombiana, también había sido muerto en una operación militar.  Era obvio que Santrich no sabía lo que decía.

Además de explicable, era hasta cierto punto risible. Precisamente el Bloque Martín Caballero o Caribe, era el bloque más golpeado de las FARC. Casi no existía. Yo lo había comentado sutilmente en mi intervención. Había ingresado a la Sierra Nevada de Santa Marta hacía 25 años. Recordaba las palabras de Adán Izquierdo en una conferencia en la que expuso que la Sierra podría ser objeto de cercos estratégicos y cercos tácticos.

Los primeros eran las brigadas y batallones acantonados en las capitales circundantes. Los segundos las operaciones aéreas o terrestres de ofensiva. Según sus palabras la sierra era demasiado extensa y abrupta para coparla en su totalidad. Diecisiete mil kilómetros de montañas y cañones en los que abundaban la selva y el mar. Siempre cabría la posibilidad de moverse de una zona a otra en busca de seguridad, incluso en las situaciones más difíciles de presencia enemiga.

Sin embargo, en las circunstancias en las que nos reuníamos en aquella isla paradisíaca, no se hallaba ni un solo guerrillero en la Sierra Nevada de Santa Marta. Ni siquiera en la serranía del Perijá. Los mandos de ese bloque habían dispuesto abandonarlas cuando la situación militar se apretó. Habían buscado refugio en la frontera, del lado de Venezuela. Llevaban casi una década allá. No pisaban tierra colombiana y no sabían por tanto lo que era la guerra.

Bravuconeaban con los combates y la resistencia, cuando la realidad era que se habían hecho a un lado, dedicados a dar entrevistas para medios extranjeros y producir videos, instruyendo a los guerrilleros en labores de agricultura y cría de animales domésticos. También a otras prácticas no muy materialistas. Escribían libros de poemas, elaboraban estudios sesudos sobre las relaciones entre Bolívar y Beethoven, pintaban, posaban de comandantes ante el mundo.

Esto último se lo podían creer sus amigos intelectuales, un reducido grupo de académicos radicales que los visitaban desde algunos países del continente, que brindaban alegremente con ellos y les repetían el discurso de la revolución socialista mundial, que ellos estaban destinados a dirigir. También solían mandar enviados a algunas ciudades de aquí y allá, a organizar estudiantes ilusos en barrios y universidades, quienes los recibían como a los héroes de la epopeya.

Los héroes eran otros, los que combatían y morían en las cordilleras y selvas de todo el país. De ellos no hablaban las publicaciones dedicadas a ensalzar a Iván y Santrich en el extranjero. Iván aseguraba en la reunión a la que me refiero, que Noruega era el representante de la CIA en Europa. Que una vez llegara allá la delegación de las FARC a instalar los diálogos, correría el riesgo de ser capturada y enviada a los Estados Unidos.

Afirmaba que Noruega había encerrado a la delegación guerrillera de la UNRG, la guerrilla guatemalteca, y les había impuesto firmar el acuerdo de paz, so riesgo de no volver nunca a la libertad. Eso mismo nos pasaría a nosotros si enviábamos la delegación allá. Cómo se veía que no tenía el menor sentido de las proporciones en materia de relaciones internacionales, y eso que fungía como jefe de la comisión internacional de las FARC tras la muerte de Raúl Reyes.

Como era apenas de esperarse, perdieron por completo el debate. La Agenda fue aprobada, y ellos, Iván y Santrich, fueron designados como integrantes principales de la delegación de las FARC en las conversaciones. Al fin y al cabo no dirigían ninguna operación militar, no estaban en guerra, su ausencia no afectaría el funcionamiento de la resistencia que libraban las FARC en toda Colombia. Distinta hubiera sido la situación si se sacaran mandos de otros Bloques.

Cuando uno mira las noticias y las producciones visuales que por internet difunden los personajes que encabezan la nueva guerrilla, vuelve a verlos en una situación muy similar a la ocurrida en el pasado. Puede que su propaganda halle eco en gente de mentalidad parecida a ellos, estudiantes y académicos que apuestan al triunfo de la revolución que miran en las pantallas de sus computadores. Y de la que pontifican tomando cerveza o café en locales públicos.

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