Opinión

Cuando creía que los de izquierda no acosaban sexualmente a las mujeres

Es como si las nuevas generaciones de la izquierda hubieran nacido castradas de imaginación, de inquietudes existenciales

Por:
junio 16, 2016
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Cuando era pequeño yo creía que todos los intelectuales eran de izquierda. Conmovido por el exterminio de la UP, por el sacrificio de Sandino y el Ché, los idealicé como si fueran mártires.  Creí que no tenían complejos machistas, ni racistas, ni mucho menos clasistas. Creí que no acosaban sexual y laboralmente, que no violaban.  Pensé que las únicas reuniones que hacían era para leer a Mayakovsky, que el único cine que veían era el de Pudovkin, que se habían leído completo Así se forjó el acero.

Del otro lado del charco estaba la derecha. Truhanes, malévolos, sedientos de sangre, católicos e incultos, nada peor que un conservador. En esa época no sabía de la biblioteca de Nicolás Gómez Dávila ni de los poemas de Cote Lamus. Pensé que lo único que hacían era reprimir, darse látigo frente a la imagen de un Sagrado Corazón.

Los años no solo me han traído calvicie y obesidad, también me han enseñado a desconfiar de las verdades universales. La Universidad Nacional cada vez arroja sociólogos y antropólogos que lo único que leen son los libros que les mandan la universidad. A la hora de redactar un texto siempre lo hacen con la rigidez que hacían los artículos los periodistas del Pravda a comienzos de la era Brezhnev. La última novela que leyeron fue un resumen de Guerra y paz para el colegio y les parece una mamera total el cine en blanco y negro.

Es como si las nuevas generaciones de la izquierda hubieran nacido castradas de imaginación, de inquietudes existenciales. Son planos y se vanaglorian de no tener el cerebro limpio de toda la depravación del arte occidental. Abrazan la bandera antiimperialista para llenar el inmenso hueco de su ignorancia.

Eso sí, la jerga les encanta. La jerga y las citas de Borges, Foucault, Schopenhauer y Georg Lukács que toman de Facebook o de las canciones de Joaquín Sabina que escuchan en las tabernas donde despilfarran su sueldo. Porque eso si hay que abonarle a los compañeros de izquierda, sí que saben beber, sí que tienen aguante pa´l ron.

La jerga les encanta, y las citas de Borges, Foucault, Schopenhauer y Georg Lukács
que toman de Facebook o de las canciones de Joaquín Sabina
que escuchan en las tabernas donde despilfarran su sueldo

No solo el general Fernando Landazábal ayudó a menoscabar la acción de la izquierda colombiana: la falta de rigor, la liviandad de no saberse queridos por un pueblo ignorante, hicieron que “los compañeros” se relajaran, que se recostaran plácidamente en la nube de la inconstancia, de la resignación. Entonces, si te asumes de izquierda irás a muchas reuniones de diversos grupos juveniles en donde habrá muchas peladitas a las cuales seducir mostrando su compromiso, su lucha, su parla libertaria y feminista. Pobre de aquella que se deja enredar.

En cualquier parte hay chicas que te pueden contar historias terribles sobre abogados muy cercanos a políticos que, una vez les muestras su biblioteca de libros sin abrir, de destapar una botella de vino argentino, no sin antes decir algo inteligente sobre su cepa, deciden lanzarse sin reparos, con la determinación de un guerrillero en una emboscada, hacia el pubis de la compañera de turno. Si la muchacha se resiste recibirá el peor insulta: es una sucia pitiyanqui.

Si entre los jóvenes izquierdosos, que todo lo ven blanco y rojo, embebidos en odiosas categorías, está la responsabilidad de escribir la historia de la nueva Colombia,   perderemos para siempre la posibilidad de sanar para siempre las heridas de sesenta y cinco años de guerra.

Los he visto tratar mal empleadas domésticas, meseras, darles patadas a  perros callejeros, echar la bicicleta al usurpador peatón que camina por su acera, reventar a golpes a mujeres embarazadas. Y siempre borrachos, trabados, convencidos que son seres especiales, artistas bohemios y rebeldes que no tienen necesidad de respetar horarios, órdenes y, sobre todo, mujeres tan vacías, tan interesadas, tan huecas, que se resistan a pasar una noche con él a punta de aceituna, vino español y esos cursis poemas de Benedetti.

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