Crudo testimonio de una víctima de la pólvora

'Espero que este testimonio sirva a algunos padres de familia, para que dejen de invertir plata en explosivos'

Por: Leandro Felipe Solarte Nates
diciembre 07, 2015
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Crudo testimonio de una víctima de la pólvora

A lo lejos se escuchaba la música del agonizante año 1966. Desde el cuarto piso del quirófano del Hospital Universitario San José, me llegaban nítidas, las notas de los Melódicos, la Billos Caracas, los Corraleros del Majagual, la Sonora Matancera,  el infaltable “faltan cinco pa’ las doce” y me “ dejo una chiva y una suegra buena” que sonaban como alejándose en un sueño a medida que la anestesia hacía su efecto y  en medio del estruendo de los cohetones y la pólvora… si la pólvora cuyos estallidos me transportaban a la Nochebuena fatídica y principal causante de que ese 31 de diciembre, a las ocho y media de la noche, estuviera en Cirugía, esperando que me  rasparan con jabón quirúrgico y cepillo, la densa capa de pus verde, casi efervescente, que en el vetusto ‘hospital’ de Santander de Quilichao, durante ocho días, , se había incubado en  las heridas abiertas en diferentes partes del cuerpo: la menos profunda pero más dolorosa, extendida por la profusamente inervada mano derecha y el antebrazo interno; y las de mayor extensión y profundidad, de segundo y tercer grado, sobre el abdomen y parte externa del muslo. Estas las más graves, pero indoloras, pues habían afectado, además de piel, dermis y músculos, los nervios. Milagrosamente el ‘pájaro’ se me salvó gracias a que la correa del pantalón detuvo el descenso de las llamas.

Todo había empezado, el 24 de diciembre, cuando andaba con el negro ‘tusi’, que embolaba zapatos en el parque principal y otros amigos de primero de bachillerato, después de salir del teatro Paz, donde en la función de vespertina, vimos la película sobre el “Rey Pelé”.

-“Vámonos a la casa, que mi papa compró una caja llena de pólvora”, les dije a mis amiguitos, cuyas edades oscilaban entre los diez y doce años, -Yo me encaleto un resto de pólvora, para que la quememos-.

Así lo hicimos y cuando llegamos a la casa, a media cuadra del parque central, ya había empezado la tradicional quemazón y el estruendo. La caja estaba a la entrada. Tomé una hoja de ‘diablitos azules’ que tendría más de 100, la partí en dos y me las distribuí en los bolsillos delanteros del pantalón. Cogí un atado de bengalas envueltas en el papelillo de elevar cometas y me las metí en medio de la pretina. Le eché mano a una docena de sacaniguas y saqué uno del atado. Lo arrimé a la vela que estaba fijada en la acera. Encendí la mecha lo arrojé y se me devolvió. En fracción de segundos me prendió el resto de silbadores que tenía en la mano izquierda y arranqué a correr, pues mis ropas estaban encendidas y como una ‘vacaloca’ viviente, de mi cuerpo sonaban las explosiones de los totes y las luces de las bengalas que empezaban a prenderse.

La camisa de manga larga y cuadritos verdes confeccionada por mi madre y que me acababa de estrenar, ardía. Azuzado por el dolor corrí, hasta que en el amplio umbral de la Caja Agraria me agarraron del cuello y tumbaron. Era Alfonso Luna Geller, el hoy director de Proclama del Cauca, que pasaba por ahí. Intentando apagarme, el pantalón que estrenaba se le encendió y pronto llegaron en su ayuda otros transeúntes que me quitaron la ropa y llevaron al primitivo hospital.

Por Navidad, escaseaban los médicos y mientras esperaba que me atendieran en Urgencias, sentía intenso dolor especialmente en la mano derecha y parte del antebrazo. Al tocarme el abdomen y la pierna, donde las quemaduras eran más profundas, no sentía nada.

Al rato me atendieron, lavaron heridas con agua oxigenada, y me aplicaron inyecciones y  pomadas.  Me asignaron una cama en sala general, pues las dos pequeñas habitaciones de ‘pensión’ estaban ocupadas. A la madrugada del 25 de diciembre hubo gran conmoción y movimiento…se había accidentado una chiva llena de campesinos, en el trayecto entre Caldono y Sibería. Varios murieron y los sobrevivientes con rostros desfigurados por los golpes, eran mis vecinos y a visitarlos llegaban sus parientes y amigos que se sentaban al borde mi cama.

El 30 de diciembre, el médico y pariente Néstor Solarte Fernández, visitó a familiares cercanos en Quilichao.  Me visitó y recuerdo que le dijo a mi madre: 'Si no se llevan rápido a este muchacho para Cali o Popayán, se les muere… Esa quemadura está muy infectada y puede caerle gangrena'.

Afortunadamente, mi tío Daniel, era gobernador del Cauca y pronto enviaron desde Popayán, una ambulancia que me trasladó al Hospital San José, donde empezó esta historia y fui recluido en una  habitación de pensión, después de que a punta de cepillo y jabón desgarraron la costra de pus. Al pasar los efectos de la anestesia al otro día sentí como si me hubieran garroteado por todo el cuerpo, sin poder moverme porque me dolía hasta el pelo.

Acompañado de Ana Beatríz, mi madre, permanecí por tres meses, soportando ocho inyecciones diarias de potentes antibióticos como el Kantrex  e innumerables capsulas y pastillas para el dolor, el riego de desinfectantes y la tortura durante todas las mañanas, de curaciones con pinzas, tratando las enfermeras, de agarrar sobre la carne viva, islotes de pus intentando recolonizar la herida cubriendo la quinta parte del cuerpo, causándome torturantes dolores y profusas hemorragias cuando rozaban alguna vena o arteria que estaban a la vista; además de las sesiones de fisioterapia, para desgarrar tejidos de incipiente piel, cicatrizando encogidos, al adoptar  en la cama una posición lateral, que me atenuaba el dolor. Entonces  medía un metro y veinte centímetros

Recuerdo que pasado el mes de mi permanencia en el hospital hubo un terremoto, que hizo mayores daños en el centro del país; pero que en Popayán fue suficiente para que tumbara el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, que habían colocado encima de la cabecera, sobre el ‘iglú’ de varillas de hierro instalado sobre mi cama para extender las cobijas y evitar que las pelusas de lana, se adhirieran a la piel viva.

Cuando a los tres meses, fui dado de alta del hospital, las heridas seguían en piel viva y fui acogido en la casa de mis padrinos Roberto Ante Mosquera y mi tía Emma Solarte Hurtado y mis primos Diego, Ligia, Jaime y Cecilia,  quienes me acompañaron durante siete meses, tiempo que duró la cicatrización y durante el cual debí permanecer encamado, como en el barril del ‘chapulín colorado’, metido en la cueva metálica sobre la que colocaban las cobijas para que no se pegaran a la herida, acompañado por un radio transistor en el que oía las radionovelas de Kaliman, los partidos de futbol y leyendo la rica colección de Readers Digest, que desde los años treinta coleccionaba el viejo sabio de Don Roberto.  Ahí fue cuando leí numerosas crónicas y reportajes de sucesos memorables y sobre las batallas de la Segunda Guerra Mundial y otros grandes artículos, que despertaron mi interés por el periodismo y narrar historias.

Recuerdo que en agosto, cuando sólo quedaba una pequeña área sin cicatrizar, llegó a Popayán la Vuelta a Colombia. Ese día me paré de la cama, puse una gaza, sobre la herida en la parte externa del muslo, busqué la ropa y los zapatos guardados en el closet y me volé a ver la llegada de la competencia. Llevaba cerca de diez meses sin salir a la calle y en el camino sentí un leve mareo, pero al fin en medio de los estrujones, vi la llegada de la etapa, en el parque Caldas.

Lo cierto fue que cuando la herida cicatrizó del todo, me convertí en deportista consumado. Me dediqué a trotar, nadar en la piscina pública de Quilichao, y aunque la piel nueva era  gruesa e irregular, no resistía el dolor de los balonazos en el abdomen. Aún así  volví a jugar fútbol, me vinculé al equipo de baloncesto y físicamente superé las secuelas de la quemadura.

De recuerdo eterno, hasta que me cremen, -porque me quedó gustando la candela, pero cuando no la sienta- heredé el tatuaje en alto relieve dibujado con fuego en carne viva, que más parece un mapa y que hoy envidiarían algunos de los muchachos a la moda en boga, que me tuvo acomplejado durante gran parte de la adolescencia, llevándome a extremar mi timidez con las “mujeres y las niñas bien”, e inclinándome a buscar la compañía de las meretrices, que no reparaban en tachas físicas de sus clientes.

En fin, muchas historias podría contarles sobre quemaduras con pólvora, sus circunstancias e imborrables consecuencias físicas y sicológicas; pero espero que este testimonio sirva a algunos padres de familia, para que inviertan plata destinada a quemarla, en una buena cena u otros gastos que no causen los explosivos problemas originados por el milenario invento de los chinos.

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