Opinión

Cómo matar a una rana

Por:
noviembre 18, 2013
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Se mete en una olla de agua tibia y se va calentando lentamente. En algún momento la rana va a morir cocinada pero, el calor la va a ir atolondrando despacito, y ella no va a saltar a salvarse. Pero si la meten en agua que ya está muy caliente ahí si pega el brinco.

No lo he intentado nunca y, por favor, no lo hagan ustedes. Dejémoslo en una anécdota curiosa que yo escuché una vez y que usted leyó en Internet.

La moraleja detrás de “La Rana Hervida” es que las personas somos un poco como las ranas. Uno se va acostumbrando a las cosas y no salta cuando debería/querría. Muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que pasan, pero en otras ocasiones pensamos que no hay nada que hacer, que nos va mejor si bajamos la cabeza. De pronto es más cómodo que tratar de pegar el brinco. Otras veces da miedo saltar porque uno no sabe qué hay afuera de la olla o porque, si nos estrellamos y volvemos a caer al agua el quemón de pronto es más duro y el totazo lo será sin duda.

Supongo que algo así es lo que pasa con los abusos de las empresas a los consumidores, pero también a otras situaciones, como en ese poema de Martin Niemöller, “Cuando los nazis vinieron”, en el que el personaje no reacciona cuando (quizás) le tocaba y, después ya era muy tarde. Supongo que es un poco lo que nos pasa en Colombia.

Yo ni siquiera sé en realidad si “el país” va para mejor o para peor, no tengo ni idea. He vivido en agua medio caliente, afortunadamente sin quemarme, desde que nací y entonces es parte de mi vida que sea peligroso andar hablando por celular en el centro o andar con el iPod por la 19, o tener que llamar a mis amigos o papás apenas llegue a algún lugar si me fui en taxi. Me parece tan normal como debió parecerme hace muchos años, muy chiquita, que no podía hacerme cerca de las ventanas y que estas debían siempre estar abiertas, por si ponían una bomba.

El punto es que es muy difícil saber uno a qué se acostumbra, desde los trancones de Bogotá, a la inseguridad, a andar por ahí con un poquito de miedo y desconfianza hasta, en privado, esa amistad que ya no lo es, ese trabajo que no me gusta, ese futuro definido e inescapable. Muchas veces uno simplemente va con la corriente y espera que todo salga bien.

Ahora, yo si creo que creo en el destino. Pero también creo en el azar y en que las cosas que uno quiere toca ir a buscarlas (no necesariamente a encontrarlas). No se como resolver esa contradicción. Creo que hay cosas que tienen que pasar, y cosas que no tienen que pasar, y que a muchas uno solo les halla explicación y sentido mucho después y que, de las cosas que pasan (o que no pasan) siempre hay algo que aprender. Que así como la suerte dicta mucho de lo que pase, si uno no se sienta y piensa qué es lo que hay que aprender de las cosas que pasan se van a repetir y repetir hasta que uno aprenda (si, hago yoga…). Hay que sentarse a tantear si el agua se está calentando mucho. Como en esa película viejísima, El día de la marmota, en la que un señor queda atrapado en el mismo día durante años hasta que aprende lo que tenía que aprender.

Por eso habría que esforzarse por ser menos como las ranas y no dejarse atolondrar por las cosas que van pasando, porque así son las cosas, porque de pronto será la próxima vez, de no acostumbrarse a lo que no queremos que sea.

Claro, también es que uno se siente medio rana a estas alturas del año cuando faltan todavía seis semanas para que se acabe, pero ya decoraron todo de Navidad. El ambiente es casi de apague y vámonos, de será la próxima vez, ya para qué saltar. Imagínese usted, faltan seis semanas, eso es en realidad un montón. Deberían dejar en paz a noviembre.

(Y aún si uno siente que se perdió el año o el semestre, dice Kurt Vonnegut que esas son tonterías, que los años no se pierden. Que “el tiempo perdido” no es tal, sino apenas distinto a como se planeó. Que esas son en realidad las aventuras. Claro, yo tampoco quiero siempre aventuras.)

Entonces sí, les cuento que así se matan las ranas. Pero el problema de ellas es de diseño estructural. En cambio las personas no somos ranas, nosotros a veces somos capaces de saltar.

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