Colombianadas...
Opinión

Colombianadas...

Prácticas que parecieran parroquialismo e indisciplina o, por otro lado, solidaridad mal practicada, no pueden volverse conductas consuetudinarias, ni podemos aceptar que pasen por encima de la ética social

Por:
julio 27, 2017
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A las ocho de la mañana del pasado 17 de julio, con sentimientos encontrados en un aeropuerto de Norteamérica, dejaba a un ser querido y regresaba a mi patria para la fiesta de la Independencia; debía alistar la bandera de Colombia para lucirla en la puerta de mi casa.

Sobre la sala de embarque, cerca de 250 personas en su mayoría colombianos, con alborozo hacían una larga fila para abordar el avión. Empleados de la aerolínea avisaban por altavoces que no era necesario hacer tan pronto la fila, que podían sentarse y relajarse durante veinte minutos más antes de abordar el vuelo, llamarían por zonas y en orden, dando prelación a los pasajeros con niños, mujeres embarazadas y mayores de la tercera edad o con limitaciones físicas.

Ante la advertencia, nadie se inmutó en la fila; se conversaba con algarabía; había mucha alegría.

Cuando comenzaron a llamar en el orden anunciado por la aerolínea, quienes debían abordar primero, demoraron en alcanzar la puerta del pasillo que da acceso a la puerta del avión, por la densidad inamovible de la fila.

Dentro de la aeronave algunos pasajeros llevaban maletas no permitidas y exigían con autoridad a las azafatas que buscaran espacio en la cabina; antes de encender los motores del avión, fue preciso insistirle a un pasajero que saliera del baño. Las azafatas en un español bastante entendible, pedían a quienes llevaban maletas adicionales a las permitidas en mano, que por favor cumplieran las reglas de la aerolínea. Evidentemente el vuelo tardó una hora más en partir.

Ya en El Dorado, antes que el avión se detuviera, comenzaron los pasajeros a ponerse de pie, pese a la advertencia de no hacerlo hasta que la aeronave se detuviera completamente. Una vez detenido el avión, los pasajeros que ocupaban la parte posterior de la aeronave, rápidamente intentaban acercarse a la puerta de salida del avión, hasta que un pasajero en inglés pronunció con vehemencia: “por favor espere, estoy antes que usted y me corresponde salir primero.”

Pensé entonces que esa característica no es solo de los colombianos, que seguramente sucede en otros lugares del mundo, asocié la anécdota con una feliz “colombianada”.

Acabo de leer que un par de semanas antes de esta anécdota, en un vuelo nacional cubriendo la ruta Medellín-Bogotá, los pasajeros hicieron una colecta para pagar la maleta adicional que una pasajera pretendía llevar en la cabina del avión.

 

 

La Solidaridad es uno de los valores humanos más importantes y es lo que hace una persona cuando otra necesita de su ayuda; es la colaboración que alguien puede brindar para que se pueda terminar una tarea en especial, es un sentimiento espontáneo que anima a ayudar a los demás, sin intención de recibir algo a cambio.

¿En Colombia estamos usando la solidaridad como ese compromiso moral que debe existir entre los que pueden ser capaces de ayudar, de servir constructivamente a alguien en situación de riesgo o necesidad extrema, sin atropellar la ética?

En los casos que narro: ¡No! La guachafita en el avión de Viva Colombia, independiente de cualquier crítica que mereciera la empresa, no debe entenderse como solidaridad; las reglas se hacen para respetarlas, cumplirlas y punto.

Estas prácticas que parecieran por un lado parroquialismo e indisciplina, y por el otro, solidaridad mal practicada, no pueden constituirse en conductas consuetudinarias al interior de una sociedad que debe fidelidad a la nación soñada. No podemos aceptar que este tipo de prácticas pasen por encima de las normas, ni de los principios de la ética social o pública.

Y es que al lenguaje nacional, también hemos incorporado otras colombianadas.

Veamos: a menudo, cuando nos sentamos a compartir un café y en la mesa hay azúcar o una silla disponible, alguien se acerca y expresa: ¿“me puedo robar el azúcar, me puedo robar esta silla”? en lugar de expresar: por favor ¿me facilita el azúcar?..., ¿puedo usar la silla?

Venimos usando un lenguaje cuyo significado expresa intención ventajosa o matices para eludir responsabilidades: “no nos dijeron...; yo no sabía...; ¿me perdona?” estas expresiones comunes que se ligan a la informalidad y al facilismo referido en los aeropuertos y espacios públicos, se van cincelando en la cultura de las nuevas generaciones que precisan de competencias y firmeza ética, para asumir los desafíos que implica vivir en una Colombia compleja, diversa, amada, respetada, admirada y libre.

Así como la costumbre se vuelve cultura y la mugre se convierte en delito, el respeto se vuelve convivencia y el buen lenguaje facilita la armonía.

La regla es sencilla: si yo respeto, si tú respetas, si él y ella respetan, si nosotros respetamos, si vosotros respetáis; si ellos respetan; si ustedes respetan..., pues fácil: viviremos mejor.

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