Colombia y el periodismo que fue

"Día a día vemos cómo los medios hacen todo lo posible e imposible para afianzar su papel destructivo del mismo derecho que ellos alegan y defienden a capa y espada"

Por: Fabian A. Fonseca C.
octubre 23, 2020
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Colombia y el periodismo que fue
Foto: Pixabay

Unos lo llaman el cuarto poder; otros, el poder fáctico; Foucault, el "medio del buen encauzamiento"; y Feinmann, el poder mediático. Todo lo anterior para referirse a los medios de comunicación, esa horda que ha hecho tumbar presidentes, conspirar y aliarse con las dictaduras, con las democracia, con las monarquías, con el malo y el no tan malo, y en muy pocas ocasiones con la esperanza, la imparcialidad y el verdadero oficio de la comunicación; aquella que está cada vez más sobrevalorada, que día tras día pierde credibilidad con la ciudadanía, que se desconectó de los problemas de la gente, que prefirió el negocio por encima del derecho a informar en franca lid, que oculta, malversa, interfiere, distorsiona, niega y vitupera la realidad  de la noticia. En fin, aquella que prefiere no investigar, pero sí ser el verdugo y el adalid de lo bueno, lo recto y lo justo.

Hoy en el mundo hay una crisis de medios de comunicación, del oficio del periodismo, de la legitimidad y la ética de sus acciones. Pero si esta crisis está afectando al mundo, Colombia las sobrepasa y no es una excepción a la regla. Día a día vemos cómo los medios, que se dicen llamar de comunicación, hacen todo lo posible e imposible para afianzar su papel destructivo del mismo derecho que ellos alegan y defienden a capa y espada. Cada vez más se observa un afán desmesurado, pero no por prestar un servicio, sino más bien por ser una empresa; esas que solo ven números, socios, acciones y oportunidades desde la prostitución del derecho a comunicar, pasando por encima de ese periodismo que confrontaba ideas, debatía posiciones, contrastaba pensamientos, argumentaba la noticia, y sobre todo, qué buscaba desde la investigación y la imparcialidad el quehacer de la comunicación digna y efectiva.

Todo lo anterior no es más que un mero diagnóstico a ojo de una realidad innegable, una realidad que hoy el periodismo vive y que está afectando y censurando hasta esos pocos periodistas, analistas y columnistas que llevan en alto sus labores, como Daniel Coronell, Daniel Samper, Félix de Bedout, Juan Gossaín, Yolanda Ruíz, León Valencia, Gonzalo Guillén, Ariel Ávila y María Jimena Duzán, entre otros. Periodistas que han defendido sus posiciones con argumentos, indagación, imparcialidad, y sobre todo sin ser objeto de la manipulación y el sesgo de sus casas editoriales o noticiosas, pero que sí han sido objeto y víctimas del despido, la amenaza, la advertencia y los perfilamientos o chuzadas.

Infortunadamente vemos cómo ese periodismo digno desaparece, deja de existir y de ser, y se convierte en un fue. No queda más que esperar que los pocos focos de la dignidad del periodismo sean los verdugos y la esperanza para ese periodismo que yace a sus anchas, ese que se ha encargado de negociar con el poder, ese que vendió su profesionalismo, ese que prefirió a una Salud, a una Dávila, a un Vélez, a un Morales o a una Gurisatti, que a un Garzón (Jaime). No cabe duda lo que decía en una entrevista el maestro del periodismo Juan Gossaín: lo primero que se debe enseñar en las facultades de comunicación es la ética, esa que hoy anhela la comunicación y la ciudadanía, aquella que espera no tener que corroborar el tsunami de  información que recibe diariamente, y ese que le recuerda la mala y jodida vida que tenemos. Aves de mal agüero. Busquemos que el periodismo que fue, nuevamente sea.

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