Colombia, una eterna crónica de guerra

Parece que la tarea más fructífera de los políticos a lo largo de la historia ha sido confrontar a los ciudadanos en peleas interminables hasta hoy vividas

Por: María Toro Martínez
junio 13, 2022
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Colombia, una eterna crónica de guerra
Imágenes: Archivo

Quiero hoy recordar a quienes conociendo la historia política del país, la olvidaron, cuando se dejaron cegar por una indiferencia patria que duele, que revuelve las entrañas y la vida.

Quiero también, narrársela a las nuevas generaciones que no conocen de esta historia de terror y que quizá no les importe, pero que no es más que la matriz social de donde ellos han nacido y que hoy los tiene, al igual que a sus viejos, en un estado de indefensión ciudadana y sombría esperanza.

Venimos de una historia de guerras que no fueron movidas por ideas sino por colores partidistas, esclavizados a unos gamonales políticos que desde entonces se apoderaron del país, se atornillaron en el poder heredado y que aún hoy, después de tres generaciones, siguen jugando la vida de la patria como tahúres curtidos, sin moral ni dignidad ciudadana.

Entre 1925 y 1958, Colombia vivió  un período histórico denominado “Violencia”: confrontaciones armadas entre liberales y conservadores caracterizada por asesinatos, persecuciones, masacres, destrucción de la propiedad privada, y terrorismo por filiación política que se vio materializado en 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitan. 

El caudillo que había conquistado el corazón de este pueblo y tenía muy claro un proyecto de gobierno que prometía el logro de un país más justo, más humano pero que ponía en riesgo a la clase política dueña del poder y que sin consideración alguna decidieron exterminarlo. 

Fue así como al acabar con su vida, acabaron también con los cimientos de una nación que al igual que hoy, se levantaba contra los abusos de la clase dirigente y de las injusticias sociales incrustadas en el gobierno.

Cuando esta guerra era ya incontrolable, estos mismos partidos liberal y conservador que habían sembrado horror y muerte en los campos del país, se vieron amenazados por la posible dictadura de Rojas Pinilla quien desde el  13 de Junio de 1953 hasta el 13 de Mayo de 1957 fue Presidente de Colombia en razón al Golpe de Estado a Laureano Gómez.

En 1958 se conformó el Frente Nacional como búsqueda de una falsa paz que nunca vimos, que se repartió el poder entre liberales y conservadores y mantuvieron el control absoluto del estado durante 16 años hasta 1974, cuando finalizó el Gobierno de Misael Pastrana. 

Aquel gobierno que se dio como resultado del indigno robó a las elecciones en 1970 con la connivencia del presidente de turno y de todo el gobierno y lo más triste, de todos los habitantes de este lugar donde tenemos nuestras raíces.

Son muchos los años de guerra que hemos padecido: en 1964 se armaron las guerrillas, y así cada vez más perdidos como sociedad y como país; paramilitares que ofrecieron acabar con la guerrilla, gobiernos que se volvieron dictadores y enajenaron la libertad y el pensamiento de su pueblo bajo la mentira de una seguridad democrática que se volvió el holocausto más infame de nuestra historia.

Nos incrustaron en el corazón sentimientos de odio, descalificación del otro, ataques y amenazas a quienes piensen y opinen diferente. 

Como consecuencia: una línea del tiempo marcada por el desplazamiento forzado, la expropiación de tierras a los campesinos y en favor de los terratenientes, asesinato de líderes sociales, falsos positivos, violación a los derechos fundamentales de la población civil, etc. 

En fin, un camino de dolor, de impunidad y de abuso que hoy, en este 2022, cuando nos acercamos a la elección de un nuevo presidente aún no hemos podido solucionar y seguimos como entonces en medio de una guerra sin final que nos está sitiando la dignidad y el decoro.

Ya estamos al final de esta campaña, que ha sido más un campo de batalla donde hemos dejado el honor, el amor por nuestra tierra, el discernimiento, el equilibrio, el respeto, las buenas maneras y la hidalguía que nos dieron nuestros antepasados. 

Estamos en terreno minado de ataques, de vulgaridad, de cinismo; unos y otros hacen uso del arma poderosa de la tecnología, de las redes sociales, de los medios de comunicación para agredir, para olvidar la más elemental urbanidad que deberíamos tener en todos los momentos.

Lo que se ve es lo poco que nos importa el país; no analizamos nada, no sacamos conclusiones evidentes que amenazan nuestra democracia y estamos en un punto negro y oscuro, al borde de un precipicio sin retorno que acaba con la grandeza de esta tierra que amamos.

Con cara gano yo, con sello pierde usted: es la actitud de los irracionales que le apuestan siempre a ganar así sea en contra de la verdad, de la realidad, del deber, de la dignidad y del honor; que distorsionan los hechos para acomodarlos a sus creencias antes que transformar sus creencias para  acomodarlas a los hechos sin apasionamientos, ni polarizaciones.

Son dos lados de una misma moneda que ya está jugada y por tahúres sin escrúpulo ni respeto alguno por la honra y el destino de esta patria querida.

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