Opinión

Cinco minutos y una maleta

Por:
octubre 17, 2013
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A eso quedó reducida la vida de las víctimas más afortunadas del desplome del edificio Space, en Medellín: a lo que en cinco minutos por apartamento —y en una maleta por familia— lograron empaquetar. Acompañados por rescatistas, habitantes de las torres 1, 2, 3 y 4 pudieron entrar a las que habían sido sus viviendas hasta el sábado 12 de octubre a las ocho y veinte de la noche, hora exacta en la que los 22 pisos de la torre 6 colapsaron y de un solo batacazo sepultaron a once personas y dejaron por el piso historias, proyectos, recuerdos y haberes de cientos de damnificados.

(Una vista flycam muestra la magnitud del desastre: http://vimeo.com/76818452 La imaginación deberá añadir los escombros de la torre 5, próxima a ser demolida.)

Era un secreto a voces que en la mole de cemento que parecía una media luna, en la loma del Padre Marianito, estaban apareciendo grietas y se oían crujidos extraños, que los moradores del lugar ya estaban reportando a la constructora sin que, al parecer, esta les parara bolas. Todo es normal, se van a hacer estudios, algún arreglo, no hay motivos de alarma… Lo típico de tantas constructoras (y aseguradoras y concesionarias y demás) que hacen todo lo posible por vender y todo lo posible por no responder. Cansados de esperar una solución definitiva, enviaron comunicaciones a distintas autoridades, acudieron a los medios de comunicación y tocaron las puertas del Departamento Administrativo para la Gestión del Riesgo, Emergencias y Desastres de Medellín (Dagred), el cual reaccionó de inmediato y ordenó, el viernes 11, el desalojo de la última torre, la que mayores anomalías presentaba. Gracias a su director, Jaime Enrique Gómez —así, con nombre propio—, la tragedia que nos llena de dolor y rabia no es peor. Porque si por la constructora CDO hubiera sido…

(Estas declaraciones del ingeniero estructural de la firma, el día de la evacuación, víspera del “naufragio”: http://on.fb.me/15CBQzq le revuelven a uno el estómago. ¡No hay derecho!)

Cuando se conoció que la torre en cuestión se había venido abajo, yo estaba en la casa de unos amigos arquitectos quienes, a su vez, se habían reunido la noche anterior con un amigo suyo constructor que, enterado de la determinación del Dagred, llamó a un colega de la empresa implicada a ofrecerle ayuda. La respuesta fue que todo estaba bajo control y que el revuelo era puro escándalo mediático. Ahora, cuando nada de lo sucedido tiene reversa, el gerente dice que siempre pusieron atención a los reclamos de los vecinos de la urbanización. ¡Por favor! Si así reaccionan cuando ponen atención…, puede alguien replicar, sin necesidad de ser muy avispado. También: si esto sucede en un barrio que no es de invasión —entre 200 y 500 millones de pesos valen los apartamentos— y con una firma que no es pirata —ha construido cerca de 30.000 viviendas—, qué esperanzas.

El caso es que el coletazo que seguirá al estrellón del Space se empieza a vislumbrar, el shock inicial da paso al drama humano (económico, social, emocional) irreparable. Pero también afecta al negocio de la construcción en toda la nuez. Y ojalá así sea por el bienestar general. Porque a costa del enriquecimiento de unos pocos, la burbuja inmobiliaria, al menos en Medellín y sus alrededores, se infla y se infla como barriga de sapo frente a las narices de unas autoridades complacientes y de unos urbanizadores que levantan rascacielos en cualquier antejardín, con precios, por metro cuadrado, que alcanzan niveles casi pornográficos. Lo que no garantiza la calidad. (Marcos de ventanas y puertas deformados, desniveles en el suelo, paredes agrietadas… están entre las irregularidades que habitantes de Space habían señalado a la constructora). Debe haber muchos, entre el grupo de apostadores de la especulación inmobiliaria, que con apenas cumplir con los estándares mínimos establecidos en los procesos y materiales que el comprador no ve, consiguen satisfacer la ambición y acallar la conciencia. (Supervisar tales estándares es función de las alcaldías, recordó el Ministerio de Vivienda. ¿Y?).

No se trata de satanizar a las firmas constructoras que idóneas y confiables las tiene que haber, sino más bien de pedir su concurso para que impidan que a las laderas, los retiros de las quebradas, las zonas verdes y los espacios públicos de la ciudad los sigan violentando, poniendo en riesgo, por ahí derecho, las vidas de quienes confían en un nombre y una experiencia. Arquitectos, ingenieros, urbanistas, investigadores muy prestantes lo vienen advirtiendo, sin que encuentren eco en quienes tendrían que encontrarlo. ¿Dónde han estado la SAI, Camacol y otros gremios mientras abusos urbanísticos por montones se llevaban a cabo?, ¿cubriéndose la espalda unos a otros? ¿Dónde han estado los llamados a ponerle el tatequieto a tanta construcción descontrolada?, ¿a frenar licencias tan chanchulladas?, ¿a hacer seguimiento a las curadurías? ¿Dónde han estado los gobernantes que nunca se dieron cuenta de nada? ¿Dónde hemos estado todos nosotros, tan auténticamente conmovidos y solidarios cuando hay desastres, pero tan auténticamente amnésicos cuando, al pasar de los días, la aparente calma regresa?

No se trata, tampoco, de linchar a CDO ni a sus propietarios, sino de exigir a quienes compete investigaciones prontas y completas que determinen responsabilidades —las víctimas necesitan algo más que comunicados escuetos y un mes de arriendo, que si bien está bien, como solución es transitoria— y establezcan correctivos para que nunca vuelva a ocurrir un desastre como este. (El sábado pasado se partió en dos la historia de la construcción en Colombia). Y, eso sí, que no nos vayan a salir con que la culpa fue de la naturaleza, ya ese lavatorio de manos lo conocemos y, esta vez, sí parece que por ahí no van los tiros.

Pueda ser, y aquí termino, que los preparativos del Foro Mundial Urbano que se realizará en Medellín, en el 2014, no distraiga la atención de la alcaldía de este asunto que es urgente e importante. Para mirarnos el ombligo —somos lindos, somos educados, somos innovadores— tiempo sobra.

COPETE DE CREMA: Los héroes de las tristes jornadas, con sus días largos y sus noches frías y lluviosas: las víctimas con su entereza, los organismos de socorro con su generosidad, el vecindario con su solidaridad, los reporteros con su profesionalidad, la alcaldesa encargada con su serenidad. (Se notó, aunque no se echó en falta, la ausencia de algunos que debieron de haber estado presentes; ellos saben quiénes son).

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