Opinión

Cinco millones

Cinco millones de empleos perdidos en Colombia es una cifra catastrófica, demoledora, pavorosa. Que la gente no muera en el contagio está muy bien. Pero que sobreviva a sus efectos, he aquí la cuestión

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junio 01, 2020
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Cinco millones
Los cinco millones de puestos perdidos se cuentan en marzo. Lo de abril puede ser igual o peor. Y lo de mayo… Foto:Leonel Cordero/Las2Orillas

Tendremos que admitir interesantísima la Bundesliga. ¡Después de tanto tiempo sin fútbol!

Tendremos que admitir que estuvo sensacional el lanzamiento al espacio del Dragón norteamericano.

Y que nos traen muy preocupados los disturbios en los Estados Unidos por el asesinato miserable de Floyd.

Lo que no entendemos es la escasa importancia, casi ninguna, que le damos a la cifra de cinco millones de empleos perdidos en Colombia, comparando los meses de marzo de este año y el pasado.

Es una cifra catastrófica, demoledora, pavorosa. Cinco millones de empleos perdidos.

No tuvo el Dane cuidado, siendo tan cuidadoso su actual director, en decirnos si esos cinco millones se perdieron entre los que llamamos informales, o del rebusque si somos más precisos, o entre los empleos de empresas que no pudieron aguantar más la cuarentena. Valiera la pena saberlo. Los del rebusque la están pasando muy mal. No hay mangos para vender, ni quien los compre. Ni quien suelte alguna moneda en compensación por las monerías que se puedan hacer en un semáforo. Es terrible. La suerte de las empresas puede ser peor. Porque no se arman de un día para otro. Los empleados, las existencias, la clientela, las máquinas en funcionamiento, en fin, que empresa perdida es una calamidad difícil de reparar.

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Cinco millones de empleos pueden ser de quince a veinte millones de personas que no tienen ni para comprar el pan. Y sin horizonte a la vista

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Cinco millones de empleos pueden ser, en cálculo conservador, de quince a veinte millones de personas que no tienen para comprar el pan, ni pagar un colegio, ni un vestido ni un par de zapatos. Y sin horizonte a la vista. Porque la pandemia no da tregua, los contagiados aumentan, los muertos son más numerosos y las camas y el ventilador empiezan a faltar.

Es posible que cuando el Presidente decretó la cuarentena ya supiera de esta tragedia inmensa. O es posible que sus asesores no la tuvieran calculada. Ambas cosas serían gravísimas. Porque si este desastre estaba previsto, había que anunciarlo para intentar su manejo. O si cayó de improviso la desgracia, uno se pregunta qué de ella no podía advertirse.

Los cinco millones se cuentan en marzo. Lo de abril puede ser igual o peor. Y lo de mayo…

Cada día nos atropella con nuevas malas noticias. El cierre de Ciudad Kennedy es una desventura. Esa parte de Bogotá monta tanto como muchas ciudades intermedias de Colombia. Y quedará cerrada este lunes. Más restricciones, más desempleo, más pobreza. Y la alternativa, impensable, la suman los enfermos, desde los más graves hasta los que mueren sin piedad, atendidos o sin atender.

Nadie discute que la atención del coronavirus es inevitable, y que el precio que se pague por vidas salvadas es pequeño. Pero lo otro, ese fantasma del desempleo, de la multiplicación de la pobreza y de la locura colectiva, no puede ser menospreciado. Como tantos lo han dicho, no hace mucha diferencia morir de coronavirus o de hambre.

Nos inquieta que esta parte del problema no tenga debido tratamiento. Si lo tiene, ha guardado silencio el Gobierno de lo que planeado, en serio y a fondo para restablecer el ritmo de la economía hasta niveles soportables.

La economía no venía bien, por lenguas que se hagan los expertos por decir que enero y febrero fueron de maravilla. No es verdad. Las cosas venían mal y algunas de entre esas cosa, principalmente lo que se llama el sector externo anunciaban grandes convulsiones. Lo que es seguro es que todo vendrá peor, sin ambages ni atenuantes.

El dólar está cayendo de precio, milagro que solo pasa en Colombia y señal que anda mejor lo único que anda bien, que es  el narcotráfico. El petróleo no sube de la mitad de lo que calculó el Gobierno en sus planes de comienzos del año. Y para colmo el café se desfonda en Nueva York y de las empresas pequeñas y medianas no se tiene noticia, ni grande ni pequeña. Pronto sabremos de qué tamaño es la bancarrota.

Ya sabemos que el endeudamiento público ha crecido a niveles de vértigo, obra iniciada, como tantas, por Juan Manuel Santos. Pero vamos para el 60 % del PIB en la deuda externa del gobierno central. ¿Cuánto costará servirla? Y vamos para un déficit fiscal monumental y para una caída del PIB que puede parecerse a un 10 % de su valor. Y como ave mensajera de estas muy malas noticia, el Dane nos habla del 20 % de desempleo.

Por supuesto que no hay que bajar la guardia. Pero el Gobierno del Presidente Duque tiene el inmenso desafío de conducir la Nación por este mal de incertidumbres, de penurias, de convulsiones sociales. Vencer el Virus es la primera de imprescindibles tareas. Pero no la única ni la mayor. Que la gente no se muera en el contagio, está muy bien. Pero que sobreviva a los efectos del contagio, he aquí la cuestión como dijera Shakespeare.

Que la gente no se muera en el contagio, está muy bien. Pero que sobreviva a los efectos del contagio, he aquí la cuestión.

 

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