Opinión

Cinco micros mientras llega el bus

Los poetas locos – Cositas – Mi buen amigo Justo - ¿Algo más? - ¿Para qué más?

Por:
noviembre 11, 2018
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Los poetas locos

 

Don Mauro se levantó agitado y todo tiene su razón de ser: Visitar a su amigo Antonio quien lleva ingresado en el manicomio desde hace un mes. A Antonio se le veía decaído y triste, y así se lo hizo saber a don Mauro, quien hizo todo tipo de gracias para animarlo. Se cumplió la media hora de visita y se llevaron a Antonio a terapia con choques. Don Mauro se quedó en la salita mirando cuadros y obedeció a una enfermera para que lo acompañara. Entró a una habitación en la que no demoró en hacer amistad con uno de los tipos más locos de la historia y quien se creía Amstrong, el astronauta de la luna. Don Mauro le oyó locuras acerca de los cráteres lunares mientras él le habló de la importancia de los versos concatenados y charlaron largo y tendido como por una hora y como si fueran grandes amigos de siempre. Todo bien hasta que llegó una enfermera con una bandeja y varias pastillas y a metérselas en la boca y el tal don Mauro a contarle que está de visita de un amigo y que no se va a tomar ninguna pastilla y la enfermera que llama a dos tipos mastodontes que lo ingresan en una jaula inyectándole quién sabe qué cosas y el Mauro gritando otra vez que está de visita y que él es poeta. -Es que es lo que yo he dicho siempre, le dice un enfermero al otro después de cerrar la puerta, a los poetas locos es mejor meterles la dosis doblada.

 

 Cositas

 

El lunar que tiene la pecosa Santos encimita de sus pechos parece que es como de morirse, eso comentan a la hora del tinto y en corrillos en la veeduría, y según afirma Rodolfo “el flaco” Angarita, quien se lo ha visto al detalle, a milímetros, dice él con sus poses, es como si hubiera sido pintado por el mismísimo Davinci, o mejor aún, por las manos de Botero. Como si le hubiese puesto una uva a uno de sus duraznos.

 

Mi buen amigo Justo

 

Hoy sábado llegó mi amigo Justo, el arquitecto, a joder la vida. Timbre y timbre a la puerta de mi casa a las tres de la mañana y a echarse aplausos de su gran hazaña. Que lo han nombrado vicepresidente, que cómo la veo, y yo que qué bueno, viejo, te felicito, y el tipo a meterse en mi fiesta como sea y a tirarle los tejos a cuanta vieja hubiera. Soy vicepresidente, decía para presentarse y ellas caían como gorriones.

 

Algo más

 

Cuando el jefe lo invitó al piso 13 para conocerle y celebrar su nombramiento, no supo decir NO al puro esos de La Habana que le ofreció. ¿Otro coñaquito?, y dijo que si. Y con el mareo acompañó al jefe a los garajes, y sin entender mucho se metió en su vehículo y acabó en un burdel cerca del aeropuerto. No supo decirle que NO al día siguiente para repetir lo mismo y al tercer día su mujer se había ido donde la mamá con los niños.

 

Y hablando de …

Y hablando de quintos, pues aquí va el quinto

 

¿Para qué más?

 

Graham Perico Os, compañero de estudios jurisprudenciales allá en la Universidad de los Andes, en Bogotá, de eso hace ya siglos, me cuenta en un extenso correo que dejó el derecho, que eso no da money money, y que a cambio se ha dedicado a hacer bisnes, y por eso se ha metido en el mundo del espionaje, y que está forrado, nadando en plata, me dice, vigilando amantes perpetuas desde su vehículo, divinamente sentado, comiendo buenísimos sánduches de jamón y queso con tomatico fresco que le prepara la mujer y devengando algo más de 40 dólares por hora. ¿Para qué más?, finaliza su carta, a lo cual yo le doy toda la razón, ¿para qué más?, aunque yo pediría 45 por si caen, que la gente con cuernos es bien generosa. Le pedí que me enseñe a espiar, pero no quiere, que me hace falta chispa de investigador, dice él, olfato, lo define, que le acompañe más bien en sus jornadas detectivescas por 3 dólares. ¿Para qué más?, me dije yo, y acepté. Ya le pediré que me redondee a 5 cualquier día de estos. Bueno, el punto es que ya se ha vuelto loco, mi buen amigo Graham, que está de psiquiatra, ya que me pone a mi a vigilar la puerta por donde entró el amor y él se la pasa en el asiento de atrás analizando los dibujitos de la aspiradora de su casa, los planos del televisor, la guía de la caja de fusibles de su propio vehículo, los despliega sobre el asiento y dice sin dudar que todos son planos manipulados por los talibanes y que esconden bombas escondidas en medio mundo. Él ya ha desactivado cuatro, me dice. Vaya uno a saber.

 

 

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