Opinión

Cheques simbólicos y cuentas virtuales por pagar

El único que no admite ni recortes presupuestales ni cheques simbólicos es el vicepresidente Vargas Lleras

Por:
agosto 17, 2015
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La política es el arte de conquistar y mantener el poder así toque hacerlo con cheques simbólicos y la firma a granel de vales con promesas de obras y acciones por realizar en un futuro incierto. Tal es el estilo de gobierno del presidente Santos al cual los colombianos nos hemos ido acostumbrando. Y todo por la paz.

Haciendo gala de su condición de buen tallador, el presidente gira cuantiosos cheques simbólicos en dinero y en especie. Sin temblarle la mano en el mes de mayo  giró un cheque simbólico, abierto y sin fecha de cobro, por valor de 9 billones a favor de Gustavo Petro.

El presidente también gira duro para la niña de sus ojos: hacer de Colombia la más educada de América Latina. Con la ministra Gina firmaron el pasado 4 de agosto un cheque simbólico por 2,3 millones de estudiantes disfrutando de las bondades de la jornada única.

Cuando no gira un cheque ante las cámaras de televisión, gira una letra de compromiso como la que firmó con su ministro del Interior, Juan Fernando Cristo para construir 281 Centros de Educación Ciudadana en los municipios más afectados por el conflicto.

Los desempleados no se han quedado por fuera. También recibieron su cheque simbólico. En palabras del ministro Lucho Garzón: “la paz laboral que vivimos nos da autoridad para demandar que la paz se extienda y se concrete en todos los demás sectores y escenarios de Colombia. Si lo logramos, tendrá fondos de sobra el cheque que firmaremos hoy con el presidente Santos, a manera de compromiso: 2 millones de empleos.

El estilo de gobernar del presidente Santos mezcla creadoramente la recapitulación de sus promesas electorales con la urgencia de revertir las pobres resultados de favorabilidad y apoyo de las más recientes encuestas de opinión. Es un estilo económico y ágil que no requiere de dilatados procesos de aprobación en tediosas reuniones del Conpes, ni autorización del Ministerio de Hacienda, ni de la Tesorería General de la Nación. Basta un arranque de entusiasmo presidencial para seguir en el empeño de prometer lo humano y lo divino, mientras pasa la indeseada época de las “vacas flacas”.

Puede haber algo de simulación en esta manera de gobernar, pero es lo único que puede hacer para paliar el mal momento. La situación fiscal y el horizonte mediato de la economía no dan para otra cosa: recorte presupuestal de 6 billones, brusca caída de las exportaciones, fatídica caída de los precios del petróleo por debajo de los 50 dólares, caída en un 42 % de las utilidades de Ecopetrol, la caja mayor de todos los gobiernos. Pronóstico pesimista del Banco de la República de un crecimiento de 3,5 del PIB para el presente año.

Los recortes presupuestales se han hecho en todos los frentes: Para 2016, los grandes perdedores serán el sector agropecuario (-38 %), minas y energía (-19,5 %) y Ambiente (18,9 %) frente a 2015.

La ciencia y tecnología verán reducido su presupuesto de 337.000 millones a 270.000 millones de pesos para el próximo año. El deporte que tantas medallas de oro y “plata” le ha dado al país, también fue objeto de reducción es sus magros presupuestos.

El único que no admite ni recortes presupuestales ni cheques simbólicos es el vicepresidente Germán Vargas Lleras, ni los programas que se realizan bajo su férrea y dura mano. Los recursos para cumplir con su meta de construir  las vías que el país necesita y que lo catapultarán y conducirán a una eventual Presidencia de la República son sagrados. No admiten acuerdos o chequenes simbólicos.  Vargas Lleras exige cheques de gerencia, de cobro inmediato, contantes y sonantes. Y lo logra. Cada vez que el ministro de Hacienda se muestra reticente a girar los dineros pactados para su cartera  Vargas Lleras lo “encuella” (simbólicamente) y al mejor estilo uribista se deja venir  con un alud de trinos francos y directos reclamando su platica. Con lo cual se confirma que la regla de gobierno de Santos tiene también su excepción.

La velocidad con que se giran los cheques simbólicos y los compromisos por cumplir es inversamente proporcional al tiempo que los colombianos debemos esperar para hacerlos efectivos. Unos se podrán hacer efectivos en el 2018 y otros corren el riesgo de pagarse solo en las calendas griegas.

Quien ose cobrar los cheques del presiente Santos corre el riesgo de que se lo devuelvan por fondos insuficientes o fecha de pago incorrecta. Ya le ocurrió al alcalde Gustavo Petro quien el pasado 6 agosto, en la celebración el Día de Bogotá, tuvo la osadía de pedirle al presidente que hiciera efectivo el cheque hiciera efectivo el cheque de 9 billones que le prometió y entregó en acto simbólico y público, con el propósito  de acelerar la contratación del metro de Bogotá, que impacientemente Petro quiere dejar finiquitado antes de su salida de la alcaldía. Un silencio sepulcral fue la respuesta contundente de Santos.

En medio de las dificultades, las afujías de la economía y su particular forma de enfrentarlas, el presidente  Santos tiene a su haber como capital de trabajo el logro de la paz. En buena medida su éxito como presidente reelecto radicó en el cheque en blanco que le giramos la mayoría de los colombianos para convertir en realidad el más grande de nuestros anhelos. Por eso aceptamos entre resignados y esperanzados que siga girando cheques simbólicos y vales cargados de promesas con tal de que el logro de la paz sea efectivo y en efectivo.

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