Casas malditas en Colombia

Un hotel de suicidas en el Salto de Tequedama, la casa de torturas de los paramilitares en La Gabarra,  una sede nazi en Cúcuta, lugares donde los fantasmas, el miedo y el dolor siguen vivos.

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septiembre 01, 2014
Casas malditas en Colombia

Tocamos la puerta una y otra vez. Son las diez de la mañana y no hay un solo espacio para la sombra. De las calles destapadas de Puente Barco emerge el vapor de un implacable sauna. Es el kilómetro 60 y esta carretera conduce a la selva, a la nada. Hace 15 años los paramilitares irrumpieron en el Catatumbo y escogieron montar su cuartel general en la casa de los Restrepo, ubicada al lado de lo que alguna vez fue una estación de policía. Hoy la maleza y la humedad amenazan con carcomerlo todo.

Ya nos vamos a volver a montar al campero cuando un hombre de mirada perdida y despoblada sonrisa abre la puerta.  Las paredes se están descascarando y podemos comprobar que el esqueleto de la casa es de cañabrava y bahareque. Las que aún logran conservar el pañete llevan consigo nombres  pintados en aerosol como Maryunki o Diveana y que aún quedan indelebles como un testimonio de las fiestas que hacían los paramilitares en esta amplia, opresiva y perpetuamente oscura casa “Las prostitutas estaban acá todo el tiempo. La música atronadora no dejaban escuchar los gritos, las súplicas” cuenta el corregidor de La Gabarra, corregimiento ubicado a escasos tres kilómetros de Puente Barco. Desde acá salían, como ángeles de la muerte, los miembros de la AUC a llevarse todo lo que pudieran en la camioneta verde a la que bautizaron La última lágrima: todo aquel que se subiera en ella nunca más volvería a ver la luz del sol.

La camioneta casi siempre cumplía con una rutina. Es de noche y la fiesta se ha acabado. El embale de la coca no deja dormir a nadie. Un par de guerreros se suben al auto y en menos de cinco minutos, después de pasar el batallón y el puente bañado por el río Catatumbo, están en las calles de La Gabarra. Todo aquel que viole el toque de queda es un insurgente en potencia. Lo suben al auto. A veces pescaban a uno, a veces a nadie y otras veces la camioneta llegaba atesta de gente; la pesca había sido generosa.

En la patio de la casa de los Restrepo,  Omega, el comandante a cargo del lugar, mandó a construir dos celdas muy estrechas. Entro a una de ellas, se ven las uñas marcadas en el concreto, mensajes escritos en la piedra en donde se deja constancia de que la esperanza es lo último que se pierde. “Dios es amor” o “Te amo mi hermosa” son algunos de los mensajes que aún hoy, quince años después del error, el tiempo no ha podido borrar.

En las paredes del estrecho cuarto en donde apilaban a las personas está el nombre del comandante Omega y en medio de él las letras de las victimas que grababan en su desesperación en la pared en La Gabarra

En las paredes del estrecho cuarto en donde apilaban a las personas está el nombre del comandante Omega y en medio de él las letras de las victimas que grababan en su desesperación en la pared en La Gabarra

 

 

 

El ahora dueño de la casa nos acompaña con su risa perpetua y su mirada extraviada. Lleva dos noches sin dormir. Los gritos que salen de las celdas son cada vez más nítidos “A veces uno siente que por la casa trotan dos perros, desde el toldillo vi una vez la sombra de uno. Es grande y negro y tiene la lengua roja”. Conté cuatro niños  viviendo en la casa. Dos estaban durmiendo y los otros dos estaban en una mecedora en el patio, sucios y silenciosos, sumergidos en sus pensamientos. Les pregunto cómo están pero no obtengo respuesta. Se quedan mirando las celdas, las cabillas como les dice su padre. En una noche de juerga podían estar hasta ocho personas aprisionadas entre sus estrechos veinte metros cuadrados. Los paramilitares hacían una hoguera afuera de la celda para que se calentara más. Pusieron unas ganzúas en el techo que aún hoy se ven, alias “El negro” acostumbraba a subir a las personas allí y engarzarlas del cuello, como si fueran sólo un pedazo de un jamón gigante y todavía vivas, suplicantes y sedientas podían ver ellas mismas como las desmembraban a punta de motosierra. “Camilo”, el comandante supremo del Catatumbo asistía a estas orgías de sangre y con su silencio cómplice aprobaba la barbarie.

El corregidor mira el suelo del patio y dice “Quien sabe cuánta gente está enterrada ahí pero acá murieron en los cuatro años que estuvieron acá más de 150 personas”. Como testimonio de eso quedaron las huellas que deja el tiempo. Los susurros, las sombras que se mueven, el desasosiego que se siente al estar allí. El hombre nos acompaña hasta la puerta, es mediodía y su esposa sigue durmiendo “Nosotros aprovechamos el día para dormir, de noche los quejidos y los perros negros no dejan dormir a nadie. Los niños son los que más sufren” Ellos ya se han levantado de sus mecedoras y nos miran en silencio. Nos montamos al campero y miro la casa que alguna vez perteneció a los Restrepo, la puerta está cerrada, las sombras ya se han vuelto a meter en ella.

 

Este hotel en el Salto de Tequendama se volvió el lugar de los suicidas como si el abismo los invitara a lanzarse

Este hotel en el Salto de Tequendama se volvió el lugar de los suicidas como si el abismo los invitara a lanzarse

 

En los años veinte esta imponente construcción  enclavada en medio de la montaña era un hotel de lujo en donde se daban cita las personalidades más importantes de la vida bogotana. Desde su construcción tenía un aura romántica que seducida y atraía. En su terraza se ve como ese gigante de agua de 174 metros golpea a  perpetuidad las piedras. Pero acá no sólo se quedaba la alta sociedad capitalina en busca de un poco de aventuras y prensa sino que también se hospedaron los suicidas que atormentados por la lectura de El triunfo de la muerte de Gabrielle D’ Annunzio decidían recorrer unos metros, ubicarse al lado de la cascada y saltar al vacío.

El sótano es lúgubre y el golpeteo del agua contra las piedras apenas se escucha, la razón de este silencio es que el ingeniero Pablo de la Cruz, autor del diseño del hotel, cimentó con piedras los pisos subterráneos de la construcción aislando el ensordecedor sonido del agua. Desde el sótano se nota la poderosa acústica que tiene el sitio, si das un paso en el piso de madera el eco se expande como una pequeña bomba.

Los cuidanderos que se hicieron cargo del sitio en las décadas pasadas no duraban mucho tiempo. Los atemorizados habitantes de la vereda San Francisco cuentan que de noche un hombre sin cabeza camina por el lugar. Ellos lo ven  mirando la cascada desde la terraza o entre sus ventanas republicanas.  Ahora la han reformado y es un museo, pero hace diez años conservaba su encanto gótico, su ambiente opresivo y sus paredes susurraban desoladas frases que invitaban irrevocablemente a la tristeza y la zozobra: el que se quedara una noche allí se despertaba en medio de las pesadillas, la tristeza y el desánimo. La casa quita las fuerzas, la alegría y las ganas de vivir. Es por eso que conseguir un celador para que cuidara del sitio era prácticamente imposible: todos salían corriendo aunque ninguno vio al hombre sin cabeza.

Hoy es un museo y la casa, a pesar del mal gusto con el que fue remodelado, sigue conservando su belleza. Los ruidos, sombras y suspiros de suicidas enamorados siguen ambientando las plateadas noches de luna llena en donde, al lado de la cascada, todavía podemos ver a suicidas centenarios haciendo, por enésima vez, su salto mortal.

En pleno centro de Cúcuta en medio de la arquitectura abrupta y las calles mal trazadas, en una esquina del tradicional barrio El Páramo está un hermoso palacete azul en ruinas. Toco el timbre y para mi asombro aún funciona. Se escuchan perros y pisadas. Un hombre rubio me abre la puerta. La sala es amplia, luminosa.  El piso se están hundiendo y las paredes son altas y tienen  suntuosos arcos. Las habitaciones son estrechas y sucias, hay pedazos de escombros por todas partes. El techo se está agrietando y a medida que subimos los cinco pisos que tiene la casa el abandono es cada vez más notorio. Hay una biblioteca completamente oxidada en idiomas inimaginables y los discos de música clásica lucen desnudos sobre el viejo mármol, retorcidos y chamuscados.” Al abuelo Egon le gustaba esa música, sobre todo la ópera” , me dice su nieto al que la idea de que la casa sea declarada monumento municipal le da la esperanza para continuar viviendo. Desde la terraza se puede ver todo Cúcuta y el magnífico techo gótico. Una gárgola descuartizada por el tiempo nos mira con sus ojos feroces desde la eternidad.

Volvemos a bajar a la sala principal por escaleras improbables, enredadas, como si fueran parte de un cuadro de Escher. El hombre me muestra las fotos de Egon Bernhard, su abuelo, el que hizo esta casa a su gusto. En los negros álbumes está un señor obeso y serio en reuniones en la Alemania de los 30. Las paredes están decoradas con svásticas mientras su orgulloso nieto me cuenta quienes son los duques, condesas y ministros que lo acompañan. Hay fotos de paradas militares de la época y el hombre incluso me muestra un pequeño prendedor con el águila imperial del Reich aferrando entre sus garras de bronce una diminuta cruz gamada.

Tengo en mis manos el pasaporte de Egon. A la Colombia de Laureano Gómez entró 45 veces en 1937. En 1941 se asienta definitivamente en Cúcuta después de que esta casa estuviera terminada. El nieto aún conserva las listas con nombres de alemanes que vivían en Colombia y que su abuelo reunía en una finca en Fusagasugá. Me muestra una primera edición de Mi Lucha en alemán y firmada por Hitler. Sus ojos se le iluminan cuando le digo que cualquier coleccionista podía dar una fortuna por ese libro.

En la casa nunca espantaron hasta que encontraron al abuelo muerto de un disparo en la cabeza en 1987. Nadie supo quién lo mató pero se dieron cuenta del asesinato siete días después, cuando el cadáver ya estaba podrido. Desde entonces él ha tenido que convivir con la presencia de una niña que aparece en los pisos superiores. Ella se queja todo el tiempo y él cree que si le deja tazoncitos de agua en la noche puede mitigar el dolor “Yo siento que tiene sed y por eso viene a atormentarnos. A veces funciona, otras veces se pone rebelde” Y la niña va a buscarlo al cuarto y él tiene que ver cómo, con sus pasos lentos y su mirada oculta por una sombra perpetua, se acerca hasta su cama y después desaparece entre la oscuridad de la noche.

El hombre afirma que todavía le da miedo la madrugada.

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