Opinión

Candidaturas y ciudadanías responsables

La democracia no se defiende sola: se cuida con ciudadanía crítica y responsable.

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enero 30, 2026
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En Colombia estamos a las puertas de una nueva renovación de la alta dirección del Estado: se elige Congreso y se disputa la Presidencia de la República para los próximos cuatro años, a partir del 7 de agosto. No sorprende, entonces, el panorama actual: miles de aspirantes al Congreso, centenares de listas partidarias y varias decenas de candidatos y candidatas que buscan dirigir el país.

El dispositivo electoral está plenamente activado. Hay diversidad, competencia y movimiento. En apariencia, la democracia goza de buena salud y ofrece opciones para elegir, aun con los problemas estructurales que arrastra nuestro sistema político. Sin embargo, más allá del ruido electoral, la experiencia cotidiana revela riesgos serios que amenazan el sentido mismo de la representación democrática. Al menos tres asuntos preocupan.

Primero, las elecciones corren el riesgo de convertirse en un ritual político vacío de contenido democrático. Muchas campañas, inscritas en una emocionalidad crecientemente instrumentalizada - donde se gestionan miedos, expectativas e ideales difusos -, operan como dispositivos de intensificación afectiva sin deliberación ni reflexividad. Se erosiona así el principio de realidad y se instala una lógica facilista que promete soluciones inmediatas, simplificadas e incluso imaginarias frente a problemas complejos que exigen juicio, responsabilidad y debate colectivo. En casi todos los sectores - con contadas excepciones -, abundan las frases de cajón, la repetición sin análisis y la ausencia de propuestas serias.
¿Qué tipo de ciudadanía están produciendo hoy las elecciones? ¿Cómo se supera esta afrenta a la inteligencia social?

En casi todos los sectores abundan las frases de cajón, la repetición sin análisis y la ausencia de propuestas serias

Segundo, persiste y se naturaliza una práctica profundamente nociva: la constricción del voto. Sigue siendo común escuchar y ver cómo se presiona a ciudadanos para votar por “candidatos amigos” de algún agente político que condiciona contratos, puestos o favores a listas de votantes. El Estado, en distintos niveles, continúa siendo tratado como botín por redes clientelares de toda índole. Resuena con fuerza la lógica de los listados, las reuniones para “indicar” por quién votar, el intercambio de favores por sufragios. ¿Qué papel juegan aquí los liderazgos y los partidos? ¿Por qué los mecanismos institucionales de control no actúan con mayor eficacia? ¿Cuánto puede soportar una democracia sin degradarse?

Tercero, un problema histórico que no se logra erradicar: la interferencia de las violencias armadas en los procesos electorales. El mapa de riesgos señala cerca de 200 municipios donde las condiciones para votar libremente son precarias. Todo indica que, como en elecciones anteriores, la jornada se realizará, pero bajo el tutelaje de armas ilegales sobre la voluntad de los votantes. ¿Qué puede esperarse para la libertad política en las zonas más desprotegidas del Estado? ¿Qué acciones reales se están desplegando para proteger la democracia amenazada?

Aun en este escenario, no todo está perdido. Recordar principios básicos sigue siendo un acto político: el voto es personal, es libre, es programático y no se vende. Ninguna de estas distorsiones anula por completo la posibilidad de renovar las estructuras políticas si la ciudadanía asume su responsabilidad. Elegir con criterio implica evitar a los incapaces, a los corruptos y a quienes no piensan ni actúan en función del cuidado de los bienes comunes y de lo público. La democracia no se agota en las urnas, pero tampoco sobrevive sin ciudadanos responsables, dispuestos a defenderla y mejorarla cada día.

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