Camila: el romance guerrillero de Jesús Santrich

Se conocieron en las Farc y es la mamá de uno de sus hijos. Su vida la resume en este capítulo del libro Las batallas perdidas de Santrich

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Septiembre 12, 2018
Camila: el romance guerrillero de Jesús Santrich

–¿Eres Camila?

–Era –dice.

Tiene 45 años, el rostro empolvado, labial rojo oscuro, pelo crespo que le llega a la mitad de la espalda y tacones altos. Al verla así, con ese porte y esa apariencia que cuida hasta cuando bebe sorbos de agua, jamás se pensaría que cargó un fusil en las montañas, que vistió camuflado gue­rrillero, que estuvo en la cárcel y que fue la segunda mujer de Jesús Santrich y la madre de su hijo menor.

Nos encontramos en un centro comercial de una ciu­dad costera que pidió no mencionar para evitar el chismo­rreo o la venganza de los enemigos. Tampoco aceptó hacer la entrevista en su apartamento para no incomodar a su actual esposo, con el que lleva seis años. Ya es suficiente para el señor tener que ver a la expareja de su mujer en la prensa y en la televisión como para tener que escuchar los detalles del amorío guerrillero en su propio hogar.

Nos sentamos en la plazoleta de comidas. Ella pide agua, y su hijo, que la acompaña, un emparedado con gaseo­sa. Mientras afuera los habitantes huyen del viento abrasa­dor que no refresca sino que sofoca, la exnovia de Santrich parece recién bañada, perfumada y sin gotas de sudor. Trabaja como ejecutiva en una multinacional donde no co­nocen su pasado ni lo sospechan.

Ella nació en un pueblo en el norte del país donde la guerrilla impartía la autoridad y creaba las leyes. En el co­legio conoció a los primeros milicianos y con ellos aprendió la utopía comunista. A principios de los años noventa se marchó a la capital del departamento para continuar sus estudios universitarios, y al mismo tiempo se encargaba de convencer y reclutar compañeros de la academia. Duran­te su trabajo en la ciudad fue una de las líderes del lanza­miento del Frente 41 de las Farc.

Al principio, con la fiebre revolucionaria, ponía vallas y pintaba grafitis hasta que fue detenida bajo el cargo de daño en bien ajeno. Permaneció veinte días en una celda. Ese fue su primer arresto.

«Cuídese que la vamos a estar vigilando», le advirtió un policía. Consciente de que no podía estar exhibiéndose como militante en una época en que mataban ideólogos de la izquierda, justo en los años del exterminio de los miem­bros de la Unión Patriótica, decidió ser más cautelosa.

Por una familiar se enteró de que una camioneta negra estacionaba todos los días en la esquina de su apartamento y permanecía allí horas enteras pendiente de su ventana. Caviló… «¿Me voy al exterior? ¿Me retiro del movimiento? ¿Me enlisto en las filas guerrilleras?» Mandó un mensaje a la selva: «Voy para allá».

Antes de partir fue a la casa de su infancia para despe­dirse. Su madre estaba sola, el padre se había marchado y regresaba hasta la noche. La madre se arrodilló, le suplicó que no se fuera, «Hija, no estás acostumbrada a esa vida, te van a matar, te voy a perder». No valieron los ruegos, se dijeron adiós. El recuerdo le inunda los ojos de lágrimas que limpia rápido para no llamar la atención de las familias sentadas en las mesas aledañas, algunas conocidas por ella.

–Yo me fui porque estaba convencida de mi ideología, te juro que era mi gran amor, pero luego llegó este hom­brecito a cambiarlo todo –mira a su hijo y le hace un mimo en una mejilla–. Todos creen que los guerrilleros se enlis­tan porque son pobres o con problemas en la casa, pero yo no tenía dificultades económicas y mis padres me consen­tían muchísimo.

En 1994, la universitaria, que apenas conocía de ejerci­cio físico en el gimnasio y acudía periódicamente a la pe­luquería para teñir sus crespos, alistó maleta y se adentró en el monte, sola y sin guías. Tras una travesía de dos días llegó al Frente 19 de las Farc comandado por Simón Trini­dad, Solis Almeida y Jesús Santrich. Tras la bienvenida le preguntaron por su nombre de guerra, «Camila, en honor a Camilo, un camarada asesinado», dijo ella.

–El cambio fue duro, mi mamá tenía razón, yo no estaba acostumbrada a comer una vez al día, a servirme platos sin carne, a cargar durante horas un morral de más de veinte kilos y un fusil. Yo lloraba y me veía mis pobres pies ampollados. Aparte de eso, las otras mujeres, al prin­cipio, me tenían envidia y comentaban: «¿Por qué a esa le dan computador y la tratan como a una reina?». Yo me gané el computador por mi nivel académico. Yo era una mujer preparada, ellas no.

Luego de las largas caminatas en medio de la selva, Je­sús Santrich se sentaba a su lado y le decía: «Dale, mi vida, lo vas a lograr, tú eres una berraca», y le secaba el sudor y las lágrimas. También le entonaba canciones de su propia invención acompañadas de flauta o dulzaina, algunas de­dicadas a Manuel Marulanda, a la Revolución Cubana, y otras eran de amor, dirigidas a ella, a esa «mujer de los ca­bellos de mazorca madura», como le decía Santrich en los primeros días de coquetería. No sabe que antes le dedicaba las mismas canciones a su primera mujer y la llamaba de forma parecida.

Después vinieron los poemas en lengua arhuaca y las comparaciones con diosas indígenas hermosas y guerre­ras. Camila, que nada sabía de los dialectos de las tribus nativas de la Sierra Nevada de Santa Marta, lo miraba y sonreía. Cuando por orden de los superiores debían es­tar distanciados, él le enviaba cartas con compañeros de mucha confianza, y ella le entregaba las respuestas a esos mensajeros que surcaban las montañas para entregar los escritos.

En los tiempos en que el hombre aún veía, contempla­ba el cuerpo de su mujer y lo plasmaba en lienzos. Fueron decenas las pinturas de la cara de Camila, de sus manos de citadina, de sus crespos color mazorca, de sus labios gruesos. Todos los cuadros se perdieron con el despecho y el tiempo.

«Bueno, conmigo la cosa es seria, somos novios o nada», le advirtió ella. Él le respondió: «Claro que sí, por supuesto mi reina, lo que tú quieras». Como si la organi­zación guerrillera fuera una gran familia donde los bue­nos hijos piden la mano a los padres, la pareja acudió a la dirección de las Farc para que autorizara el noviazgo. Los directivos hicieron una especie de estudio de riesgos: ana­lizaron los antecedentes amorosos de cada uno, las faltas y sanciones en el periodo de insurgencia y las labores dentro del movimiento.

Durante el tiempo de evaluación los dos se sintieron tranquilos, ella había ingresado hacía un mes y sus proble­mas no iban más allá de meras disputas con sus compañeras. Por el lado de él, no había tenido novias ni tantos amoríos como para que lo consideraran un picaflor o un promiscuo. Tampoco había tenido riñas, escándalos o faltas de disciplina. Con los requisitos aprobados, se les concedió la bendición para unir caletas y dormir juntos.

Cuando una pareja comenzaba el idilio y el cuerpo re­clamaba el lecho del otro, no existía la posibilidad del gateo nocturno ni una búsqueda en la penumbra porque el que lo hiciera se arriesgaba a ganarse un tiro en la cabeza. El guardia de turno, al creer que un animal grande o el ene­migo había entrado, podía llenarse de miedo y disparar. Para evitar que los guerrilleros murieran en la búsqueda de sexo, los enamorados debían anunciar a sus superiores, durante el día, la intención de compartir la caleta.

A veces los permisos eran negados cuando uno de los enamorados tenía fama de haber dormido con medio cam­pamento. La prohibición no se daba por mojigatería sino para prevenir el contagio de enfermedades venéreas. Ya sabían por experiencia en otros frentes que el Ejército in­filtraba en las filas de las Farc a señoritas enfermas, que habían trabajado como prostitutas, para que propagaran su mal entre los milicianos. Según Camila, además de evi­tar la promiscuidad, cada dos meses la guerrillerada era sometida a pruebas de VIH, sífilis, gonorrea y herpes.

Por el pensamiento fariano de que la prioridad era la revolución, y el amor venía después, los novios abandona­ban los gestos amorosos en público y se trataban de com­pañeros o camaradas. Camila, acostumbrada a los amores de ciudad con la libertad de besar y abrazar a su enamo­rado, le decía a Santrich «mi vida, mi cielo», y él «mi pre­ciosa, mi reina, mi hermosa». Ante la zalamería, impropia en las montañas, Simón Trinidad le pedía en privado que se guardara las muestras de afecto: «Pero si él es mi amor, ¿qué hay de malo con decirlo?», le respondía ella.

Parecía una relación escolar con derecho al sexo noc­turno, un sexo silencioso y ahogado para no incomodar a los durmientes de las caletas vecinas, separadas entre sí tan solo por lonas y madera. Cualquier ruido de placer o la más mínima discusión eran de conocimiento público. No existía la privacidad en las relaciones, todos se enteraban de la evolución y el fracaso.

Camila y Santrich discutían casi con lenguaje de señas. Durante las peleas maritales apenas susurraban los recla­mos sin la posibilidad de una cantaleta, explotar de ira o llorar. Bien sabían que los alegatos acarreaban sanciones como abrir trochas, surcos para los sanitarios silvestres, pelar bultos de papa, plátano o yuca, o llevar recados a otros frentes ubicados a horas de distancia a pie. Si los es­cándalos continuaban como un sirirí perturbador para el campamento, los milicianos votaban para pedir el traslado de uno de los enamorados hacia otro frente y así se acaba­ba el amor y el problema.

Por iniciativa de Santrich, en 1996 se creó la emisora de las Farc La Voz de la Resistencia. Camila, por orden de la dirección, viajó a Barranquilla para conseguir los equipos y asesorarse en temas de seguridad. Fue enviada porque su perfil de mujer estudiada le permitía deambular por toda la ciudad sin generar sospecha. Con los equipos en el monte empezó a funcionar la emisora con Santrich como director. El equipo conformado por seis guerrilleros se reunía cada dos días para determinar la música, las noticias, los anun­cios y las entrevistas. Las transmisiones se realizaban lejos del campamento, a dos o tres horas de camino en algún lugar azaroso. Después de la transmisión desmontaban las antenas con rapidez y recogían sus pasos en la noche para protegerse de los aviones del Ejército, o peor aún, de los bombazos que a veces sobrevenían cuando los soldados lo­graban rastrear la frecuencia.

El carácter fuerte de Santrich pugnaba con la debi­lidad de su cuerpo. Sufría de epilepsia, de migraña, y ya presentaba problemas de visión. Durante los episodios de migraña, que a veces sucedían en las travesías de regreso, el hombre perdía el equilibrio y ella, ayudada de otro com­pañero, lo llevaba a rastras entre la maleza y la oscuridad con una fuerza descomunal que ahora no comprende.

Las Farc era una especie de orden religiosa donde era prohibido tener hijos, con la diferencia de poder disfrutar del sexo. Por orden de los superiores todas las guerrilleras debían planificar ya fuera con inyecciones anticonceptivas que debían aplicarse cada dos o tres meses, o con Nexpla­non, un aparato implantado en el brazo con una efectivi­dad de tres a cinco años. Camila tiene la cicatriz de ese método que tuvo que mandárselo a retirar al año de habér­selo puesto porque empezó a adelgazar y a palidecer hasta llegar a ser un cadáver viviente. Tras el retiro del aparato recurrió a las inyecciones.

El periodo menstrual se volvió caprichoso, a veces lle­gaba cada semana, cada quince días, o desaparecía por va­rios meses. Se acostumbró a ese periodo sin reglas ya que lo importante era planificar. Recuperó las carnes perdidas y las recuperó tanto que una compañera, durante uno de los baños comunitarios en el río, le dijo: «Mija, te estás en­gordando, ya pareces una nevera». «Oye, tienes razón», le respondió luego de detallar su falta de cintura. Con la sospecha que no solo se trataba de una simple gordura, se practicó una prueba de embarazo que salió negativa.

No tuvo vómito, ni mareo, ni sueño, pero la barriga se­guía creciendo y ya dudaba de si tenía un niño o un tumor. Se practicó otra prueba y el cáncer se descartó. Sin saber cuántos meses de gestación llevaba se apresuró a contar­le a Santrich. «¿Tú qué piensas?», le preguntó ella. Estaban encerrados en su caleta bajo esa ilusión de privacidad de la selva. Después de un breve silencio, por fin él habló: «Lo dejo a tu decisión». Ella no dijo nada, no sabía qué responder. Santrich continuó: «Soy el comandante y debo dar ejemplo, no sé qué decirte. Por otro lado, quisiera tener un hijo contigo».

–Él puso las cartas abiertas y eso fue muy bonito. En ese momento de­cidí abortar.

Han pasado más de 14 años desde ese día. Su hijo, aho­ra un adolescente, no se inmuta como si la conversación fuera de otro joven y otra madre, o ya estaba acostumbrado a los detalles de su historia.

La pareja se reunió con la dirección del movimiento y comentó la nueva situación con todos los detalles de la primera y la segunda planificación, de la prueba negativa, del embarazo sin síntomas y así demostrar que habían ac­tuado de forma acorde con las normas guerrilleras. En la reunión se acordó agilizar el aborto y luego discutirían el castigo que en esos casos consistía en la construcción de trincheras, cercas, dictar charlas en municipios, o sancio­nes políticas en las que Santrich corría el riesgo de perder su rango de comandante.

Pasaron días sin noticias acerca del aborto y el vien­tre se hacía más explícito bajo el camuflado. Debido al desorden de su menstruación, ya tenía cinco meses. Las otras guerrilleras, que conocían el estado de gravidez, no dieron muestras de afecto, el niño estaba condenado a la muerte por decisión de la madre y era mejor hacer caso omiso de su existencia. Camila, en cambio, empezó a con­sentirse la barriga con disimulo y a imaginar a ese ser que se escondía detrás de su piel.

La orden llegó una mañana. Debía alistar maleta para irse a un poblado vecino donde un médico interrumpiría el embarazo. «Cambié de decisión», le dijo a Santrich. «Si es así te apoyo, pero piénsalo bien», le respondió él. Ella ya lo había meditado: tenía 31 años y había pasado ocho al lado de Jesús, ¿por qué negarse a la maternidad?

–¿Podían decidir ser madres? – interrogo a Camila.

–Yo te voy a decir una cosa –de repente su expresión cambia, frunce el ceño, acerca el rostro–: ustedes los pe­riodistas se encargaron de replicar la mentira de que a no­sotras nos obligaban a abortar, eso es una falsedad, una completa calumnia. Mira, yo estuve casi diez años en la guerrilla y en ese tiempo conocí varios frentes y cientos de guerrilleras, y las que decidían ser madres, pues bienvenidos sus hijos, y las que querían abortar, pues mucha suerte con eso.

Ya librado el bebé de la muerte, y la noticia regada en el campamento, la madre empezó a recibir mimos. Cada antojo de embarazada, en la mitad de la selva, resultaba un lujo, y los guerrilleros enviados a la ciudad para trabajos de pedagogía o de seguridad regresaban para satisfacer el apetito de la futura madre con cábanos, quesos, yogures, manzanas verdes y duraznos.

–¿Y Santrich también te consentía?

–Él… –lo pensó, dudó– pues sí, él también fue cariñoso.

La mujer se enfermó, le dio una infección, amibiasis, cistitis. El peso del bebé, sumado a sus constantes idas a orinar, no le servían para seguir siendo guerrillera. Un médico, durante una jornada pedagógica en un pueblo, le dijo que debía ser atendida con urgencia en un hospital. Se despidió de los compañeros y le dio un beso a Santrich con la promesa de regresar a su lado cuando recuperara la antigua forma y el vigor para cargar el fusil.

Según Camila, las farianas embarazadas debían mar­charse días antes del parto para ser atendidas en centros de salud, y luego se les concedía una licencia de tres o cua­tro meses para amamantar a sus hijos y conseguirles un hogar con algún familiar o amigo. Cuenta Camila de ma­dres que, tras ver a sus bebés, renunciaron a la revolución y no retornaron a las montañas.

La primera vez que vio a su hijo fue a través de una eco­grafía. «Es un varón», le dijo el médico. Ella se emocionó al ver a ese ser diminuto y completo de huesos casi transpa­rentes. Detalló sus manos de movimientos lentos, sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos, el cordón que lo ataba a ella. Pensó que no podía abandonarlo y su corazón entró en pugna; por un lado estaba Santrich y el movimiento gue­rrillero, y por el otro su hijo.

En 2002 nació el bebé como un anticipo de regalo navi­deño. Concluida la dieta posparto, de cuarenta días, viajó a Cúcuta, ciudad ubicada en la frontera con Venezuela, con la idea de entrar a ese país, tomar un transporte hacia el norte, regresar a Colombia por la Guajira y de allí pene­trar a escondidas la serranía del Perijá para presentarle el niño a Jesús.

Pasaron dos meses y ella seguía en Cúcuta aplazando su regreso. Mientras ella estaba embelesada con su rol ma­terno, otros estaban pendientes de sus movimientos. Una noche de calor cucuteño, asfixiante y sin brisa, salió al sar­dinel de la casa de una amiga y se sentó en la mecedora. Entre charlas y cariños al niño derretido de calor, pasó una moto, en seguida otra, y dos minutos más tarde apareció la primera, pero esta vez el parrillero, sin disi­mulo, la miró por varios segundos y dijo algo al conductor. Camila sintió miedo y, para no alarmar a su amiga, inventó cualquier excusa para entrar.

Tres días antes, en esa ciudad, varios paramilitares sa­caron de su casa a un hombre y una mujer y los torturaron hasta la muerte. Camila temió un final similar para ella, su amiga y su hijo y aguzó los oídos y observó con disimulo los puntos de fuga en el patio trasero.

Ya adentro, sonaron varios golpes como de un mazo sobre el metal de la reja. Camila se apresuró a poner al bebé en una cama y corrió al patio. Pensó rápido, había un árbol de mangos que colindaba con las casas vecinas, y un lavadero cubierto a un lado por una placa de cemento donde se restregaba la ropa. Ella sabía por visitas anteriores que su amiga no llenaba el estanque hasta el tope, lo que le permitía sumer­girse bajo la parte de cemento con la garantía de poder res­pirar sin ser vista. Se quitó las sandalias, las colocó desordenadas bajo el palo de mango, corrió al estanque descalza, se sumergió y se movió a la parte cubierta. Justo esa tarde, por mala suerte, la dueña de la casa dejó el grifo abierto y lo cerró solo cuando rebosó el agua. Cami­la tuvo que aguantar la respiración.

Desde su escondite vio un grupo de policías entrar corriendo y se tranquilizó al comprobar que no eran pa­ramilitares. Ellos, al ver las sandalias tiradas bajo el árbol consideraron que la guerrillera había huido por entre las ramas hasta llegar a otro patio. Varios de ellos se treparon y uno de los policías aguardó al lado del estanque. Una bur­buja de aire se escapó de la boca de la mujer escondida y el oficial se dio cuenta, «vuelvan, vuelvan, está debajo del agua», ordenó.

Al siguiente día apareció en la prensa nacional como un trofeo de guerra. El subdirector del suprimido Depar­tamento Administrativo de Seguridad (Das) dio la noticia: «Hemos capturado a alias ‘Lucero’, jefe de finanzas del Blo­que Caribe y amante del comandante guerrillero Simón Trinidad. Se le imputaron los delitos de rebelión, secues­tro, terrorismo y homicidio».

–Yo les decía «yo no soy Lucero, soy Camila y tampoco soy la amante de Trinidad», pero como el Das quería espec­tacularidad inventó ese cuento.

En los dos años que permaneció en el presidio nunca se separó de su hijo y el niño aprendió a caminar y a ha­blar en la cárcel. Camila seguía recibiendo las cartas de Jesús Santrich con la promesa de esperarla hasta que fuera libre de nuevo. Ella lloraba y respondía las cartas que eran llevadas por su abogado o por guerrilleros que visitaban a otras internas.

Él le suplicaba que continuaran juntos la lucha revolu­cionaria en las montañas, pero ella, que ya se sentía incapaz de separarse de su hijo le pidió que moviera los contactos para que fuera enviada a una comisión internacional en Venezuela o donde fuera. Le advirtió que si no era así todo se terminaba.

–¿Y él qué respondió?

–Nada… me mandó una nota chiquita y ya, chao –des­pués de más de una década de aquel mensaje los ojos se le encharcan y tiene que suspender para no hablar con la voz quebrada.

–Mira, el gran amor de él es su ideología, eso lo entendí con claridad cuando recibí esa nota. Antes de eso yo tenía fe. Nunca lo dejé de amar y yo daba la vida por ese hombre. Pensé que podíamos ser una familia pero, ya sabes, Jesús fue radical y hasta allí llegó nuestra historia.

El hijo, que escuchaba todo en silencio interrumpe.

–Yo nunca le pregunté a mi mamá: «Oye, ¿quién es mi papá?». De verdad que ni me importaba. Dime ¿cómo iba a extra­ñar a alguien que no conocía? –El joven tiene el pelo negro peinado hacia arriba, los ojos cafés, la piel tri­gueña y los labios gruesos. Es mucho más alto que su pa­dre, mucho más delgado, pero cuando baja la mirada se parece a él, quizá en la forma de sus ojos o de las cejas.

–Cuando él era chiquito yo le decía que su padre vivía en Venezuela – dice Camila.

–¿Y cuándo se enteró?

–Yo me acuerdo –interviene el hijo–. Tenía como diez años y mi mamá, así de la nada, me preguntó: «¿Tú quieres saber quién es tu papá?».

–Espera un momento, no fue de la nada, yo llevaba dos años pensando cómo decirte. Era una cosa que no me deja­ba en paz pero yo le daba vueltas, y buscaba las palabras y luego no era capaz. De verdad que era muy jodido.

–Bueno, mamá –luego me mira–, ella me dijo: «Mijo, ven acá, ¿quieres saber de dónde provienes?». Y yo, pues ajá, sentí curiosidad. Entonces ella buscó en internet el nombre de él y me mostró una foto, «este señor es tu papá», me dijo. Para ese momento ya habían iniciado los diálogos y yo le dije: «Claro, a ese señor lo he visto». Y luego mi mamá me preguntó: «¿Quieres saber cómo nos conocimos?».

Se sentaron en la sala de la casa y ella le contó toda la historia. El niño se levantó de la silla, incapaz de verla a los ojos, y se encerró en su habitación.

–Creo que rompí la puerta. Desde mi cuarto le grité que no quería verla por mentirosa y por ser mala porque los guerrilleros son malos. Así lo creía por culpa de los no­ticieros. Yo lloré hasta dormirme, de verdad fue así, nun­ca había sentido tanta tristeza. Para mí ella era una mujer normal y luego me resulta con ese cuento, eso fue muy teso.

Un año después recibió una llamada de su hermano mayor, Seuxis José, que le preguntó «¿quieres hablar con tu papá». «Ajá», respondió sin ganas. Luego el niño escuchó a través de la bocina el sonido de una flauta lejana con una melo­día desconocida y, si no colgó, fue por curiosidad. Santrich tomó el teléfono: «Hola hijo, estoy en Bogotá, ¿cuántos años tienes?».

El joven, al recordar, baja la mirada, se pasa los dedos sobre los ojos, se le quiebra la voz.

–Yo sé que mi mamá y mi papá terminaron pero no en­tiendo por qué él se olvidó de mí, eso es injusto, yo no le importé por muchos años.

La madre lo trae hacia sí y le consiente el hombro.

–Mira, papi, yo creo que él no se acercó por tu segu­ridad, para no exponerte, tratemos de entenderlo por ese lado, ¿no crees?

–Pero podía hacer una llamadita, una cartica, cualquier cosa. Así como te escribía podía haberlo hecho conmigo.

Los dos guardan silencio. A ella el recuerdo la entriste­ce, al él el olvido.

En 2014 el niño viajó a La Habana acompañado de su herma­no mayor. Al presentarse a Santrich este acercó sus manos y le palpó la cara para conocerlo. Mientras tocaba, algunas lágrimas se le escaparon de sus ojos ciegos. El joven no logró emocionarse, se sintió ajeno al momento, estaba en shock, apenas miraba a ese personaje desconocido que era su padre.

*Capítulo La mujer de los caballos de mazorca madura del libro Las batallas perdidas de Santrich

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