Aura Lucía Mera, quien acaba de morir intempestivamente, fue el compendio de muchas cosas a la vez. Tal vez por ello pudo vivir con alegría y "entucando" siempre para lograr superar los baches y malentendidos que le provocó el destino o propició ella misma con su rebeldía temperamental.
Fue esposa de Rodrigo Lloreda, la estrella fulgurante de la política de su momento, con quien tuvo a sus hijos. Después lo fue de un hombre mayor, un Dominguín de estirpe torera que prontamente se suicidó en Quito. Hace unos días, ella misma contó esto y mucho más de su vida en una de sus columnas, casi como un recorderis, aunque a los novelistas nos pudo haber sonado premonitorio.
Yo le guardé distancia cuando era la "señora de Lloreda", respetando lo aprendido de su madre, la "boquisuelta" Aurita Becerra, capaz de dar consejos sin que nadie se los pidiera. Pero tras coincidir en el funeral privado de Maritza Uribe de Urdinola, fuimos intimando con el paso de los años, felicitándonos mutuamente por nuestras herejías públicas. Fue una amistad que no se hizo en actos sociales, sino a través del teléfono y de esas redes que unen tanto como separan.
Era una relación singular; ambos sabíamos que éramos un par de agujas para sobreponernos a los obstáculos y pensar atrevidamente en posiciones contrarias. Nos guardábamos distancia como los buenos toreros. Fue una mujer berraca, como pocas. Doblegó la vida con la fiereza con que le ganó la batalla al alcoholismo y la drogadicción, flagelos que narró con valentía en su obra.
Como me escribió su hijo, el exministro Kiko Lloreda, al comunicarme su muerte: “se fue a dar nuevas batallas contra molinos de viento desde la dimensión que a ella le dé la gana”.
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