El 4 de noviembre de 1979 un grupo de estudiantes iraníes simpatizantes del Ayatolá Jomeini invadió la Embajada de Estados Unidos. Protestaban porque el gobierno norteamericano le había dado asilo político al recién derrocado Sha de Irán, Mohammed Reza Pahlavi.
La crisis tuvo de todo. Se inició como una protesta simbólica donde fueron retenidas 66 personas; días después, fueron liberados algunos rehenes, quedando 52 estadounidenses en cautiverio. Durante meses se negoció sin éxito, hasta que el gobierno de Jimmy Carter, presionado por la opinión pública, lanzó la operación de rescate "Eagle Claw". Fue un completo desastre: murieron ocho militares y se perdieron varios helicópteros en el desierto.
Posteriormente, la CIA organizó otra misión tan cinematográfica como real: con el ardid de buscar una locación para una película (misión que inspiró el filme Argo), lograron liberar a seis diplomáticos refugiados en la Embajada de Canadá. Pero las conversaciones para el resto de los rehenes fueron tediosas y solo hasta el 20 de enero de 1981 se logró el Acuerdo de Argel. Desde entonces, las relaciones están rotas.
Hoy, ante las noticias de movimientos de tropas bajo la administración de Donald Trump, parece que la historia se repite. Se dice que estas tensiones escalan presionadas por intereses de aliados en la región. Quienes son mandados a luchar, no por su patria sino por alianzas externas, se atendrán a las consecuencias: el pasado nos enseña que estas aventuras terminan en negociaciones humillantes.
Si el conflicto escala, los afectados —sean prisioneros o fallecidos— serán objeto de canjes lentos. Como ya pasó en 1981, el riesgo es que al final se haga lo que Teherán dicte para que unos regresen vivos y humillados, y otros en ataúdes sin nombre. La gestión pública y militar no puede ignorar las lecciones de la historia.
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