Tras la masacre de una familia en Tibú y la disputa violenta entre el ELN y disidencias, el Catatumbo vive su peor crisis humanitaria en años

 - Así fue el error de cálculo del ELN que desató el infierno en el Catatumbo
Texto escrito por: Nerio Luis Mejía

Algunos aseguran que la verdadera tragedia inició la noche del miércoles 15 de enero de 2025. Ese día, en Tibú, Norte de Santander, el tableteo de las balas apagó las vidas de Miguel Ángel López, su esposa Zulay Durán y su bebé de tan solo meses de nacido, dueños de una funeraria local. El hecho se convirtió en la masacre número dos registrada en Colombia ese año.

Al día siguiente, el rumor de una tragedia anunciada se transformó en certeza. El Catatumbo entró en la peor crisis humanitaria de su historia reciente. Desde entonces, la región no ha conocido un solo día sin muertos, desplazamientos forzados, ataques a la fuerza pública, minas antipersonales y todos los males que arrastra la violencia en el país.

El infierno, sin embargo, se venía cocinando a fuego lento. Las tensiones entre el ELN y las Disidencias de las FARC escalaban mes a mes. A mediados de 2021, en el sur de Bolívar, el ELN atacó la estructura del Frente 37 de las FARC —inicialmente conocido como Frente Mario Morales, en honor a un antiguo comandante asesinado por los elenos tras la firma de los acuerdos de La Habana—. Esa facción había sido conformada bajo instrucciones del Frente 33 del Catatumbo, en un intento por cooptar los antiguos territorios del antiguo bloque caribe.

Tras conversaciones entre ambos grupos, las disidencias rebautizaron la estructura como Frente Martín Caballero, evocando al histórico jefe guerrillero del Caribe abatido en los Montes de María. A pesar de los pactos de papel, en las trochas del Catatumbo las escaramuzas seguían cobrando vidas. Incluso las redes sociales testificaban la tensión: en su momento se hizo viral un video donde integrantes de ambos bandos, fusil en mano, discutían a gritos por el control y la compra de cocaína.

El detonante silencioso ocurrió el 20 de octubre de 2024. Doce hombres de las disidencias, bajo el mando de alias ‘Fajardo’, pretendían establecerse en la Serranía del Perijá, en jurisdicción de Media Luna, Cesar. Mediante la técnica del engaño, guerrilleros del Frente Norte del ELN los sorprendieron desarmados mientras disputaban un partido de fútbol. Los redujeron y se los llevaron hacia la frontera con Venezuela. Hasta el día de hoy, su paradero es un misterio absoluto.

Al principio, el hecho pareció no alterar el tablero. Las disidencias del Bloque Magdalena Medio no buscaban una guerra; desde el rearme del Frente 33 en 2018, ambos grupos convivían pacíficamente en el Catatumbo, compartiendo el oxígeno financiero de las economías ilícitas. Pero el ELN estudiaba de cerca cada movimiento de sus vecinos. Hasta que el 16 de enero de 2025, alguien decidió abrir las compuertas del espanto.

Las escenas que siguieron fueron horrorosas: cadáveres dispersos en los caminos, familias enteras clamando auxilio entre las montañas y el eco ensordecedor de los helicópteros del Ejército, que no daban abasto para evacuar a quienes huían de un demonio sediento de sangre. Desde ese día, la herida sangra a diario a través de amenazas, confinamientos y el reclutamiento forzado de jóvenes.

Sigue a Las2orillas.co en Google News

¿Quién podrá cerrar esa puerta? El ELN cometió un error de cálculo. Pensaron que con el golpe inicial absorberían o destruirían a sus adversarios, tal como lo hicieron en 2018 cuando diezmaron al EPL o 'Los Pelusos'. Pero las disidencias respondieron. Hoy, la batalla a sangre y fuego tiene un epicentro ciego y criminal: el control del municipio de El Tarra. Quienes ven el mapa desde afuera se preguntarán qué tiene de especial el corredor que comunica a Tibú con El Tarra para que se defienda con cada gota de sangre. Los que habitamos el territorio sabemos que ahí se juega el corazón de la región.

En esas veredas hoy se respira el olor agrio de la pólvora. El cielo ya no es pacífico; ahora lo cruza el zumbido de los drones que arrojan bombas de manera indiscriminada. El miedo se impone a través del metal ardiente que escupen los cañones y la metralla que corta la carne humana. Es un odio que parece traído del mismísimo infierno.

Con la llegada del nuevo gobierno y su oferta de sometimiento a la justicia o neutralización militar, se abre una expectativa. Sin embargo, para las comunidades que caminan sobre la tierra minada del Catatumbo, el optimismo es lejano. Por ahora, pocos creen que se vaya a cerrar pronto la puerta que se abrió aquel fatídico 16 de enero de 2025.

También le puede interesar:

Anuncios.

Por Nota Ciudadana

sección de periodismo ciudadano y colaborativo donde cualquier persona puede publicar sus propias historias, denuncias, noticias o relatos de primera mano. Es un espacio abierto para dar voz a miradas regionales y alternativas a los medios tradicionales en este portal independiente colombiano.