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La revista SoHo entrevistó a Ernesto Samper y le preguntó cuál había sido el día más difícil de su mandato. Sin vacilar, el expresidente respondió que el 8 de agosto de 1998; es decir, un día después de la terminación de su periodo presidencial. Contó que, a partir de ese momento, como un niño de cinco años, tuvo que reaprender a marcar el teléfono por su cuenta y a entender que en una casa hay que hacer mercado. Indicó además, que le tocó acostumbrarse a caminar sin que un edecán le dijera dónde hay una grada. Del dolor que deja la orfandad del poder han escrito los biógrafos de Tomás Cipriano de Mosquera y de Napoleón, y hoy algunos expresidentes escriben trinos autobiográficos desnudando similares nostalgias.
Fidel Castro dijo que derrocaría a Batista y convocaría a elecciones; sin embargo, instauró un régimen que lleva 68 años en el poder. Sus coidearios venezolanos van a cumplir 29, y la excelsa fórmula matrimonial Ortega y Murillo apenas 30. La transitoriedad en el poder, que a tantos incomoda, es el primer parto de la democracia; quienes reniegan de ella deberían estar cómodamente instalados en Cuba, Venezuela o Nicaragua; pero dicen que por ahora es mejor optar por Miami y Milán. Por fortuna, en Colombia cada cuatro años llega un 8 de agosto, el día en que todos los expresidentes tienen que volver a abrir una puerta por su cuenta, a servirse un vaso de agua y a entender el significado de la democracia.
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