¡Alto, señor presidente!
Opinión

¡Alto, señor presidente!

Ecos del ejercicio de un derecho

Por:
agosto 29, 2013
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No sabemos a la hora en que se escribe esta columna, de los desarrollos y fin de la protesta ciudadana, que no solamente del agro, por lo menos en Boyacá. Pero duele y conduele a cualquier espectador y, a quien escribe que es coterráneo, la situación por la que le correspondió pasar a nuestros paisanos.

No contento el Gobierno con minimizar el paro al afirmar que no era de la importancia esperada o que no existía, ahora se le ocurre afirmar lo de siempre: la protesta está infiltrada y, así, en la negación de lo evidente, llega la fuerza para sojuzgar el derecho a la protesta. Al paso, no cabe duda que, una cosa es protestar —un derecho Constitucional— y, otra el ejercicio de la violencia, pero tanto el Gobierno que fue provocador, así hay que decirlo, como algunos manifestantes, en partes del territorio nacional han confundido la expresión pacífica, con la demostración de fuerza y, todos, de esta manera, en la ruptura de derechos fundamentales de todos.

Se dijo, al comienzo, que no era la esperada por la escasa cantidad de participantes, siendo en palabras oficiales demeritada su potencialidad y, ahí el primer craso error: la expresión un ‘paro pobre’, como lo entendieron Boyacá y Colombia en protesta, fue bieninterpretada por monseñor Luis Augusto Castro entendido como que era un ‘paro pobre…en sus causas’, es decir, en cuanto eran simples campesinos, lecheros, en fin, ‘pobres’ y honrados trabajadores que, como nunca solicitan nada y cuando lo hacen, su manifestación es tan suave y decorosa, que ha sido interpretada como insulsa, tonta… poca cosa. Y, allí, ante semejante despropósito que raya con la provocación, ya no solo al agro y a sus laboriosos campesinos, sino a la sociedad entera, ahora sí protestó, nuevamente de manera pacífica, en el entendido de lo obvio: ¿estamos frente a un ‘negacionismo’ compulsivo,  arrogante? Entonces nos unimos al clamor campesino para que, por lo menos, no sea tan ‘pobre’.

Se envió la fuerza pública, no se sabe con qué clase de entrenamiento, a terminar con la opinión hecha movilización y, sin fórmula de razonamiento se trata de controlar a la fuerza, lo que era expresión y manifestación de paz; en algunos casos, no se buscó controlar los bloqueos —era su misión—, sino destruir las habitaciones, las casa de campesinos y, la misma humanidad; ¿eso fue lo que se ordenó?; sin tener en cuenta que, la verdad sea dicha, muchachada en imagen de autoridad o con vestidos diferentes a la ruana, pero con ella en sus venas, tienen que aplastar a los propios. Otro error, este de procedimiento, que no solo va a afectar la imagen de la policía, como institución, sino de sus propios agentes que, bajo la orden de reprimir, están poniéndose al frente de quienes son de su confianza y desvelo.

Alto, señor presidente, la solución no es negar el paro, ni minimizarlo para apabullar los justos reclamos, ni dividir a la sociedad boyacense que tanto ha ofrecido a Colombia. Lo que está diciendo esta protesta es que se deben respetar los derechos y que están dispuestos a hacerlos respetar. Están diciendo: alto, señor presidente.

Y, ¿qué es lo grave y/o gravoso de las súplicas —primero— y, posturas fuertes —después— de nuestros campesinos en general? Lo que la gente ya sabe, aún en los centros de poder. ¿No se conoce, por ejemplo, que el valor de los insumos necesarios para la producción y el transporte está colapsando al campo? ¿Quién no entiende que la importación de alimentos, que surge de la aplicación de los acuerdos de comercio que, entre otras cosas, se negocian en inglés pero se aplican en español, está convirtiendo al campo en un desierto y, a los campesinos en diáspora viviente? ¿Quién no sabe que los créditos al agro que se cobran como préstamos corrientes, o casi corrientes, se cobran día a día, como si cada ocho días se recogiera la cosecha?

Esa es la verdad de las reclamaciones, pues trabajar en el campo no es una afición de estrato seis, es arar, aporcar y cosechar con el sudor, con la sangre y luchado con fuerza contra la inclemencia del tiempo.  Alto y, alto otra vez. Boyacá jamás piensa en la insurrección, jamás por las mentes ocupadas de nuestros campesinos pasa el tumulto o la gresca; nunca se obedece al inconsciente fusil y, menos, a las voces de la subversión o de la ilegalidad. Querendón de su tierra, disciplinado al llamado de la autoridad, el campesino solo piensa en trabajar, en producir y en ofrecer la comida que todos, todos,  consumimos sin pensar  lo que ese producto en la boca ha  significado para el campesino, para su familia y su estirpe. ¿Será entonces ese el agravio?

Y ese reclamo, ese derecho poco oído o nada escuchado, se repite en los mineros, los cafeteros, los transportadores; se debe frenar el tumulto argumentativo para escuchar, solo escuchar y solucionar. Los canales del diálogo civilizado y próspero dejaron de ser el centro de la necesidad oficial, pero se debe recordar que por mandato constitucional el presidente de la República es el símbolo de la unidad nacional, lo que indica, sin duda, que le corresponde cumplir con el mandato y, por supuesto en este orden de ideas, retomar con serenidad republicana el sendero de la postura y, reflexión necesarios.

Ello evitaría la estigmatización que se está entronizando a punta de titulares, sentencias mediáticas y, lo que faltaba, informes de inteligencia que jamás son comprobados, ni se pueden corroborar.

Digamos lo cierto, la paciencia del campesino llegó a su límite y, por eso se produce la reconducción del tono fuerte en la solicitud. Existe mucha evidencia de la provocación y, ninguna de la filtración. Lo que apunta de verdad a la necesidad del diálogo, es la refriega sobre el papel del Estado en la protección de los derechos y, allí existe una grande y vieja cuenta que nunca se cobró, por los nuestros y, que parecía olvidada. Es hora del diálogo y de la reconciliación, no de la fuerza y el menosprecio. Así, lo que ha significado el episodio es que los trabajadores del campo tienen sus derechos en vilo; mucho se ha dicho, poco, en comparación con sus derechos, se ha hecho. El Estado debe responder y responder desde la institucionalidad.

No se acepta la mera indignación de parte alguna, tampoco la fuerza o la violencia de ninguna cantera por fina que sea, la situación es de tomarla como oportunidad de progreso y reconstrucción; que los oídos escuchen; que las mentes deliberen; que la comunicación sea el vehículo; que el Estado sea de todos: esos son los ecos del ejercicio del derecho. Alto, señor presidente, es su momento, el momento de la democracia.

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