Opinión

Altavoces de los poderosos

Ha hecho carrera un periodismo de investigación “light”, donde los columnistas vueltos “vedettes”, reciben informaciones que no han buscado y las publican como si fueran resultado de sus esfuerzos

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noviembre 03, 2020
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Altavoces de los poderosos
En el caso extravagante del juicio de la Corte al expresidente Uribe hubo competencia de parte y parte sobre quién entregaba a periodistas de postín más documentos de la reserva del sumario

Una cosa son los columnistas de opinión y otra los de investigación. Los de opinión dicen lo que piensan, de modo sustentado o improvisado. Lo primero que se les ocurre sobre lo divino y lo humano, o sus conocimientos y experticia condensados en una página. Serios o frívolos.  Opinadores es el nombre del juego, con un dejo de sarcasmo. Se trata por lo general de personas cuyo oficio principal no es el periodismo. Gentes ilustres o no, incluyendo escritores de profesión, que expresan sus opiniones o sentimientos en medios impresos o electrónicos. Cuando son buenos orientan la opinión pública, no la siguen.

Los columnistas de investigación son otra cosa. La gente espera de ellos que descubran cosas ocultas, abusos, ilegalidades que han escapado a la atención de los jueces. Son como un control judicial privado, basado en la protección legal de que gozan para no revelar sus fuentes. El terreno que pisan es inestable y cenagoso, pues implica la verificación de la verosimilitud de las fuentes, de por si esquivas.

La esencia del trabajo de investigación periodística es la verificación de las fuentes. Las unidades de investigación de los medios que las tienen, trabajan en levantar ellas mismas la información sobre un tema sensible y verificarla. No basta con que Garganta Profunda haya citado a los periodistas del Washington Post en un parqueadero para informarles sobre Watergate. El trabajo real fue probar que lo que les decían era cierto y la Casa Blanca estaba implicada.

En Colombia ha hecho carrera un periodismo de investigación “light”, que consiste en que los columnistas que por sus audiencias se han vuelto “vedettes”, reciben informaciones que no han buscado y las publican como si fueran el resultado de sus esfuerzos, con el agravante de que es muy probable que la información haya sido ilegalmente obtenida. Es el mundo de las filtraciones judiciales que estallan como noticias.

El periodista tiene derecho a no revelar la fuente de la información, pero también de verificar, como en el caso frecuente de las reservas sumariales, si fue conseguida ilegalmente por esa fuente o por un tercero. Es un proceso ético elemental, si fue ilegalmente conseguida es ilegal difundirla. Con motivo de la investigación que por meses el New York Times adelantó sobre el pago de impuestos federales de Donald Trump, para descubrir que no pagaba ni un centavo, el periódico aclaró que ninguna de sus fuentes tenía un origen ilegal. O sea que el material no provenía de una violación de información legalmente protegida.

La que pierde con esa falta de verificación es la integridad del periodismo pues termina siendo simplemente un amplificador de batallas políticas, un servidor instrumental de quien le proporciona la primicia, con claros intereses de dañar a alguien. El caso extravagante del juicio de la Corte Suprema al expresidente Álvaro Uribe, donde hubo una competencia de parte y parte sobre quien entregaba a periodistas de postín más documentos que pertenecían a la reserva del sumario; y las grabaciones privadas tomadas sin conocimiento de las partes, que los propios interesados en exculparse o en chantajear entregaron a los medios, en el caso de los supuestos aportes de Odebrecht a la campaña de Juan Manuel Santos, son dos ejemplos sobresalientes de como la investigación periodística seria es reemplazada por una sumisión, consciente o no, a intereses políticos.

Es inevitable pensar que allí el personaje que ha sido manipulado por esos intereses es el periodista de investigación, que no se ha movido de su escritorio, pero recibe toda la notoriedad por su trabajo y un reconocimiento por su valentía de adelantarse al fallo de los procesos judiciales.

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Los columnistas de investigación sí son periodistas, y deberían cuidarse de convertirse en altavoces de lo que más combaten: los abusos y las manipulaciones de los poderosos

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Como en el mundo estamos, muchos de los abusos de los altos funcionarios, tan frecuentes, denunciados por quienes tienen que soportarlos, son más que bienvenidos por la opinión pública, una vez se haya verificado que la denuncia es cierta. Se conocen gracias también a la notoriedad de los columnistas a quienes les envían la información, quienes cumplen en estos casos un sano papel de control sobre la administración pública, muy distinto de aquel que involucra violaciones de informaciones reservadas de procesos judiciales, de asuntos privados, o de seguridad nacional.

Los columnistas de opinión no son en realidad periodistas, o al menos, si lo son, su trabajo periodístico no debería mezclarse con sus opiniones sobre los asuntos en que trabajan. Los columnistas de investigación, que han reemplazado en solitario los equipos de las unidades de investigación que existían cuando había como pagarlas, sí son periodistas, y deberían cuidarse de convertirse en altavoces de lo que más combaten: los abusos y las manipulaciones de los poderosos.

 

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