Opinión

Alemania, a 30 años del muro, ¿otro muro?

¿Quién iba a imaginar que en los estados de la antigua Alemania Oriental iban a florecer ahora movimientos de extrema derecha y expandir su influencia en todo el país?

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Febrero 04, 2019
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Alemania, a 30 años del muro, ¿otro muro?
La plataforma de AfD, cada día cuenta con más adeptos que dicen no a la inmigración. Foto: Wikipedia

En este 2019 se conmemoran treinta años de la caída del muro de Berlín. Lo que, de hecho, ha sido la unión entre dos Alemanias, también se asocia, en 2019, al éxito de movimientos políticos que promueven la xenofobia, es decir, otro muro de intolerancia.

A partir de noviembre del 89, el desplome de la Unión Soviética y sus satélites estaba cantado. Excepto por el fusilamiento de Nicolás Ceaucescu, presidente de Rumania, y de su esposa Elena en la navidad del 89, los radicales cambios ocurrieron de forma pacífica. Lo que ocurriría en la antigua Yugoslavia se asemeja más al destape de una olla con odios nacionales fermentados durante siglos, asociados a imperios como el otomano y el austrohúngaro y no a la caída del comunismo como tal.

Aunque la reunificación alemana se hizo oficial entre el 2 y el 3 de octubre de 1990, los once meses transcurridos desde la caída del muro, en noviembre del 89, parecían dar la pauta del tipo de dificultades que vendrían para los alemanes de uno y otro lado. Las del bolsillo, traducidas en miles de millones de marcos que los ciudadanos de los estados alemanes del oeste tuvieron que transferir al este a partir del 90; la quiebra de miles de empresas orientales, sin posibilidades de competir; la multiplicación del desempleo en la antigua RDA;  la emigración masiva de jóvenes del este a los estados prósperos occidentales; la desprotección de los mayores, formados en empresas estatales y con protección social garantizada en las épocas del socialismo.

Quizás la barrera más profunda entre alemanes del occidente y del este era, es, de orden cultural. Después de algunas semanas de euforia entre Wessies y Ossies, los prejuicios recíprocos afloraron rápido. Para los occidentales, sus compatriotas del otro lado se convirtieron en una especie de mantenidos, con pocas pretensiones de emprendimiento empresarial. Las críticas incluían la forma en que conducían sus obsoletos vehículos, su forma de vestir, sus gustos gastronómicos. En un plano objetivo, el de la formación técnica, una profesión como la de boticario guardaba enormes diferencias entre las dos Alemanias: mientras que en la parte occidental estaban preparados para la gestión de una farmacia que podía contar con inventarios de más de veinte mil productos, en el este no pasaban de dos mil.

Los alemanes orientales, Ossies, a su vez, veían en sus contrapartes arrogancia y egoísmo. La película Goodbay Lenin es un magnífico retrato del primer año de encuentro, de las nostalgias de los liberados del comunismo y los correspondientes prejuicios.

Alemania, reunificada, la gran potencia europea, parecía abrazar la globalización, con todas sus implicaciones, incluyendo la dimensión de la inmigración.

¿Quién iba a imaginarse, entonces que, justamente, en los estados de la antigua Alemania Oriental, iban a florecer los movimientos de extrema derecha 20 años más tarde y expandir su influencia en todo el país, contribuyendo a la contracción de los tradicionales CDU, el de la señora Merkel, y el SPD de Willy Brandt?

 

 

Alternativa para Alemania (AfD) primero superó el umbral electoral
en numerosos estados, especialmente del este,
y en las elecciones federales de septiembre 2017 ganó 95 curules en el parlamento

 

 

Es lo que, justamente, está ocurriendo con Alternativa para Alemania (AfD), un partido que logró, primero, superar el umbral electoral en numerosos estados, especialmente del este, para luego, en 2017, zamparse 12,6 % de los votos en las elecciones federales de septiembre y ganarse 95 curules en el parlamento (Bundestag).

La plataforma de AfD, que cada día cuenta con mas adeptos, incluye varios aspectos que no riman con la diversidad:

No a las familias que carezcan de padre y madre. La ideología de género es considerada inconstitucional.

No a la inmigración. Alemania no puede convertirs en la redentora de África ni Asia, absorbiendo sus pobres (y criminales). No al otorgamiento de asilo ni a la protección social para ellos. (El 31 de diciembre, en Colonia, en cercanías de la catedral y de la estación central, se presentaron numerosas agresiones sexuales a mujeres alemanas de parte de inmigrantes procedentes de África y del cercano oriente, un hecho que, de manera recurrente, es utilizado como referente por parte de AfD).

No a la islamización. La cultura alemana debe ser la línea conductora. El llamado multiculturalismo no es cultura sino el llamado a la disolución de la cultura alemana a través de planos culturales paralelos sin intersección. La Antigüedad, el cristianismo, la Ilustración, son bases de la cultura alemana que no pueden ser pisoteados en nombre de la supuesta tolerancia al multiculturalismo.

Rechazan pertenecer al área euro, subsidiar, como en el pasado, a países como Grecia, y detestan la intromisión de la OECD en la educación a través de las pruebas PISA.

Angela Merkel, conservadora, representa, por su apoyo a la inmigración de centenares de miles de sirios en 2015, el emblema que la AfD combate.

Es difícil saber si el apoyo ciudadano a la plataforma de AfD seguirá creciendo. De hecho, una ciudad como Berlín es multicultural. Alemania tiene 2,3 millones de turcos y 4 millones de personas profesan el islamismo. Por volumen, ha sido el tercer país del mundo en recibir extranjeros. 19 % de la población es extranjera o de origen extranjero. Lo que se viene, quizás por la misma xenofobia de movimientos como AfD, es la coexistencia de culturas paralelas que cuidarán de no promover su integración.

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