Me pregunto si Petro en realidad está convencido de que lo van a matar o si simplemente recurre a esa versión para victimizarse y sacar réditos políticos

 - Al presidente lo quieren matar

No se requiere ser Carlos Climent para diagnosticar que Gustavo Petro padece un TOC (Transtorno Obsesivo Compulsivo) de aquí a Pekín. En español eso significa que cuando a este personaje se le mete algo en la cabeza, sacárselo es casi una hazaña.

La más reciente obsesión de Petro la repite en cada una de las intervenciones que hace, ante el público que sea, en las redes sociales o ante el micrófono que le abran: “Quieren matar al presidente de Colombia”.

Es posible que sea cierto que alguien o muchos quieran ver muerto al presidente. A este y a cualquiera de sus antecesores. O a cualquier gobernante del mundo. Y es que gobernar un país implica una serie de privilegios pero también muchos riesgos.

Por algo Petro es el tipo más custodiado de Colombia. Su seguridad está a cargo de un equipo de más de 300 personas.

Y a donde quiere que va hay un despliegue de seguridad impresionante que involucra policías, policías secretos, soldados, infantes de marina, bomberos, y guardias de tránsito. Es normal, se trata del personaje más importante del país.

Pero esto no ocurre solo con Gustavo Petro. Quien quiera que ocupe la Presidencia tiene los mismos riesgos y está igualmente protegido. Es connatural con ser presidente de un país tan violento como el nuestro.

Pero lo cierto es que en Colombia no han matado a ningún presidente, al menos en los últimos 150 años. Varios candidatos sí han sido asesinados: Jorge Eliécer Gaitán (no era candidato cuando lo mataron pero iba a serlo), Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, entre otros.

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Pero ninguno de los asesinados contaba con la formidable seguridad de la que dispone el presidente Petro. Ni tenía avión propio, ni helicópteros o una caravana de camionetas blindadas, ni ejércitos de guardaespaldas, ni dormían en una fortaleza como la Casa de Nariño.

En la historia reciente, algunos presidentes han sido víctimas de atentados: a Álvaro Uribe le lanzaron un rocket el día de su posesión, en el 2002. El proyectil dio contra la fachada de la Casa de Nariño pero no causó víctimas.

Iván Duque también fue objeto de un atentado. El avión en el que se movilizaba en un desplazamiento a Cúcuta fue atacado a bala al momento del aterrizaje.

Siempre habrá motivos para que quieran matar a un presidente. A César Gaviria lo hubiera querido desaparecer alguno de los miles de empresarios que se quebraron debido a la apertura económica. A Ernesto Samper, algún miembro del Cartel de Medellín, luego de que se comprobó el ingreso de millones de dólares del Cartel de Cali a su campaña.

A Andrés Pastrana, por haber sido tan ‘manguiancho’ con las Farc; a Álvaro Uribe por haber dado de baja al Mono Jojoy o a Raúl Reyes o por haber extraditado a los jefes de las Autodefensas; a Juan Manuel Santos por haber firmado la paz con las Farc; a Iván Duque por haber roto relaciones con la dictadura de Maduro.

Pero que yo recuerde ninguno de ellos, ni los que fueron víctimas de atentados ni los que no, se quedaron quejándose de que los querían matar o que tenían enemigos o que los miraban feo.

Es normal que una persona que tiene una exposición pública tan brutal como la que posee el presidente de la República genere odios y simpatías. Más lo primero que lo segundo. Y es posible, incluso que algún desquiciado quiera volverse famoso cometiendo un magnicidio.


Me atrevo a decir que es más fácil que maten a cualquier otro colombiano, por cualquier razón


No digo que sea imposible matar al presidente de Colombia. Nada es imposible. Pero sí es muy complicado debido a las extremas medidas de seguridad que lo rodean. Me atrevo a decir que es más fácil que maten a cualquier otro colombiano, por cualquier razón. Y no andamos chillando por lo expuestos que estamos a los violentos.

Lo que me pregunto es si Petro en realidad está convencido de que lo van a matar o si simplemente recurre a esa versión para victimizarse y sacar réditos políticos. Ambas cosas son posibles.

Petro es un megalómano sin parangón, que antepone sus intereses y preocupaciones personales a las de los demás y a las del país que gobierna. Y lo peor que le puede pasar a un megalómano es desaparecer. Es el fin de todo, no importa que suerte corran los demás ni el país que gobierna.

Pero también es muy probable que ante los niveles de impopularidad que ha alcanzado y ante los escándalos de corrupción que han manchado su gobierno, Petro esté recurriendo a la victimización para que sus compatriotas, al menos, le tengan conmiseración.

De todas formas, es muy aburrida la retahíla de Petro. Y no sirve de nada porque no creo, si de verdad alguien está montando un operativo para atacarlo, se vaya a amedrantar porque el Presidente diga que lo quieren asesinar.

Lo que hay que hacer es reforzarle esa seguridad casi inexpugnable que tiene y que se dedique a gobernar. A ver si logra hacer algo en el tiempo que le queda… en la Presidencia.

Anuncios.

Por Diego Martínez Lloreda

Nací en Bogotá y estudié comunicación social en la Universidad Javeriana. En marzo de este año completé 29 años de trabajo en El País y 39 de ejercicio profesional. En El País fui Editor de Cali, Director de Proyectos Especiales, Asistente de la Dirección, Jefe de Redacción, Director de la oficina de El País Bogotá, Editor General, Director de Información y Director General. En El País escribí los editoriales de los domingos y una columna semanal que se llamaba el Martillo. Dirigí y presenté el programa semanal Al Banquillo con Martillo. Durante siete años mi columna Martillo fue la más leída por los líderes de opinión del Valle del Cauca, según la encuesta de Cifras y Conceptos. Durante cinco años presenté y coordiné el programa la Hora del Martillo por Telepacífico y fui fundador del programa radial Oye Cali. Dirigí el equipo ganador del premio Simón Bolívar a mejor cubrimiento informativo en el 2008 y en el 2011 gané el premio al mejor periodista del año. En 2018 fui galardonado con el Premio Gabo al editor Ejemplar y en 2019 obtuve el premio Alfonso Bonilla Aragón, a la mejor columna periodística.