¿Adoctrinamiento en los nuevos planes de educación?

La educación es uno de los factores importantes para el cambio, según el nuevo gobierno. Darle la prioridad y el enfoque adecuados será determinante en este período

Por: OCTAVIO TORO CHICA
agosto 05, 2022
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¿Adoctrinamiento en los nuevos planes de educación?
Imagen: Archivo Las2Orillas / Canva

Pensando desde mi experiencia de 45 años como docente y directivo en Educación Superior en nuestro país y mi formación como maestro y pedagogo, no dejan de preocupar las perspectivas que se vienen señalando sobre el ser y el hacer de la educación en cabeza del ministro del próximo Gobierno del Pacto Histórico, Alejandro Gaviria.

A propósito, pareciese que lo que menos importa al nuevo gobierno, es que quienes ocuparán cargos de poder sepan y conozcan de sus respectivas carteras, pues en la hoja de vida del “flamante” ministro de Educación aparece que es ingeniero civil, desarrollando casi toda su carrera profesional como economista. Maestría en Economía y doctorado en Economía.

Nada de formación académica relacionada con la educación. Pero es verdad que en este país, todo aquel que esté sin trabajo, puede llegar a ser maestro. Lastimosamente, sabemos que la educación en Colombia es el escampadero de muchos, mientras encuentran un mejor trabajo. Triste pero es así.

Con razón, su primera propuesta ha sido encauzar la educación colombiana hacia el adoctrinamiento basado en las conclusiones de la  llamada Comisión de la Verdad, conclusiones que manipuladas por el cura De Roux contienen más mentiras que verdades y acomodaciones a las verdades a medias que allí se cuentan, lo que servirá para caldear los ánimos, generar equívocos, ahondar distanciamientos, promover los odios, exaltar la lucha de clases, crear malestar y provocar más animadversiones entre los colombianos.

Que bueno que este señor, se diese una pasadita, no viajando, sino por los proyectos educativos nacionales de países como China, Singapur, Macao, Hong Kong, Corea, Japón, Estonia, Canadá, Finlandia, Irlanda, Estonia, por mencionar a los mejores del mundo en educación, donde verdaderamente se “hace educación”.

Todos hemos escuchado y, es una absoluta verdad, la manida frase de que es a través de la educación y sólo a través de la educación que los seres humanos se transforman y por ende se transforman las sociedades.

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Pero cuando las transformaciones que buscamos, son como las que se están proponiendo, es por ello que no avanzamos y que la educación sigue siendo, en países como el nuestro, un botín de difícil acceso para quienes la necesitan y muy fácil manipulación politiquera por parte de sus jerarquías de turno, a quienes poco o nada les importa responder por el verdadero sentido de la educación.

Tomo las palabras de Nivasini, estudiante de secundaria de India y participante en la plataforma online El Mundo que Queremos/The World we Want, quien manifiesta: “La educación es lo más cercano a la magia en el mundo. Nada puede transformar la vida de una persona como la educación. Insufla confianza y regala a las personas una voz. Además de sus evidentes beneficios para una vida más plena y mejor, la educación puede contribuir a la mejora de la sociedad en su conjunto; una sociedad en la que la gente sea consciente de sus derechos y deberes”.

No hemos escuchado en boca del próximo ministro de Educación que como nación debemos insistir en el papel de la educación como elemento de transformación social y reivindicar el papel del nuevo gobierno en la construcción de la verdadera paz en nuestro país.

En varias ocasiones he insistido que como nación debemos construir un verdadero Proyecto Educativo Nacional, el que normalmente confundimos con el Plan de Desarrollo Educativo Nacional y nos quedamos tan campantes. Un Proyecto Educativo Nacional que responda entre otras a las siguientes preguntas, pero con claridad y sin intenciones perversas debajo de las mangas:¿cuál debe ser el objetivo, el propósito de la educación? ¿Qué educación queremos? ¿Para qué sociedad? ¿Qué tipo de ser humano queremos?...No olvidemos que, detrás de un modelo educativo, hay un modelo de sociedad.

La educación debe incidir en el desarrollo integral de la persona. Y para ello, hay que superar las concepciones más instrumentales o economicistas de la educación como las que se nos quieren imponer. El Informe Delors, de 1996, realizó una propuesta basada en los cuatro pilares del aprendizaje: aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir a los que humildemente dentro de mis proyectos educativos les he agregado: aprender a saber-conocer, aprender a pensar, aprender a sentir, aprender a estar y aprender a decir y sobre estos aprenderes, los que a mi me gusta escribir “aprehenderes”.

Sobre ellos, tenemos que hacer las las elecciones que se deberían realizar en la formulación de las políticas educativas nacionales y no basadas en propuestas proselitistas peligrosas para el presente y futuro de todos y cada uno de los colombianos.

Hasta el momento no ha existido un pronunciamiento claro sobre el papel que ha de desempeñar la educación colombiana en la construcción de la paz, ya sea por no sentirse convocada o por falta de decisión para asumir papeles de compromiso real con este gran propósito nacional.

Si se dice en cambio, y no con poca razón que la educación ya no tiene el protagonismo de antes; que a ella se llega a no pensar el país y lo está demostrando el nuevo ministro de Educación. Que la brecha entre la sociedad y la educación es cada vez más profunda, que la distancia entre el sector productivo y la educación se acrecienta cada día. Que la educación no investiga; que ha dejado de ser respuesta a los problemas sociales; que la educación... pero igual, no se dan mayores explicaciones acerca de los por qué de esos supuestos o realidades. Claro que los intuimos.

Frente a la crítica situación socio-política de la nación como nación, no podemos negar que la mayoría de aseveraciones tienen su sentido y por tanto su fundamento, pero más que quedarnos ahí, lamentando un presente, añorando un pasado y sin ánimo o con mucho temor de asomarnos al futuro, debemos asumir el compromiso de construir nuestro futuro.

No nos apoyemos más en la filosofía de la disculpa patrocinadora de la mediocridad, la que además de constituirse en una lamentación permanente, no deja de ser una excusa para dejar de hacer lo que tenemos que hacer cuando lo tenemos que hacer.

Para construir la paz, tenemos que construir el futuro en los aquí y ahora de cada historia personal; y ese futuro, a pesar de algunas voces pesimistas, escépticas otras y desalentadoras no pocas, Colombia si lo tiene. Y en esa construcción podemos incrustar el ser, el saber, el pensar, el hacer, el sentir, el estar y el decir de la educación para la paz y entre todos señala estrategias para que se constituya en el norte intrínseco de orientación para nuestra educación realmente comprometida con la Paz y no enredada en embelecos parasitarios, desconectados de las realidades y profundidades educativas.

Una educación para la paz, y esta debe ser la tarea prioritaria del economista ministro, distraído con aquello que puede dar atención mediática mundial y tal como lo dijimos, debe tener muy claramente definido su Proyecto Educativo, donde se consideren, además de algunos estándares: su propio concepto de paz y las estrategias para su logro, el tipo de nación con la cual se compromete, la naturaleza de educación que imparte, el tipo de ser humano nacional que desea formar.

Una educación, para estos momentos de la nación, debe estar comprometida con todos y cada uno de quienes la integran y sus proyectos personales de vida, puesto que es  de vital importancia, que el modelo educativo que rija en Colombia, se comprometa con la formación, primero del ser humano como tal y de su completa dignidad. Lo que se propone, no es digno.

Cada uno de nosotros como seres humanos, nunca dejamos de formarnos, y parece ser, gracias a los conceptos de la postmodernidad, que esto lo hemos dejado para otras instancias, pero la educación en aras del academicismo, como que nada tiene que hacer en este campo. Nada más iluso. Los grandes procesos de formación y de formación integral del ser humano para su propia transformación y la de su entorno se tienen que hacer en el ámbito educativo formal, sin menospreciar los aportes que otros ámbitos de desempeño social ofrecen.

Una educación para la paz, tarea esencial para nuestro país, en estos momentos álgidos de su historia,  fundamenta su acción educativa en la apertura, la democracia, la libertad, la responsabilidad, la autonomía, la creatividad, el respeto, el liderazgo, la competitividad, entre otros, como valores fundamentales para que cada uno de sus integrantes, tenga la posibilidad inequívoca de ser más ser.

La Educación que necesita Colombia hoy, además de preocuparse por el desarrollo pleno de sus funciones con criterios de calidad, excelencia, pertinencia y cobertura, fundamenta todo el trabajo y desarrollo académico-científico en la calidad y calidez de las relaciones interpersonales de quienes conforman las comunidades académicas de la misma. A través de adoctrinamientos, esto no se logrará nunca.

Necesitamos una educación que sea el espacio ideal, donde todos disfrutemos la generación del conocimiento y nuevos avances de la ciencia, como posibilidad de ser y de crecer y no como criterio de medición entre sabiduría e ignorancia.

Requerimos con urgencia una educación que camine de frente al país y con la futura clase dirigente que en ella se forma, pues el compromiso está con el necesario relevo generacional con calidad, dado que las condiciones actuales y futuras de la nación, exigen  para el crecimiento armónico y desarrollo sostenible de Colombia, otro tipo de líderes, para lo cual debemos estar preparados y preparándonos.

La verdadera educación no se hace a través de cartillas temporales, utilizadas de acuerdo a los intereses mezquinos y politiqueros de las jerarquías educativas sino desde la estructuración de currículos fuertes que atiendan las necesidades de formación de mejores seres humanos que perduren en el tiempo y que dejando el menoscabo de una historia grosera y repetitiva, esos mejores seres humanos se comprometan con una mirada altiva y global de su mundo y no se queden en la sordidez que se les quiere plantear, en la casi burlesca presentación de los hechos más oscuros y nefastos, frente a los cuales se pretenden presentar como salvadores inobjetables y mesías esperados, aprovechando el “efecto esponja” de una sociedad, que por los mismos malos manejos de la educativo, esencialmente, se encuentra sin rumbo y desesperanzada. Allá, quienes crean en la “política del amor” que han venido y seguirán desarrollando lobos vestidos de ovejas.

Requerimos de una verdadera educación, pues ella es magia y esperanza: no queremos adoctrinamientos que producirán más odio, dolor y desolación, en contraposición, precisamente, de su “política del amor”.

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