Texto escrito por: Jonathan Rincón Prieto
Abelardo de la Espriella ha construido buena parte de su discurso político alrededor de una serie de expresiones que parecen pertenecer al sentido común: Dios, familia, valores, niños, adoctrinamiento, ideología de género. El problema es que ninguna de ellas es políticamente inocente.
La pregunta, entonces, no debería ser si queremos una escuela religiosa o una escuela laica. La pregunta es mucho más incómoda:
¿Qué religión estamos proponiendo cuando decimos que queremos devolver a Dios a las aulas?
Porque decir “Dios” no resuelve una discusión. La comienza. ¿Dios como misericordia? ¿Como justicia? ¿Como autoridad? ¿Como tradición? ¿Como defensa de una determinada concepción de familia? ¿Como vigilancia de la sexualidad?
El discurso político tiene aquí una enorme ventaja: puede utilizar Dios como un significante absoluto y hacer pasar determinadas posiciones políticas como si fueran consecuencias naturales de la fe.
Algo similar ocurre con la expresión “ideología de género”. Su eficacia reside precisamente en su vaguedad. Bajo esa etiqueta pueden reunirse educación sexual, feminismo, derechos de las personas LGBT, prevención de la violencia, estudios de género y muchas otras cuestiones completamente diferentes.
La diversidad se convierte así en un único enemigo. Y una vez construido el enemigo, la solución parece sencilla: hay que proteger a los niños de él. El niño aparece entonces como territorio de disputa. La escuela deja de ser principalmente un lugar para aprender a pensar y se convierte en un campo de batalla moral. Unos serían los defensores de la infancia; otros, los supuestos adoctrinadores.
Es una arquitectura discursiva extraordinariamente eficaz porque reduce una realidad compleja a una oposición elemental:
Dios contra ideología. Familia contra amenaza. Protección contra adoctrinamiento.
Pero hay algo curioso en esta religiosidad: cuando habla de Dios, parece tener una extraordinaria facilidad para llegar al dormitorio, al cuerpo y a la familia, pero una sorprendente dificultad para llegar al hambre, la desigualdad, el trabajo precario y la exclusión.
Y aquí conviene recordar que existe otra tradición cristiana. Una tradición latinoamericana que no comienza preguntándose quién amenaza nuestros valores, sino quién está sufriendo.
La Teología de la Liberación puso en el centro de la reflexión cristiana al pobre, no como objeto de caridad, sino como sujeto histórico. En Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff u Óscar Romero encontramos una concepción de la fe profundamente incómoda para cualquier poder que pretenda utilizar a Dios para legitimar el orden existente.
Por eso podemos imaginar dos maneras radicalmente distintas de “llevar a Dios al aula”. Una podría decir: Hay que devolver a Dios a las escuelas para recuperar los valores, proteger a los niños y combatir la ideología.
La otra podría preguntar:
Si Dios está en la escuela, ¿qué tiene que decir frente al niño que llega con hambre, frente al maestro precarizado, frente al joven sin oportunidades, frente a la familia que no puede pagar una vivienda digna?
Ambas hablan de Dios.
Pero no están hablando del mismo mundo.
Una religiosidad puede convertir a Dios en garante de un orden moral. Otra puede convertir la fe en una pregunta dirigida al orden social. Una busca pecadores. La otra busca comprender la injusticia.
Por eso tampoco aceptaría el falso dilema entre laicidad y religión. Una escuela laica no tiene por qué ser una escuela hostil a la religión. Puede estudiar el cristianismo, el judaísmo, el islam, las religiones indígenas, el ateísmo y las distintas corrientes de pensamiento religioso. Puede leer a Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Gutiérrez o Romero. Lo que no puede hacer es convertir una interpretación particular de Dios en la verdad oficial del Estado.
La laicidad no significa “prohibido hablar de Dios”. Significa que nadie puede hablar en nombre de Dios como si poseyera su representación política exclusiva. Y por eso la respuesta a la religiosidad política de De la Espriella no debería ser:
“Saquemos a Dios de las aulas”.
Debería ser:
“Hablemos de Dios. Pero hablemos también de aquello que ustedes olvidaron cuando lo invocaron”. Hablemos del pobre. Del trabajador. Del campesino. Del niño que no desayuna. Del maestro que sostiene con su precariedad una escuela que otros quieren utilizar como campo de batalla cultural.
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