Opinión

¿A qué le teme el No?

Los partidarios del No temen perder los inmensos privilegios que se han concentrado por décadas si no por siglos, en unas pocas familias colombianas

Por:
agosto 23, 2016
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Para quienes apoyan el Sí es casi imposible tener una conversación civilizada y tranquila con quienes están por el No. Sin duda habrá excepciones, pero en general como sucedió en Chile con Pinochet, hasta las familias se dividen para no hablar de las amistades donde la pasión del No puede acabar con muchas relaciones. Por ello, la primera reacción frente a la pregunta de ¿A qué le teme el No?, parecería en principio muy simple: el No le teme a todo lo que plantea el Sí y por ello es necesario profundizar sobre cuáles son los verdaderos escollos para que puedan darse debates importantes entre los dos sectores en que se ha dividido este país.

Los límites a la propiedad privada, especialmente la mal adquirida, sin demarcaciones y sin pagar impuestos así como la pérdida del control del poder político que han tenido históricamente muchos de sus defensores, pueden ser realmente donde nacen los principales problemas. No es una casualidad que muchos de los aguerridos opositores a los acuerdos que se firmen en la Habana, son grandes propietarios especialmente rurales, sectores de ingresos altos o los pobres o clases medias que dependen de ellos. Y si fueran más claros en sus argumentos, el miedo de muchos nace de las implicaciones de la reforma rural integral, planteada en el primer punto de La Habana. Es decir, la oposición a estos acuerdos nace posiblemente del temor de sectores de la elite que temen, con razón, que van a perder los privilegios con que han vivido por generaciones; no solo acumulando riqueza sino manejando el poder en el Estado. Eso es lo que significa la reforma rural integral planteada en el punto Uno de la Habana, que el gobierno se ha tomado en serio. Esa capacidad histórica de acumulación de grandes extensiones de tierra, subutilizadas esperando su valorización sin pagar impuestos, sienten que está en peligro serio si gana el Sí. Tienen razón porque de eso se trata este primer compromiso entre Gobierno y Farc. ¿Pero no es cierto que esa forma de enriquecerse es inequitativa?

 

Sectores de la elite temen, con razón,
que van a perder los privilegios con que han vivido por generaciones,
no solo acumulando riqueza sino manejando el poder en el Estado

 

El segundo tema que aparece como un fantasma es el del poder político. Patricia Lara en su libro Hilo de sangre azul, ahora en la televisión, muestra como se ha concentrado en Colombia el poder político. Llamar al ministro respectivo, al fiscal, al procurador, en fin a los poderosos, ha sido una especie de "derecho" de pequeños sectores privilegiados del país. El temor de perder semejante poder y que entren ahora los miembros de las Farc y sus ejércitos a tomarse el escenario ocupado por los políticos cercanos a ese sector, les produce pánico. Es decir en síntesis, a lo que le temen es a perder los inmensos privilegios que se han concentrado por décadas si no por siglos, en unas pocas familias colombianas. Y a esto se agrega su sed de justicia, los guerrilleros a la cárcel, extraditados, derrotados, absolutamente desaparecidos del escenario donde esos sectores se han movido como pez en el agua.

En este punto develan sus verdaderas intenciones los seguidores del No. La única forma de lograr que los miembros de la guerrilla queden en cárceles, es derrotarlos en una guerra, lo que no pudo en ocho años el expresidente Álvaro Uribe Vélez. Por consiguiente el No, tarde o temprano lo que está proponiendo es guerra contra la guerrilla porque nada inferior a la derrota del enemigo los convence.

Por lo tanto, a lo que le temen los partidarios del No, es a la pérdida de ese lugar de privilegio que han disfrutado y que les ha facilitado una vida del primer mundo en medio de un país en vía de desarrollo. Lo demás es carreta barata que solo sirve para que cada día puedan esconder mejor su pánico ante la posibilidad de una verdadera democracia en este país. Pero no puede olvidarse la realidad de que después de la firma entre el gobierno colombiano y las Farc, viene una presión inmensa para que se abran los espacios de participación ciudadana y por fin paguen impuestos los que han tenido todo, frente a una mayoría que ha tenido poco o nada.

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