Opinión

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Pintura, baile, gestión cultural, formación artística. No hubo rol que Dora Ramírez no hubiera desempeñado con total libertad y alegría, abriendo caminos divergentes en una sociedad en la que sus búsquedas no cabían

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marzo 26, 2016
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Hace apenas tres días Dora Ramírez que físicamente ya no está. Ha muerto. También murió Ethel Gilmour hace ya casi ocho años.  Ambas, diosas, princesas, musas y brujas, pertenecieron a una generación que abrió caminos divergentes en medio de una sociedad en la que sus búsquedas no cabían. Yo tuve el gran privilegio de verlas a ambas, en sus casas, entre sus cosas, y también en las galerías, los museos, siendo anfitrionas, y también invitadas. Hicimos libros, montamos exposiciones, yo era una niña, ellas eran grandes, lo siguen siendo.  Por ahí anda en su taller de El Poblado Marta Elena Vélez, muy vital y presente y como me dijo hace poco, preparando su última obra de arte… el fin del fin.  Ellas tres tienen para mí testimonios y voces que no se deben extinguir. A través de sus ropas, sus pequeñas ceremonias, sus miradas, sus obras, aprendí mucho de la vida, por eso me gustan tanto las historias de estas mujeres que se abren camino desde el corazón, impulsadas por la intuición.  Sus relatos son el reflejo de lo que otros han tenido que hacer y vivir desde lo íntimo y hacia lo público en sociedades estrechas y con el viento en contra.

El jueves 24 de marzo de 2016, en la tarde Dora dejó de respirar. Se fue extinguiendo, reposadamente, sin alharaca y en su ley. La historia que ella contó de viva voz ya dejó de pronunciarse pero no hay dudas de que su espíritu forjó caminos que aún están por narrarse. Ella nació el 18 de julio de 1923 en Medellín. Hija de una familia prominente, vivió rodeada de educación e inspiración. Música, baile, pintura, arquitectura, historias de ciudad, mucha información. Fue alumna de Eladio Vélez, Aníbal Vélez y Roxana Mejía en distintas etapas de su formación como pintora. Fue esposa, madre, abuela y bisabuela. Se dedicó a la pintura, al baile, a la gestión cultural y a la formación artística. No hubo rol que ella no hubiera desempeñado con total libertad y alegría como un espíritu renaciente y vital.

En la década de los años setenta, la casa de Dora en la calle Caracas fue centro de reuniones y tertulias para el grupo que se concentraba alrededor de Manuel Mejía Vallejo. Lo que allí se estaba citando sería uno de los movimientos artísticos más interesantes de la ciudad, el de los Once antioqueños. Mientras la ciudad de aquellos años se escandalizaba, Dora pintaba un autorretrato que la sitúa en la ventana, de frente, con la cabeza en alto, libre y rodeada de luz. A la casa de su padre, José Ramírez Johns, llegó una carta que pretendía advertir de las “actuaciones no digamos extravagantes, sino perjudiciales” que se citaban en esa esquina que hoy no existe, pues la Avenida Oriental se la llevó con su ideal de progreso. Cito aquí un aparte de la misiva que Dora guardó y que para el libro que se editó en Eafit en 2009 tuve el gusto de leer: “… gentes se preguntan si será posible que una mujer que no supo conservar el afecto de su esposo, sepa conservar la dignidad de su familia, estando rodeada de músicos y de toda esa gente de tan baja esfera y que por serlo carecen de toda moral y dignidad…”

En lugar de la reacción que esperaban esos ojos inquisidores de una sociedad conservadora y pacata, lo que se llevó a cabo fue una verdadera celebración alrededor del arte y de la cultura que no tuvo tregua. A casa de Dora llegaban también los escritores, músicos e intelectuales que pasaban por Medellín, y era sitio donde se atendía un hogar, se daban clases de pintura y se hablaba de la vida y sus azares alrededor de un tango y un ron orquestado por Mejía Vallejo, Oscar Jaramillo, Javier Restrepo, Darío Ruiz, Elkin Restrepo, Miguel Escobar, Javier Arango Ferrer, por mencionar solo algunos. Importantes conversaciones y obras se gestaron en esas noches de tertulia.

Las décadas comprendidas entre los años sesenta y setenta significaron mucho. Como pintora, Dora participó en diversos concursos nacionales en los que se llevó varios premios. Hizo parte de muestras colectivas  y una individual en el Museo de Zea, hoy Museo de Antioquia, del XXI Salón Nacional de Artistas Colombianos, y en 1972 en la Tercera Bienal de Arte de Coltejer con la pintura De tres a cinco minutos que se exhibe en la actualidad en la Casa del Encuentro. Sobre esta obra, Dora siempre se refirió con un aire burlón y alegre. Se trata de un bodegón coronado por un enorme huevo tibio y un voluminoso mantel desordenado como muestra de un desayuno abundante que contrasta con la diminuta cucharita que lo sirvió; todo un juego de colores y placeres domésticos que ella luego acompañaría con la serie Las horas en donde del amanecer a la noche los objetos de la casa van desfilando, elevándose, ante la luz del cielo o de la lámpara.

Carlos Tobón, Dora Ramíez

Dora Ramírez.. Foto: Carlos Tobón

 

Los retratos también fueron parte fundamental de su trabajo, los de las celebridades del cine, o las de hijos y amigos. Todos con la cara blanca, rodeados de relicarios en llamas o florecidos, declaraciones de amor en una selección muy personal que remeda los rostros aplanados del mundo del espectáculo para lucir en la pintura tal como se ven en la pantalla: sobrehumanos, inmortales, inmaculados y perfectos por el chorro inclemente de luz del espectáculo.

Dora también hizo parte de la producción cinematográfica Corazón de mujer, en compañía de Débora Arango en 1975. Ambas pintoras cultivaron una amistad profunda y respetuosa, sincera y cómplice, y fue la misma Dora quien aportó bastante para el reencuentro de su amiga con la crítica y el merecido reconocimiento. De ese momento existen hermosas fotografías que la revelan vestida para la ocasión con plumas y enormes gafas, tremendamente bella en el gozo de su ser artístico  y femenino. Los años siguientes seguirían dedicados plenamente hacia la pintura mediante el boom de las Bienales de Coltejer y la acogida que tuvo el grupo de Los Once. Muestras dentro y fuera del país, en los Estados Unidos y Europa.

En 1998 muere su gran amigo Manuel Mejía Vallejo y también por los mismos años ella incursiona en el baile como medio de expresión artística. Con el telón de boca que pinta para el Teatro Pablo Tobón Uribe en 2002 se sella su vinculación entre la pintura y la escena. Desde aquel año hasta el 2010 se presentó más de cien veces con la obra Aire de tango que produjo en compañía de la Fundación Manuel Mejía Vallejo.  Sobre ello diría para una entrevista. “Mi padre fue quien trajo las primeras vitrolas y discos de tango, los que crecí escuchando a la par con la música de Gershwin y otros ritmos muy populares en las primeras décadas del siglo XX. Así llegué a concebir el arte como un gran árbol cuyos brazos son múltiples y abarcan muchos espacios: la música, las artes visuales, la danza, la poesía, todo… Yo no puedo separar la pintura de las otras artes…”

Ella siempre tuvo hermosos y robustos árboles en medio de sus casas. Uno gigante que quería para el patio central de su habitación de Caracas, una enorme ceiba que ofreció como una metáfora de su generosidad y abrigo, y otro que daba sombra en su hogar de Envigado. Ella misma era esas ramas y esas hojas, esas flores y esa paz. Fuerte y feliz, libre y decidida, siempre renovada y juvenil. Su taller, su casa, su escenario fueron los mismos espacios que sobrepuso sin tapujos ni vergüenzas. Su vida, muy suya y muy íntima, también supo ser de todos y para todos. No hay mayor valor que ese. Abrió camino y es ejemplo. Ella misma, su testimonio de vida, la más bella y contundente de todas sus obras. Por eso, A Dora estas palabras y la gratitud y el cariño que vuela con ellas.

 

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