Estudiantes de 25 pueblos indígenas relatan su lucha contra la discriminación en Bogotá y exigen que la diversidad en la academia no sea solo un discurso vacío

 - Sin diversidad no hay universidad: habitar con dignidad

Llegar a la universidad no es, para nosotros, un simple tránsito académico. Es un desplazamiento profundo: del territorio a la ciudad, de lo comunitario a lo individual, de una forma de entender el mundo a otra que, muchas veces, no nos nombra. Venimos de los departamentos del Cauca, Nariño, Putumayo, la Amazonía, Chocó, Norte de Santander, la Guajira, Boyacá, Arauca, Cundinamarca, Tolima, Cesar, Córdoba, Antioquia, Caldas y Vaupés. Venimos de territorios atravesados por la desigualdad, el conflicto armado y la resistencia. Y llegamos a Bogotá no solo con maletas, sino con lenguas propias, memorias y responsabilidades colectivas. Porque ningún estudiante indígena llega solo: detrás de cada uno camina un pueblo.

Habitar la universidad implica aprender nuevas metodologías, adaptarnos a ritmos ajenos y descifrar códigos urbanos que no nos pertenecen. Pero también implica algo más difícil de nombrar: aprender a existir en espacios donde nuestra presencia aún es leída como excepción.

La discriminación no siempre grita. A veces se manifiesta en silencios, en miradas, en la duda constante sobre nuestra capacidad. Está en la risa frente a un nombre que no comprenden, en la desconfianza al escuchar un acento distinto, en la desvalorización de los saberes ancestrales dentro del aula. Está, también, en estructuras académicas que hablan de inclusión, pero siguen pensadas sin nosotros.

Para algunos, estos gestos pueden parecer menores. Para nosotros, son acumulativos. Se instalan en el cuerpo, afectan la palabra, condicionan la participación. Nos obligan, muchas veces, a habitar la universidad desde la cautela, como si tuviéramos que pedir permiso para estar.

Y, sin embargo, estamos.

Somos 25 pueblos indígenas presentes en la universidad. Hemos construido comunidad en medio de la distancia, hemos tejido redes de cuidado y hemos defendido algo fundamental: que la educación intercultural no es un discurso, es una condición para la justicia.

No se trata solo de acceso. Se trata de poder habitar con dignidad.

Sigue a Las2orillas.co en Google News

Porque cuando se cuestiona a un estudiante indígena, no se cuestiona a un individuo, sino a una historia que ha sobrevivido a la colonización, al despojo y al silencio. Esta ciudad, antes de ser ciudad, fue territorio indígena. Esta universidad, antes de hablar de diversidad, ya estaba atravesada por ella.

Por eso, cuando alzamos la voz, no es desde la queja. Es desde la memoria.

No pedimos concesiones. Exigimos reconocimiento.

Reconocemos los avances institucionales, pero la inclusión no puede ser un enunciado. Debe traducirse en participación real, en transformación pedagógica, en respeto cotidiano. Debe implicar la capacidad de escuchar otras formas de conocimiento sin jerarquizarlas ni reducirlas.

Una universidad que no se transforma frente a la diversidad, no educa: reproduce desigualdades.

Hoy seguimos aquí, no a pesar de las dificultades, sino también por la fuerza de lo que representamos. Porque resistir, para nosotros, no es permanecer en silencio, sino seguir nombrándonos.

Este texto está dedicado a todos los pueblos indígenas que han tenido que salir de sus territorios para aprender otros lenguajes, recorrer otros caminos y adquirir herramientas que les permitan volver. Volver no solo con conocimientos académicos, sino con la convicción de seguir cuidando la vida, el territorio y la memoria.

A quienes caminan entre dos mundos sin renunciar a ninguno. A quienes sostienen su identidad en medio de la distancia. A quienes entienden que aprender no es dejar de ser, sino fortalecer lo que siempre ha sido propio.

Porque cada paso fuera del territorio también es una forma de resistencia. Cada voz que se levanta en un aula es la continuidad de una historia que no ha sido silenciada. Cada estudiante indígena es presente y futuro de un país que aún está aprendiendo a reconocerse.

Que este camino nunca implique renunciar a la cosmovisión, a los saberes ancestrales ni al derecho de habitar cualquier espacio con dignidad. Que el regreso no sea una opción lejana, sino un propósito vivo: volver para aportar, para transformar, para seguir tejiendo comunidad.

Porque el territorio no se abandona: se lleva consigo y porque existir, aprender y regresar, también es una forma de cuidar el mundo.

Hoy tenemos claro que sin diversidad no hay universidad. Pero sin dignidad, la diversidad es solo un discurso.


* Este texto fue una contrucción del ColectivoUR.

También le puede interesar:

Anuncios.

Edit